lunes, febrero 27

El Gordo

Era una tarde calurosa en la costa sur.
Alberto permanecía sentado con el ventilador en la cara secando las gotas de sudor que caían de su rostro. El resto del cuerpo estaba hecho una sopa. Tenía sed.
El sol semejaba un huevo estrellando resbalando por el horizonte. A Alberto se le antojaba el sudor como aceite que caía del huevo estrellado. No había mucho movimiento pero su patrón le había obligado a trabajar ese día de semana santa. A la gente parecían interesarle otras cosas.
A esta hora de la tarde ya empezaba a sentir el punzón del hambre en el estómago. Si las penas de amor se sienten en el corazón, las penas de dinero se sienten en la panza. No había mucho dinero.
Había ajustado un poco como para comprar un sándwich en un restaurante de comida rápida situado en el mismo comercial. Uno de esos combos económicos que salieron hace poco cuando se dieron cuenta la gente cada vez cuida más sus gastos y las cosas son cada vez más caras. Difícilmente era algo que le fuese a llenar la barriga pero quería darse ese pequeño placer.
Mientras tanto veía la tele en una de las pantallas colocadas en los exhibidores de una venta de electrodomésticos. Las solas imágenes eran hipnotizadoras y aunque no escuchara nada imaginaba los diálogos. Algunas películas que pasaban ya las había visto antes. En el mejor de los casos ponían un DVD en inglés con subtítulos y así entendía mejor toda la acción.
Casi sin notarlo, un niño de unos ocho años pasó como un zumbido frente a él. Ya estaba acostumbrado a ello. Había un grupo de cinco o seis niños que se le acercaba a los visitantes y les ofrecían cosas que podrían robar fácilmente del supermercado: “Qué le traigo don, un champú, un desodorante, se lo traigo a mitad de precio, si es pequeño se lo puedo traer.” Muchas personas ignoraban semejante oferta pero siempre había gente que no podía resistir la tentación de pagar menos con tal de ahorrar algunos centavos. En fin, que de vez en cuando se veía a los niños correr por el comercial.
En el estacionamiento del comercial se hacían pasar por cuidadores de carros. Es decir, cuando rechazaban la oferta de mercadería robada se ofrecían a cuidar el carro. O lavarlo; todo, claro está, a un módico precio.
Alberto ya estaba aburrido y hambriento. Como nadie más que las moscas visitaban su local se decidió a cerrarlo e irse a casa. La noche empezaba a caer y las sombras se hacían cada vez más largas.
Salió del comercial para dirigirse al restaurante de comida rápida que se encontraba convenientemente en medio del estacionamiento. Los niños ladrones habían terminado también su jornada. Algunos se ufanaban de lo ganado ese día, otros callaban por temor a ser robados. En medio de todos estaba el gordo.
El gordo era visiblemente mayor que los demás niños, aunque no por mucho; tal vez dos años. El caso es que era más alto. Pero allí terminaba su ventaja sobre los demás. Tenía un defecto en una pierna que lo hacía cojear, por lo que era poco apto para correr, además cierto nivel de retraso mental le impedía tener la misma agilidad mental que los demás. Esto lo hacía constante víctima del acoso de los demás.
Alberto fijó su vista en el grupo mientras los niños empujaban y molestaban al gordo. Lo único que podía hacer era cuidar uno que otro carro. A veces también iba acarreando una cubeta con agua mugrosa y un trapo para lavarlos. Solo de vez en cuando por compasión alguien le dejaba cuidar o lavar su automóvil, pero en muchos casos los demás niños le robaban el dinero y él no podía defenderse.
Esa noche el gordo iba cuidando lo único que había conseguido en el día: una bolsa de arroz casi podrido que alguien le habría regalado, o tal vez la sacó de la basura. El caso es que la turba lo empujaba, lo pateaban y le daban insultos.
“Gordo marica” le decían y se iban corriendo.
“Gordo hueco” se turnaban en empujarlo y se iban corriendo a una distancia segura.
El gordo se volteaba cada vez que alguien lo empujaba por la espalda y lo empujaba, gritaba y trataba de correr. Cuando veía que los demás estaban lejos de su alcance se ponía furioso, Alberto casi podía verlo temblar de impotencia. Los niños pueden ser crueles -pensó- y los niños de la calle más todavía.
Uno de ellos se le acercó y le arrebató la bolsa de arroz. “¿Esta es tu cena? Le decían burlonamente, vení por ella pues.”
El gordo balbuceaba y decía “¡Nooooo!” apretando los dientes, el rostro rojo en cólera. Lágrimas rodaban por su rostro mientras los otros se la pasaban entre sí.
Alberto observó la escena por unos minutos con una mezcla de ternura y enojo. Se miró a sí mismo muchos años antes cuando él mismo era objeto de burlas en la escuela por su estatura pequeña y su delgadez.
El gordo ya estaba en pleno llanto amargo, presa de la desesperación. No podía alcanzar a nadie de los que corrían a su alrededor y se reían de él, tenía hambre y lo único que había logrado conseguir durante el día le había sido robado. Habría querido desaparecerlos a todos y que lo dejaran solo. Que se fueran a otro lado. Él solo quería estar solo y comer en paz.
- ¡Bueno patojos cabrones! Tronó un grito atrás de la rueda. ¡Dejen de molestar al gordo, váyanse a joder a otro lado!
La mancha de niños volvió a ver a Alberto que se abrió paso entre ellos y jaló al gordo de la mano. ¡Se me van de aquí o los pateo yo, a ver si quieren que los moleste alguien mayor! Sabía que el gordo era mayor que ellos, pero mentalmente era un infante apenas.
Al fin se dispersaron y dejaron la bolsita tirada a unos diez metros. Alberto se acercó. Olía realmente mal, el calor pudre los alimentos rápidamente.
- Esto no sirve gordo, vení, te voy a invitar.
No sabía su nombre, ni era necesario, probablemente ni él mismo lo sabía.
Entraron al restaurante y pidieron un sándwich para llevar, salieron al estacionamiento donde se sentían más cómodos y en unas gradas el gordo lo devoró rápidamente.
- Si te vuelven a molestar avísame yo te voy a defender. ¿Oíste? También te voy a traer algo para que comás, aunque sea un sanguchito nos compartimos.
El gordo no respondía, no levantó la mirada, solo masticaba viendo al suelo. En algún momento a Alberto le pareció ver que el gordo asintió moviendo la cabeza de arriba abajo torpemente. Eso fue suficiente.
Dos semanas después colocaron unos sensores especiales en la entrada del supermercado para que sonaran la alarma si alguien sacaba algo sin haberlo pagado. Los guardias de seguridad echaron a los niños que cuidaban carros y los amenazaron con meterlos a la correccional si los volvían a ver por allí.
Alberto nunca volvió a saber del gordo.

viernes, febrero 24

DIARIO

Cinco de la mañana, suena el despertador, la radio empieza con el programa mañanero para levantar los ánimos y endulzar la vida. Ella se queda con los ojos cerrados un rato, “un rato más” se dice para sí misma. Hoy, como otros días, tuvo que luchar contra las ganas de llorar al despertar.

Se levantó como un espíritu. Dejó caer la ropa en el suelo como si nada y fue al baño. Ignoró al espejo que le quería mostrar sus ojeras y fue directo a la regadera. El agua caliente se sintió muy relajante; se sintió líquida. Por un momento quiso desintegrarse en infinitas gotas de agua que viajarían por todo el mundo en un ciclo interminable. Caer al océano, evaporarse, hacerse nube y ver el mundo desde arriba para luego caer en lluvia jocosa hacia el mar, o caer en la tierra y hacerse parte de una planta, tal vez una linda flor.

Pero soñar despierto no es rentable y tuvo que apurarse, secó su cuerpo delicadamente, se vistió, algo de crema para las manos, algo de maquillaje para los ojos, sólo para disimular las ojeras un poco y salió a la calle.

El viento le acarició el rostro. Se sintió aérea, se imaginó ser parte del viento, desaparecer en una brisa y volar. Arremolinarse y ser libre, a veces el pensamiento de ser agua o viento le preocupaba un poco, ya saben, desintegrarse, dejar de ser uno mismo para formar parte de algo infinitamente superior. Aunque después pensaba que ese era precisamente el encanto de dejar de ser uno.

El tronar de los tacones la volvió al mundo real y se vio esperando el bus sola en la multitud. Cantidad de caras, figuras, colores, cabellos, olores. Los olores, era muy sensible a ellos y algunos le ofendían, podía diferenciar los champús, jabones, cremas, lociones. La mañana era siempre más agradable que la tarde cuando todo mundo va sudado y con olor a polvo. Sólo de vez en cuando notaba cuando alguien olía a sábana sucia o a no haberse cepillado los dientes. Pero el pensamiento le revolvía el estómago y prefería no pensar en ello.

Luego la lucha en el bus. Nunca pensó ser claustrofóbica, tal vez un poco agorafóbica. Como todos trataba de ver a ningún lado en específico porque qué incómodo es verle la cara a toda esa gente amontonada, todos con rostros inexpresivos, el ruido del motor, las bocinas de los autos alrededor, el radio a todo volumen con música estridente y los gritos de los ayudantes eran desesperantes.

Trató de recordar tiempos anteriores, más felices, tal vez los tiempos con él cuando se sentía de fuego, lenguas de calor la recorrían por completo y aunque estuviesen desnudos se fundían y no tenían forma de enfriarse. Hasta que todo se enfrió. Luego se sintió de hielo por mucho tiempo, no había más que hielo, frío por todos lados. El hielo no va a ninguna parte, no se mueve, parecía nunca derretirse.

Nuevamente tuvo que forzarse de vuelta a la realidad y bajar del bus, caminar a la oficina. Arregló su escritorio como todos los días, ordenado, pulcro, impecable. Encendió su computadora y se preparó para recibir a los clientes.

Entonces tenía que hacerse de piedra. Se ponía la máscara. Sabía mantener la sonrisa cordial para todos, ser una actriz, fingir interesarse en los problemas de los demás aunque a nadie le importaba lo que sucediera con ella. Atender a los clientes como si el mundo girara alrededor de ellos aunque fuesen unos idiotas pedantes. El cliente siempre tiene la razón.

Sabía ignorar y desviar cualquier insinuación, invitaciones, chistes en doble sentido e indirectas que le dijeran. Algunos hombres pueden ser muy tenaces y directos. Pero ella no estaba para esos menesteres. Lo único su único interés era el trabajo de forma casi automática mientras su mente se imaginaba en un lugar hermoso donde se ella era el universo mismo.

Luego llegar a casa y enfrentar sus demonios, todas las noches eran largas, pero la rutina a veces es lo mejor que tenemos. Ya mañana será otro día.