La página del silencio
ADVERTENCIA: Todo el contenido de este blog es completamente ficticio, producto de la retorcida mente del autor. Cualquier parecido con la realidad... son puros cuentos. Copyright © 2012 Marco Portillo, Todos los derechos reservados
sábado, mayo 5
Tarde
Para variar el sonido del reguetón a todo volumen. Ahora les ha dado a algunos choferes por poner equipos de sonido de casa en el bus y meter las bocinas bajo los asientos. Busqué el asiento más alejado de las bocinas que encontré y me puse los audífonos. Nada como poner la música que te gusta para llenarte los oídos y el cerebro. Por un momento recordé la regla 60/60: no más de sesenta minutos con el volumen al sesenta por ciento para evitar daños al tímpano. En fin, concentrate. ¿Qué hora es? Las doce y diez, ¿y qué pasa? Lo que empezó como un viaje sin mucho tránsito se ha detenido. No veo mayor congestionamiento. Como dicen los de los noticieros “La arteria presenta una afluencia considerable pero fluida” ¿Y entonces? Luego comprendí que el piloto estaba esperando que se llenara el bus. Aún había espacios vacíos y estaba esperando en los semáforos hasta que se subieran una o dos personas más para luego acelerar otra cuadra a otro semáforo. Esto no está bien. ¡No es hora pico y está tratando de llenar el bus! Bueno paciencia, deja que los sonidos del new age te tranquilicen… no puedo. Estamos en otro semáforo. La luz cambia a verde y no se mueve. ¿Pero qué le pasa? Bueno tranquilo, tal vez sea sólo en estas cuadras. Luego ya tomará otra vez su velocidad de crucero y llegaremos bien. Semáforo en rojo. Se acerca a mis oídos un sonido bastante característico. Un patata-patata-patata-patata y vuelvo la cabeza para confirmar mis sospechas: Una Harley Davidson de modelo reciente, motor V-twin de por lo menos setecientos cincuenta centímetros cúbicos, accesorios cromados, maletas a los lados de las llantas traseras, color azul. Al tipo apenas le cabe la moto entre las piernas. Me encantaría andar en una máquina así y volar por el tráfico. Hacer todos mis mandados en un dos por tres y que la gente conocedora vuelva a ver con envidia. Pero el semáforo da verde y seguimos parados. El patata-patata del motor se vuelve un estruendo y el tipo se aleja luciendo su rebeldía sin causa. Los autos pasan y la gente se empieza a desesperar. Ya es costumbre que golpeen las paredes o el piso cuando ha tardado mucho pero justo cuando empiezo a golpear la pared del bus como tocando la puerta el semáforo se pone en rojo. ¡No puede ser! Tranquilo, relajate, ya va a ponerse en verde y vamos a avanzar. Creo que puedo ver al piloto poner primera, sí, acelera un poco justo antes de cambiar a verde y avanzamos.
Por dos cuadras.
Las doce y veinte y no hemos llegado muy lejos. Ahora ni siquiera estamos en un semáforo sino frente a un centro comercial. Una parada de bus espaciosa. Los trovadores me dicen que tengo que ser pacífico pero dentro de mí algo empieza a hervir. Imaginaba tener un cuchillo y romper la cuerina que forra el asiento de enfrente. Dejarla hecha tiras, chirajos como dice mi abuela. O arrancarla toda y sacarle el relleno de algodón. Hacer algo con la violencia que me inunda y me hará llegar tarde adonde tengo que llegar con más urgencia sin haber necesidad. Al fin avanza el tipo, parece que ahora van mejor las cosas. Vamos avanzando por Los Próceres. Doblamos la esquina y… nos quedamos otra vez en la Reforma.
Buenos días señores, disculpen la bulla y la interrupción que les vengo a ocasionar. Se sube la señora con el niño a la espalda. No la voy a juzgar, no sé cuáles son sus circunstancias ni qué la motivó a subirse a vender dulcitos. El niño de unos dos años asoma la cabecita sobre el envoltorio en la espalda de la vendedora como un cangurito moreno, mal nutrido, de pelo ralo. Seguramente el cuadro conmueve a varias personas que le compran los dulces o simplemente le dan dinero sin aceptar nada. Saco un par de monedas y se los doy. La señora se baja y el bus se ha movido una cuadra.
Buenos días señores, disculpen la bulla la interrupción que les venimos a ocasionar. Esta vez son dos adultos. Cada uno con una bolsa de dulces. A éstos no les pongo mucha atención y veo la hora, doce y media, ya debería estar en el colegio. Mi hijo tendrá que esperar un poco, es muy inteligente, pero no le quiero quedar mal nuevamente.
Otra cuadra, otro semáforo. Mi escena imaginaria del asiento de enfrente totalmente desmantelado por mi cuchillo. Busco algo más que hacer y no lo encuentro, empiezo a arrancarme los pelos uno por uno. Son muchos, no, mejor saco una rasuradora de la nada y me empiezo a afeitar la cabeza completamente. Para cuando llegue a donde tengo que llegar voy a estar completamente pelón. Todo por este desgraciado infeliz que no tiene idea de qué significa ser un piloto de bus. ¿Qué tan difícil puede ser? Lo único que hay que hacer es manejar de punto A a punto B y que la gente suba y baje en las paradas. Pero no, a pura ley tienen que atascarlo de gente como si fuéramos vacas. Si fueran las siete de la mañana o las cuatro de la tarde es automático. Solo tienen que ponerse allí y listo, se llenan solitos. Pero a esta precisa hora se toman su tiempo. ¿Qué jodidos les pasa?
Damas y caballeros tengan ustedes lo que es una bonita y bendecida tarde, ya va a decir usted otro vendedor que se sube ¿Verdad? Por favor no me mire feo, no me voltee la mirada, le vengo a ofrecer lo que es este bonito y útil llaverito con cadena que le va a venir a ser útil en lo que es conservar sus llaves lo cual le va a ser muy útil para no perderlas. Lo único que tiene que hacer es poner sus llaves en lo que es este ganchito y el extremo de la cadenita en lo que es su pantalón y entonces no se le van a perder.
Creo que todos nos sabemos de memoria el discurso de los vendedores.
Mientras tanto Sabina me dice que el caballo de Atila no sabe trotar.
No quiero quedarle mal nuevamente, sólo tengo los viernes para ir por él al colegio y espera éste día toda la semana. Me pregunta ¿Papi, me vas a traer hoy? Y le dijo no hijo, el viernes te voy a traer y él siii y aplaude feliz porque el viernes voy por él. El anterior no pude y se puso muy triste. Hoy no puedo quedarle mal.
El Liceo Guatemala, probablemente llevo un treinta por ciento de camino recorrido. De aquí la cosa parece ponerse mejor. Ya avanzamos sin problemas. Es la una menos cuarto. Como por arte de magia el tipo acelera y hace lo que tiene que hacer. Atravesamos toda la zona cuatro sin problemas y en cinco minutos llegamos a la zona uno. Sorprendentemente ahora los semáforos nos hacen el favor de ponerse en verde y el área donde se supone que sería más complicado el asunto parece resolverse por sí mismo. Por lo menos ya estamos recuperando tiempo. Las cuadras se van rápidamente en cuenta regresiva. Diecisiete, dieciséis, quince, quince A, catorce, trece, trece A. en la octava calle me bajo. Aquí es lo más cerca que me puede llegar. Bajo del bus y empiezo a correr al ritmo de Bunbury.
Sólo tengo que correr catorce cuadras. Pero ya es lo de menos. ¿Cómo estará mi hijo? ¿Estará desesperado, con hambre, preguntando por mí? Atravieso las calles del centro histórico con cierto recelo. Ver a alguien correr por aquí significa que le acaba de robar a alguien. A ver a qué hora me dicen ladrón y me linchan, pero no me importa, en los audífonos me cantan que no me fíe de la medicina occidental. Me canso. Llego al parque central. Camino un poco y luego empiezo la carrera otra vez. A las palomas se les ocurre la feliz idea de estar replegadas en todo mi camino y literalmente armo un gran revuelo a mi paso. Cuando me vuelvo a detener chorros de sudor recorren mi frente y mi espalda. Vibra el teléfono. Es mi suegra, ¿Será que va a poder ir por el niño? Sí ya estoy en la zona uno. Ya estoy cerca. Cuelgo y hago otra carrera corta de una cuadra. Vuelve a vibrar el teléfono No vaya a entrar por la avenida porque está cerrada, mejor entre por la calle. En mi confusión pienso que la policía cerró la avenida por alguna razón y le digo pero yo voy a pie. No hombre, la puerta del colegio de la avenida ya está cerrada, entonces entiendo, tengo que ir a la puerta, es que si no me especifican. Pero ya estoy cerca, voy cuarenta minutos tarde. Un BMW Z3 roadster pasa con sus trescientos treinta caballos de fuerza galopando frente a mí. Una rara visión por estos rumbos. Pienso por un momento qué sería mejor, un Z3 o un M3, seguramente el Z es más liviano. Ya deja de pensar bobadas, a seguir corriendo.
Entro al colegio bañado en sudor. Paso por un pequeño pero caudaloso río de cabezas de niños y adolescentes en el corredor. Mi hijo está en párvulos, la clase de los más pequeños y para que no se pierdan no salen de su aula hasta que los padres o encargados llegan por ellos. Con el corazón que casi se me sale del pecho me acerco a la maestra y la saludo.
Mi hijo está jugando con un carrito de juguete. Me mira y se ilumina su carita, con una sonrisa de oreja a oreja se acerca y me saluda con un abrazo ¡Papi, ya viniste! Estás sudando.
Ya todo está bien. Me tranquilizo, ya vine hijo, vamos a casa.
domingo, marzo 18
Las Luces
lunes, febrero 27
El Gordo
viernes, febrero 24
DIARIO
Cinco de la mañana, suena el despertador, la radio empieza con el programa mañanero para levantar los ánimos y endulzar la vida. Ella se queda con los ojos cerrados un rato, “un rato más” se dice para sí misma. Hoy, como otros días, tuvo que luchar contra las ganas de llorar al despertar.
Se levantó como un espíritu. Dejó caer la ropa en el suelo como si nada y fue al baño. Ignoró al espejo que le quería mostrar sus ojeras y fue directo a la regadera. El agua caliente se sintió muy relajante; se sintió líquida. Por un momento quiso desintegrarse en infinitas gotas de agua que viajarían por todo el mundo en un ciclo interminable. Caer al océano, evaporarse, hacerse nube y ver el mundo desde arriba para luego caer en lluvia jocosa hacia el mar, o caer en la tierra y hacerse parte de una planta, tal vez una linda flor.
Pero soñar despierto no es rentable y tuvo que apurarse, secó su cuerpo delicadamente, se vistió, algo de crema para las manos, algo de maquillaje para los ojos, sólo para disimular las ojeras un poco y salió a la calle.
El viento le acarició el rostro. Se sintió aérea, se imaginó ser parte del viento, desaparecer en una brisa y volar. Arremolinarse y ser libre, a veces el pensamiento de ser agua o viento le preocupaba un poco, ya saben, desintegrarse, dejar de ser uno mismo para formar parte de algo infinitamente superior. Aunque después pensaba que ese era precisamente el encanto de dejar de ser uno.
El tronar de los tacones la volvió al mundo real y se vio esperando el bus sola en la multitud. Cantidad de caras, figuras, colores, cabellos, olores. Los olores, era muy sensible a ellos y algunos le ofendían, podía diferenciar los champús, jabones, cremas, lociones. La mañana era siempre más agradable que la tarde cuando todo mundo va sudado y con olor a polvo. Sólo de vez en cuando notaba cuando alguien olía a sábana sucia o a no haberse cepillado los dientes. Pero el pensamiento le revolvía el estómago y prefería no pensar en ello.
Luego la lucha en el bus. Nunca pensó ser claustrofóbica, tal vez un poco agorafóbica. Como todos trataba de ver a ningún lado en específico porque qué incómodo es verle la cara a toda esa gente amontonada, todos con rostros inexpresivos, el ruido del motor, las bocinas de los autos alrededor, el radio a todo volumen con música estridente y los gritos de los ayudantes eran desesperantes.
Trató de recordar tiempos anteriores, más felices, tal vez los tiempos con él cuando se sentía de fuego, lenguas de calor la recorrían por completo y aunque estuviesen desnudos se fundían y no tenían forma de enfriarse. Hasta que todo se enfrió. Luego se sintió de hielo por mucho tiempo, no había más que hielo, frío por todos lados. El hielo no va a ninguna parte, no se mueve, parecía nunca derretirse.
Nuevamente tuvo que forzarse de vuelta a la realidad y bajar del bus, caminar a la oficina. Arregló su escritorio como todos los días, ordenado, pulcro, impecable. Encendió su computadora y se preparó para recibir a los clientes.
Entonces tenía que hacerse de piedra. Se ponía la máscara. Sabía mantener la sonrisa cordial para todos, ser una actriz, fingir interesarse en los problemas de los demás aunque a nadie le importaba lo que sucediera con ella. Atender a los clientes como si el mundo girara alrededor de ellos aunque fuesen unos idiotas pedantes. El cliente siempre tiene la razón.
Sabía ignorar y desviar cualquier insinuación, invitaciones, chistes en doble sentido e indirectas que le dijeran. Algunos hombres pueden ser muy tenaces y directos. Pero ella no estaba para esos menesteres. Lo único su único interés era el trabajo de forma casi automática mientras su mente se imaginaba en un lugar hermoso donde se ella era el universo mismo.
Luego llegar a casa y enfrentar sus demonios, todas las noches eran largas, pero la rutina a veces es lo mejor que tenemos. Ya mañana será otro día.
martes, febrero 26
lunes, febrero 11
ALMA (VI)
El ambiente es distinto, el color de las paredes no me inspira nada, en el techo se arremolinan figuras siniestras que me acosan, me miran, me tocan. Escapo cerrando los ojos pero al apretar los párpados ocurre algo curioso: se me aparecen las mismas imágenes solo que en negativo, con colores inversos que se me acercan, ya no sé que es cierto y qué es mentira.
- Alma…
Ya voy mamá, pero espérame un poco, tengo que terminar algo aquí afuera, hay algo que aún no logro comprender, la vida a veces es tan retorcida que es chistosa. Jorge me está saludando pero no quiero ir, ya no quiero ver su rostro desfigurado, su mano está extendida como diciéndome adiós, yo no me quiero despedir, no quiero que se vaya pero tampoco que se quede.
Ni siquiera sé si esto es amor, tal vez fue un deseo que empecé a soñar desde que empecé a ver todas esas novelas y películas, a leer historias románticas, que el amor lo puede todo, que cualquier inconveniente no significa nada para el amor; en todo caso son pruebas nada más, hasta que el amor vence la muerte. ¿Por qué no te puedo recordar cuando estabas vivo? Ahora que lo pienso sí puedo, recuerdo tu risa tu rostro, tus besos, tus abrazos, recuerdo tu cuerpo cerca del mío, tan pegado que podía sentir tu ardor y deseaba que me tomaras y me hicieras tuya como en las historias románticas.
¿Hicimos algo? ¿Lo imaginé? No lo sé, no recuerdo, la realidad es algo tan confuso que no sabría decirlo, tal vez si te recuerdo como yo pienso es porque en realidad sucedió aunque en realidad no haya pasado nada. ¿Y si sólo soy una idea loca de algún dios que me imaginó? ¿Por qué me atormenta, por qué me tortura? ¡Por favor, bórrame, hazme desaparecer!
Para el caso cualquier persona da lo mismo, es sólo un recipiente, un envase, “no hay amor como el primero” es la mentira más grande del mundo. El amor siempre se siente igual, lo que cambia es la forma, el objeto podríamos decir, si no amo a alguien simplemente pasa frente a mí como cualquier cosa, como ver llover.
- Raúl…
¿Vienes? ¿Por qué no vienes? ¿Tú también estás muerto? Sí, tú también me ves con la mirada perdida. Te recuerdo como si fueras Jorge, ¿Es la misma historia repetida? Ahora eres tú quien se despide y yo no tengo idea si decirte que te vayas o irme yo.
Todos somos un recipiente nada más, un envase, no hay alma, no hay amor, sólo un cadáver, un cascarón inútil, una imagen de lo que fuiste, una monstruosidad inanimada. Dicen que los fantasmas asustan, que ver cosas que se mueven, que flotan, dan miedo. A mí esas cosas no me dan miedo, lo que me da miedo son las cosas que ya no se mueven.
- Hola Almita, ¿Podrías sentarte en aquella silla? Voy a barrer aquí. Gracias, eres una niña buena.
Gracias mamá, pero ¿Sabes lo que no entiendo? Por qué me sigue visitando, al principio pensé que porque yo no quería que Raúl se fuera y lo lloraba todos los días se me aparecía. Bueno así me decían, al principio de lejos, en la puerta de mi cuarto, en la oscuridad veía su sombra, a mí no me daba miedo, pero no me dejaba dormir. Me quedaba viendo la sombra inmóvil mientras sentía toda mi piel erizarse, me quedaba quietecita quietecita como para no romper el encanto. Cualquier movimiento solo me erizaba más la piel y mi mente hervía con ideas locas que no podía comprender. Luego me decía “No Alma, no está allí, es tu imaginación.” Cerraba los ojos y dormía un poco, cuando los abría todavía estaba allí, lo veía al lado de la ventana. Debo confesar que nunca me animé a hablarle, no hubiese querido despertar a nadie, y si él abría la boca para hablarme… tal vez sí me habría vuelto loca. Los muertos no hablan, solo los vivos.
- Hola Alma ¿Cómo estas hoy?, soy el doctor Grajeda, ¿Te puedo hacer unas preguntas?
Mamá, ¿Por qué lo hace? Nunca había visto algo parecido, bueno, luego vino Jorge, pensé que tal vez él me ayudaría a olvidarme de Raúl, y en algún momento sucedió tal vez. Yo no quería hacerle daño, quise acercarme un poco más y luego no pude quitármelo de encima, de mi cabeza, me daba vueltas y me sentía mareada, me sentía como embriagada, eso me gustaba. Como aquella vez que a escondidas tomé un poco de ron de mi papá y me sentí liviana y relajada.
Luego Jorge también se fue. No pude recordar exactamente qué fue de mí durante algún tiempo. Recuerdo que hubo un tiempo de mucha oscuridad, me dolía mucho la cabeza y aunque todo estaba oscuro no podía dormir. Ahora que recuerdo tampoco tenía sueño, igual no quería dormir, solamente cuando me dieron unas pastillas que me dieron mucho sueño y dormí profundamente, ¿Por qué uno dice “tengo sueño” cuando quiere dormir? No siempre se tienen sueños, el sueño que me dieron con las pastillas fue artificial, plástico, un sueño sin sueños. Deberían inventar otra palabra para tener sueño, uno no tiene sueños, uno los recuerda, siempre se dice “tuve un sueño” pero nunca “tengo un sueño”. Se puede soñar despierto pero eso no es soñar, es ilusionar, yo tenía muchas ilusiones, ahora no sé, creo que mi vida entera es una ilusión, ¿O un sueño? ¡Despiértenme por favor!
- ¿Jorge?...
Ahora vienes tú, tal vez es mi apego por las cosas, yo sé que me quieres pero a veces se me hace difícil tenerte a mi lado, a veces no sé si quiero a alguien o en realidad solo quiero una ilusión. La vida real nunca es como uno la imagina. Aún teniendo todo lo que siempre quisiste siempre quieres más.
Mamá ¿Te cuento un secreto? Después de un tiempo Jorge se acercaba más a mí, se acurrucaba a mi lado y pasaba su mano por mi cabello, sentía su respiración cerca de mí, agitada. ¿Los muertos respiran? Yo me quedaba en mi cama calientita, él estaba frío pero yo le daba calor, lo fui metiendo en mi cama. Yo ardía como si tuviera fiebre y le daba calor porque él estaba frio como un muerto. Luego lo recordaba como la última vez que lo vi, con su rostro perforado por la bala, como lo ví esa noche. Entonces un terror se apoderaba de mí y salía de la cama de un brinco a encender la luz.
Entonces se desaparecía y yo quedaba en medio de mi cuarto, desnuda y me entraba un frío como de muerte.
Dicen que cuando uno llora mucho a un muerto su espíritu no se marcha, a mí me lo decían y yo dejé de llorar frente a la gente, pero lloraba de escondidas, en el baño, en mi cuarto, todas las noches, tal vez por eso llamaba a Raúl primero y después a Jorge.
Ahora ya no sé si lloro, tal vez sí porque cuando abro los ojos a veces por la noche, lo encuentro parado frente a mi cama.
jueves, enero 17
En el Centro de Salud
Le tomó algo de tiempo acostumbrarse a la sangre y los fluidos corporales, en su mayoría en estado de descomposición que podía emanar un ser humano. Después del tiempo lo fue asumiendo como algo natural, de vez en cuando algún accidente de especial violencia le agitaba el estómago, pero en general lo tomaba con mucha calma.
Llenaba el expediente del último paciente que había auscultado. “La mayoría son enfermedades respiratorias” pensaba. “Le siguen enfermedades de la piel, y luego fracturas y golpes… nada extraordinario, afortunadamente”. Ya faltaba poco y podría ir a su casa a cenar, darse un baño de agua tibia, tal vez ver un rato algún programa en la televisión
Salió a la sala de espera
- ¿Quién sigue?
Se levantó una señora de unos cincuenta años, delgada, morena; sentada a su lado una jovencita de unos quince años, con los ojos hinchados por el llanto.
- Yo seño – dijo la mujer – vengo para que me revise a esta patoja, la muy sinvergüenza me está jugando la vuelta. Viera que yo lavo y plancho ajeno y mientras yo no estoy ésta a saber con quién o con cuántos anda metiéndose.
- Señora perdone pero no hablemos aquí afuera, entre aquí por favor – le interrumpió la doctora.
- ¡Venite vos! Mirá las vuelta que me ponés – de un tirón levantó a la jovencita. Ésta empezó a sollozar – ¡y no te hagás la de la boca chiquita, llorando como si no hicieras nada, vas a ver!
- Disculpe – dijo la doctora – pero ¿cuál es el motivo de la consulta? ¿quién está mal, usted o ella?
- Mire seño, le voy a explicar, como le decía yo vivo con mi hija y mi esposo que mal que bien nos vamos manteniendo, yo de doméstica y él de albañil, pero ayer llegué temprano a la casa y la encontré a ésta en la cama desnuda tapándose con la sábana nada más, la puerta del patio estaba abierta, por allí salió el desgraciado y se fue corriendo.
- ¿Y eso qué tiene que ver? ¿Está lastimada?
- Quiero que la revise a ver si todavía está señorita.
- ¿Usted quiere saber si su hija es virgen?
- Sí seño, porque si no lo está ahorita mismo que mire para dónde agarra porque yo no voy a estar manteniendo putas. Que se vaya con el que se la estaba agarrando, ella me jura que no estaba haciendo nada malo, que se estaba cambiando pero yo no nací ayer, a ver si el hombre la mantiene o que vea para dónde se va porque conmigo no.
La doctora Fajardo quedó en silencio un momento, la adolescente se tapaba la cara con las dos manos, llorando.
- Está bien, pero comprenderá que necesito algo de privacidad. ¿Me puede esperar afuera por favor?
La señora le dio una mirada de odio a la joven.
- Te espero afuera, ¡Y ay de vos si me estás mintiendo, primero te hago reventada y luego te saco todas tus cosas a la calle!
Cerraron la puerta. La doctora Fajardo se dirigió a la joven, con voz serena.
- Hola, soy la doctora Marina Fajardo, pero tú puedes llamarme Marina, ¿Cómo te llamas?
Un hilo de voz salió de la niña
- I… Ingrid.
- Mira, no te voy a hablar como doctora, más bien como amiga. Me imagino que todo esto es muy difícil para tí y no quiero empeorarlo. Pero tienes que ser sincera conmigo, ¿Está bien?
- Sí doctora.
- Muy bien, te voy a hacer una pregunta. ¿Estabas teniendo relaciones sexuales?
Ingrid estalló en llanto de nuevo, aunque hubiese querido no le salían las palabras.
- Bueno, tranquilízate, toma un vaso de agua. – le sirvió agua en un vaso plástico y se lo acercó. – Respira profundamente, tienes que saber que tener relaciones sexuales sin protección te puede causar enfermedades, o puedes quedar embarazada y…
- Es mi padrastro
Lo dijo mientras tomaba aire, el sonido no salió de las cuerdas vocales, salió de más adentro, sin embargo fue perfectamente audible.
- ¿Qué cosa? La doctora Fajardo sintió la sangre agolparse en el estómago.
- Tiene tiempo de hacerlo, ya no me acuerdo cuánto. Mi mamá nunca me creería, siempre dice que yo soy la mentirosa perdida. El llega a la casa solo a hacerme cosas, luego se va y después que mi mamá llega aparece como si nada. Al principio me forzaba, yo no quería pero él es grande, ahora solo trato de pensar en otra cosa.
- Podemos denunciarlo, ahorita mismo podemos ir a la policía, a los derechos humanos, te pueden dar protección.
- ¡No doctora, por favor! Mi mamá es capaz de matarme, o peor, me echa a la calle y allí si no se ni de qué voy a trabajar.
- Pero es tu madre, tiene que creerte.
- No doctora, ella a mí no me cree nada, no me manda a estudiar porque dice que allí voy a encontrar hombres y yo soy la que los provoca, como “desarrollé” bien niña los hombres se me quedan viendo, me encierran en la casa y allí me mantengo haciendo oficio. Él aprovecha eso.
- Maldito.
- Ellos se emborrachan juntos, a veces ella se queda bien dormida y él aprovecha para violarme. Hoy porque mi mamá vino temprano, se fue corriendo y brincó la pared de atrás para que no se diera cuenta. Desde el principio me dijo que si le cuento a alguien me mata… me pega seguido.
La doctora Fajardo se quedó un momento pensando. Nada la había preparado para una situación como ésta. Y aunque había escuchado de casos similares no se imaginó tener que enfrentarlo directamente.
- Te voy a dar mi número de teléfono, si intenta volver a hacerte algo buscas un teléfono público a como dé lugar, me llamas inmediatamente y yo voy a donde estés, te puedes quedar en mi casa, pero prométeme que lo vas a hacer, ¿está bien?
- Sí doctora, se lo prometo.
Ingrid se secaba las lágrimas, se sentía más tranquila.
- ¿Te sientes mejor? – preguntó la doctora.
- Sí, gracias.
Abrió la puerta del consultorio y se dirigió a la señora
- Su hija es virgen, no tiene nada de qué preocuparse.
La doctora las vio alejarse, la madre aún recriminaba a su hija, y se preguntaba si en algún momento recibiría la llamada.