sábado, mayo 5

Tarde

Muchas gracias por la papelería. ¿Gusta que firmemos de una vez la contratación o prefiere venir el lunes? El lunes mejor respondo, verá usted, son las doce y tengo que ir a traer a mi hijo al colegio. La señorita del departamento de recursos humanos me vio y sonrió comprensivamente. No hay problema, hasta el lunes entonces. Satisfecho por haber cumplido con el trámite salí brincando de dos en dos las gradas para salir más rápido. Atravesé el corredor del centro comercial para luego bajar por la rampa que da al estacionamiento. Dos señoras aún de buen ver se estaban peleando con una carreta que no se dejaba dar vuelta. Pase señor, no vaya a ser que se nos lastime me dijeron haciendo el armatoste a un lado. Agradecí la cortesía y seguí la carrera. Atrás del estacionamiento está la salida. Logré ver la camioneta de la ruta 101 estacionada y me subí justo en el momento en que arrancó. ¡Qué suerte! Me dije, aunque llegue un poco tarde no será tanto como pensaba.

Para variar el sonido del reguetón a todo volumen. Ahora les ha dado a algunos choferes por poner equipos de sonido de casa en el bus y meter las bocinas bajo los asientos. Busqué el asiento más alejado de las bocinas que encontré y me puse los audífonos. Nada como poner la música que te gusta para llenarte los oídos y el cerebro. Por un momento recordé la regla 60/60: no más de sesenta minutos con el volumen al sesenta por ciento para evitar daños al tímpano. En fin, concentrate. ¿Qué hora es? Las doce y diez, ¿y qué pasa? Lo que empezó como un viaje sin mucho tránsito se ha detenido. No veo mayor congestionamiento. Como dicen los de los noticieros “La arteria presenta una afluencia considerable pero fluida” ¿Y entonces? Luego comprendí que el piloto estaba esperando que se llenara el bus. Aún había espacios vacíos y estaba esperando en los semáforos hasta que se subieran una o dos personas más para luego acelerar otra cuadra a otro semáforo. Esto no está bien. ¡No es hora pico y está tratando de llenar el bus! Bueno paciencia, deja que los sonidos del new age te tranquilicen… no puedo. Estamos en otro semáforo. La luz cambia a verde y no se mueve. ¿Pero qué le pasa? Bueno tranquilo, tal vez sea sólo en estas cuadras. Luego ya tomará otra vez su velocidad de crucero y llegaremos bien. Semáforo en rojo. Se acerca a mis oídos un sonido bastante característico. Un patata-patata-patata-patata y vuelvo la cabeza para confirmar mis sospechas: Una Harley Davidson de modelo reciente, motor V-twin de por lo menos setecientos cincuenta centímetros cúbicos, accesorios cromados, maletas a los lados de las llantas traseras, color azul. Al tipo apenas le cabe la moto entre las piernas. Me encantaría andar en una máquina así y volar por el tráfico. Hacer todos mis mandados en un dos por tres y que la gente conocedora vuelva a ver con envidia. Pero el semáforo da verde y seguimos parados. El patata-patata del motor se vuelve un estruendo y el tipo se aleja luciendo su rebeldía sin causa. Los autos pasan y la gente se empieza a desesperar. Ya es costumbre que golpeen las paredes o el piso cuando ha tardado mucho pero justo cuando empiezo a golpear la pared del bus como tocando la puerta el semáforo se pone en rojo. ¡No puede ser! Tranquilo, relajate, ya va a ponerse en verde y vamos a avanzar. Creo que puedo ver al piloto poner primera, sí, acelera un poco justo antes de cambiar a verde y avanzamos.

Por dos cuadras.

Las doce y veinte y no hemos llegado muy lejos. Ahora ni siquiera estamos en un semáforo sino frente a un centro comercial. Una parada de bus espaciosa. Los trovadores me dicen que tengo que ser pacífico pero dentro de mí algo empieza a hervir. Imaginaba tener un cuchillo y romper la cuerina que forra el asiento de enfrente. Dejarla hecha tiras, chirajos como dice mi abuela. O arrancarla toda y sacarle el relleno de algodón. Hacer algo con la violencia que me inunda y me hará llegar tarde adonde tengo que llegar con más urgencia sin haber necesidad. Al fin avanza el tipo, parece que ahora van mejor las cosas. Vamos avanzando por Los Próceres. Doblamos la esquina y… nos quedamos otra vez en la Reforma.

Buenos días señores, disculpen la bulla y la interrupción que les vengo a ocasionar. Se sube la señora con el niño a la espalda. No la voy a juzgar, no sé cuáles son sus circunstancias ni qué la motivó a subirse a vender dulcitos. El niño de unos dos años asoma la cabecita sobre el envoltorio en la espalda de la vendedora como un cangurito moreno, mal nutrido, de pelo ralo. Seguramente el cuadro conmueve a varias personas que le compran los dulces o simplemente le dan dinero sin aceptar nada. Saco un par de monedas y se los doy. La señora se baja y el bus se ha movido una cuadra.

Buenos días señores, disculpen la bulla la interrupción que les venimos a ocasionar. Esta vez son dos adultos. Cada uno con una bolsa de dulces. A éstos no les pongo mucha atención y veo la hora, doce y media, ya debería estar en el colegio. Mi hijo tendrá que esperar un poco, es muy inteligente, pero no le quiero quedar mal nuevamente.

Otra cuadra, otro semáforo. Mi escena imaginaria del asiento de enfrente totalmente desmantelado por mi cuchillo. Busco algo más que hacer y no lo encuentro, empiezo a arrancarme los pelos uno por uno. Son muchos, no, mejor saco una rasuradora de la nada y me empiezo a afeitar la cabeza completamente. Para cuando llegue a donde tengo que llegar voy a estar completamente pelón. Todo por este desgraciado infeliz que no tiene idea de qué significa ser un piloto de bus. ¿Qué tan difícil puede ser? Lo único que hay que hacer es manejar de punto A a punto B y que la gente suba y baje en las paradas. Pero no, a pura ley tienen que atascarlo de gente como si fuéramos vacas. Si fueran las siete de la mañana o las cuatro de la tarde es automático. Solo tienen que ponerse allí y listo, se llenan solitos. Pero a esta precisa hora se toman su tiempo. ¿Qué jodidos les pasa?

Damas y caballeros tengan ustedes lo que es una bonita y bendecida tarde, ya va a decir usted otro vendedor que se sube ¿Verdad? Por favor no me mire feo, no me voltee la mirada, le vengo a ofrecer lo que es este bonito y útil llaverito con cadena que le va a venir a ser útil en lo que es conservar sus llaves lo cual le va a ser muy útil para no perderlas. Lo único que tiene que hacer es poner sus llaves en lo que es este ganchito y el extremo de la cadenita en lo que es su pantalón y entonces no se le van a perder.

Creo que todos nos sabemos de memoria el discurso de los vendedores.

Mientras tanto Sabina me dice que el caballo de Atila no sabe trotar.

No quiero quedarle mal nuevamente, sólo tengo los viernes para ir por él al colegio y espera éste día toda la semana. Me pregunta ¿Papi, me vas a traer hoy? Y le dijo no hijo, el viernes te voy a traer y él siii y aplaude feliz porque el viernes voy por él. El anterior no pude y se puso muy triste. Hoy no puedo quedarle mal.

El Liceo Guatemala, probablemente llevo un treinta por ciento de camino recorrido. De aquí la cosa parece ponerse mejor. Ya avanzamos sin problemas. Es la una menos cuarto. Como por arte de magia el tipo acelera y hace lo que tiene que hacer. Atravesamos toda la zona cuatro sin problemas y en cinco minutos llegamos a la zona uno. Sorprendentemente ahora los semáforos nos hacen el favor de ponerse en verde y el área donde se supone que sería más complicado el asunto parece resolverse por sí mismo. Por lo menos ya estamos recuperando tiempo. Las cuadras se van rápidamente en cuenta regresiva. Diecisiete, dieciséis, quince, quince A, catorce, trece, trece A. en la octava calle me bajo. Aquí es lo más cerca que me puede llegar. Bajo del bus y empiezo a correr al ritmo de Bunbury.

Sólo tengo que correr catorce cuadras. Pero ya es lo de menos. ¿Cómo estará mi hijo? ¿Estará desesperado, con hambre, preguntando por mí? Atravieso las calles del centro histórico con cierto recelo. Ver a alguien correr por aquí significa que le acaba de robar a alguien. A ver a qué hora me dicen ladrón y me linchan, pero no me importa, en los audífonos me cantan que no me fíe de la medicina occidental. Me canso. Llego al parque central. Camino un poco y luego empiezo la carrera otra vez. A las palomas se les ocurre la feliz idea de estar replegadas en todo mi camino y literalmente armo un gran revuelo a mi paso. Cuando me vuelvo a detener chorros de sudor recorren mi frente y mi espalda. Vibra el teléfono. Es mi suegra, ¿Será que va a poder ir por el niño? Sí ya estoy en la zona uno. Ya estoy cerca. Cuelgo y hago otra carrera corta de una cuadra. Vuelve a vibrar el teléfono No vaya a entrar por la avenida porque está cerrada, mejor entre por la calle. En mi confusión pienso que la policía cerró la avenida por alguna razón y le digo pero yo voy a pie. No hombre, la puerta del colegio de la avenida ya está cerrada, entonces entiendo, tengo que ir a la puerta, es que si no me especifican. Pero ya estoy cerca, voy cuarenta minutos tarde. Un BMW Z3 roadster pasa con sus trescientos treinta caballos de fuerza galopando frente a mí. Una rara visión por estos rumbos. Pienso por un momento qué sería mejor, un Z3 o un M3, seguramente el Z es más liviano. Ya deja de pensar bobadas, a seguir corriendo.

Entro al colegio bañado en sudor. Paso por un pequeño pero caudaloso río de cabezas de niños y adolescentes en el corredor. Mi hijo está en párvulos, la clase de los más pequeños y para que no se pierdan no salen de su aula hasta que los padres o encargados llegan por ellos. Con el corazón que casi se me sale del pecho me acerco a la maestra y la saludo.

Mi hijo está jugando con un carrito de juguete. Me mira y se ilumina su carita, con una sonrisa de oreja a oreja se acerca y me saluda con un abrazo ¡Papi, ya viniste! Estás sudando.

Ya todo está bien. Me tranquilizo, ya vine hijo, vamos a casa.

domingo, marzo 18

Las Luces

Cerró de un portazo violento del que luego se arrepintió – no le gustaba dañar su precioso auto. – Puso las manos sobre el volante sin saber exactamente qué hacer. Tantas emociones agolpadas en su cerebro y en sus entrañas se atascaban como cuello de botella en su garganta. Sólo atinó a lanzar un grito con furia y frustración hacia el forro del volante que soportó indiferente tal muestra de enojo y rocío de babas. Nuevamente se arrepintió. Limpió el fluido corporal y encendió el carro. Arrancó arrancando piedras, monte y maldiciones por las llantas.

A media noche no hay muchos lugares abiertos, pero igual pensó tomar la primera autopista que encontrara y llegar hasta donde el tanque de gasolina se lo permitiera. Manejar de noche siempre fue algo relajante para él, y aunque estaba cansado y molesto seguramente podría enfriar su cabeza mientras los kilómetros y el tiempo pasaran volando.

Recordó haber leído en algún lugar un artículo acerca del control de emociones. Algo así como que las personas con buen control de emociones logran mantener su ritmo cardíaco estable, aún ante situaciones estresantes. Para eso se necesita, claro está, preparación mental y física para afrontar tales situaciones.

No estoy bien ni mental ni físicamente. Pensó Gustavo.

Necesitaba despejarse, y qué mejor manera de hacerlo que sintiéndose dueño de la autopista, dejar que las penas quedaran atrás igual que el paisaje. Ni siquiera pensó en poner la radio. Deseaba estar solo con sus pensamientos.

Primero la presión en el trabajo; los proveedores, las cuentas por pagar, deudas, vender, poner cara feliz y decir que lo que vendés es lo mejor del universo, que le va a facilitar la vida a todo el mundo,  lástima que no toda la gente puede comprarlo, es caro pero vale la pena, tiene garantía, es para toda la familia, nunca sabe cuándo va a necesitar uno, es lo más novedoso, otros tienen imitaciones pero éste es el original y funciona mejor que todos.

Puras mentiras. Pensó nuevamente.

Igual si no me hubiera metido a tanto gasto no estaría en problemas ahora. La casa, el carro, el mantenimiento, todo para dar una falsa impresión que soy exitoso y que me va bien aunque mi vida sea un infierno.

Cómo quisiera volver a ser niño.

Rápidamente se había alejado de casa y ahora el camino se hizo un poco más estrecho. La autopista de cuatro carriles se convirtió en una de doble vía con la línea divisoria en medio.

Casi sin darse cuenta una densa neblina empezó a rodearlo. Por un momento pensó en bajar la velocidad tal vez un poco. Pero las luces le indicaban las líneas del camino y con eso era suficiente.

A lo lejos logró divisar las luces traseras de otro vehículo. Pensó en acercarse al mismo para tener una mejor guía y saber que iba en el carril correcto. Además, el hecho de no sentirse solo en la carretera le quitó un poco la pena de manejar en total oscuridad.

Luego los problemas en la casa, la esposa que antes fuese comprensiva ahora es exigente, celosa y desconfiada. Si aquel problema con la secretaria ya había pasado hace tiempo y la había despedido. No veía el problema en realidad. Ahora no puedo salir a ningún lado ni ir a chupar con los amigos porque es pleito. Si para eso trabajo, para eso gano mi dinero, tengo derecho a divertirme de vez en cuando.

Además ella tiene todo lo que quiere, hasta se aprovecha, una interesada, ¡eso es! Lo único que quiere es sangrarme y sacarme hasta los ojos para tener lo que quiera y yo bien gracias trabajando, rompiéndome el lomo. Pero no, hay que tapar las apariencias, aparecer en las reuniones familiares y de la empresa con ella para aparentar que somos una familia unida y sólida. Abrazarla y sonreír con ella. Ser un par de hipócritas para poder firmar contratos y hacer alianzas. Claro, como le conviene, si no fuera por eso hace ratos nos habríamos dejado de utilizar mutuamente.

Había perdido la cuenta de los kilómetros mientras manejaba, por ratos se sentía más tranquilo, incluso sentía algo de sueño, pero la neblina aún era bastante espesa y solo atinaba a ver las luces del auto de enfrente que seguía su camino.

Y ahora por una fiestecita que tuve me arma el problema, que llego borracho, como si no supiera de sus escapadas, que ella también se va de parranda cuando yo estoy de viaje, solo porque no me interesa no le he reclamado. ¿Y si se revuelca con alguien? Qué me importa, más me he revolcado yo, estamos a mano. Todo es que no la cache porque allí si la mato y mato al infeliz, por reputación, por principios, ¡Por derecho!

El zumbido del motor se había vuelto uniforme cuando empezó a ver la luz del sol. No tenía idea de cuánto tiempo había estado tras el volante, tampoco tenía idea de dónde estaba cuando empezó a clarear. Solo veía las luces del auto de adelante.

Estaba perdido.

No me importa, que llegue adonde tenga que llegar, hasta que el carro se quede sin gasolina voy a parar, luego busco alguna gasolinera a pie. Total ni prisa tengo, no quiero nada, no quiero regresar. No quiero más problemas, no quiero más hipocresía, más mediocridad en mi vida. Lo más preciado que tengo en mi vida es éste carro. ¿Irónico no? En lugar de amar personas he amado cosas, materia, dinero.

Por un momento pensó cómo habría sido empezar de nuevo y hacer las cosas distintas. Un nuevo comienzo. Ese era un pensamiento refrescante.

Habría querido arrancarse todos los malos recuerdos, penas y problemas de su cabeza, abrir la ventana y dejarlos que volaran como paja al viento. Olvidarlo todo. Sacudirse las tristezas como un gato se sacude el pelo viejo.
Volvió a sus adentros y recordó su niñez, en el patio de su casa pobre de pueblo, jugando carritos, pensando que algún día tendría un auto rápido y lujoso. Entre la tierra del patio había recogido piedrecitas que había puesto delimitando la autopista donde manejaba.

En el amanecer empezó a notar que a los lados del camino empezaron a aparecer grandes piedras calizas, casi tan grandes como él, marcando el camino.

Esto lo empezó a tranquilizar. Sintió que al fin empezaba a manejar sus emociones. Su ritmo cardíaco se sentía más relajado y su respiración pacífica.

También recordó que cuando jugaba en su pista tierrosa ponía plantas en el camino, semejando árboles gigantes haciendo túneles en el camino, que dejaban caer sus hojas como maples en otoño.

Como si fuese un juego a lo lejos vio varios árboles al lado del camino. Enormes, con hojas amarillas y rojas. Que caían formando una alfombra en la carretera. El auto pasaba a gran velocidad sobre las hojas y éstas se arremolinaban en el retrovisor despidiéndose entre risas.

Recordó también que le gustaba hacer alguna zanja en medio del camino con un palo y llenar la zanja con agua, semejando un río. Entonces él pasaba su carrito encima de un puente improvisado con tablitas y seguía su camino.

No tardó en aparecer un ancho río, turbio y caudaloso. El puente colgante que apareció frente a él era maravilloso. Como nunca antes lo había visto antes en su vida, o como sólo imaginó en sueños. Al pasar por el puente escuchó el estruendo del cauce, bajó la ventana para sentir la brisa y el calor del sol que ya alto iluminaba el hermoso paisaje que se abría ante él.

Quiso llorar de felicidad.

En su recuerdo de niñez también estaba la entrada a la mansión que compraría de grande, con una puerta de acero pintada de blanco formando un majestuoso arco. La puerta montada en una pared de piedra que rodeaba la que sería la propiedad de sus sueños, donde estaría su cama calientita.

Fue en este punto donde se dio cuenta que la puerta estaba cerrada. También se dio cuenta que hacía rato se había quedado dormido al volante. Que había confiado demasiado en las luces. La paz que sentía era su ritmo cardíaco que poco a poco iba bajando. El calor del sol y la brisa del río era la sangre que empapaba su ropa. Que se había estrellado a una velocidad altísima haciendo pedazos su costoso auto. Y que lo que pensó eran las luces traseras del auto de enfrente aún seguían frente a él.

La conciencia de la situación le tardó poco. Murió feliz con sus recuerdos.

Gustavo nunca escuchó a los lugareños que decían que por las noches en ese lugar se aparecían unas luces a los conductores despistados que se atrevían a aventurarse por allí a altas horas de la noche. “Las luces fantasma” le decían. Mientras ellos confiados iban tras lo que pensaban que era otro auto siguiendo el camino, éstas los sacaban del camino para estrellarse en los paredones o caer en los barrancos.

lunes, febrero 27

El Gordo

Era una tarde calurosa en la costa sur.
Alberto permanecía sentado con el ventilador en la cara secando las gotas de sudor que caían de su rostro. El resto del cuerpo estaba hecho una sopa. Tenía sed.
El sol semejaba un huevo estrellando resbalando por el horizonte. A Alberto se le antojaba el sudor como aceite que caía del huevo estrellado. No había mucho movimiento pero su patrón le había obligado a trabajar ese día de semana santa. A la gente parecían interesarle otras cosas.
A esta hora de la tarde ya empezaba a sentir el punzón del hambre en el estómago. Si las penas de amor se sienten en el corazón, las penas de dinero se sienten en la panza. No había mucho dinero.
Había ajustado un poco como para comprar un sándwich en un restaurante de comida rápida situado en el mismo comercial. Uno de esos combos económicos que salieron hace poco cuando se dieron cuenta la gente cada vez cuida más sus gastos y las cosas son cada vez más caras. Difícilmente era algo que le fuese a llenar la barriga pero quería darse ese pequeño placer.
Mientras tanto veía la tele en una de las pantallas colocadas en los exhibidores de una venta de electrodomésticos. Las solas imágenes eran hipnotizadoras y aunque no escuchara nada imaginaba los diálogos. Algunas películas que pasaban ya las había visto antes. En el mejor de los casos ponían un DVD en inglés con subtítulos y así entendía mejor toda la acción.
Casi sin notarlo, un niño de unos ocho años pasó como un zumbido frente a él. Ya estaba acostumbrado a ello. Había un grupo de cinco o seis niños que se le acercaba a los visitantes y les ofrecían cosas que podrían robar fácilmente del supermercado: “Qué le traigo don, un champú, un desodorante, se lo traigo a mitad de precio, si es pequeño se lo puedo traer.” Muchas personas ignoraban semejante oferta pero siempre había gente que no podía resistir la tentación de pagar menos con tal de ahorrar algunos centavos. En fin, que de vez en cuando se veía a los niños correr por el comercial.
En el estacionamiento del comercial se hacían pasar por cuidadores de carros. Es decir, cuando rechazaban la oferta de mercadería robada se ofrecían a cuidar el carro. O lavarlo; todo, claro está, a un módico precio.
Alberto ya estaba aburrido y hambriento. Como nadie más que las moscas visitaban su local se decidió a cerrarlo e irse a casa. La noche empezaba a caer y las sombras se hacían cada vez más largas.
Salió del comercial para dirigirse al restaurante de comida rápida que se encontraba convenientemente en medio del estacionamiento. Los niños ladrones habían terminado también su jornada. Algunos se ufanaban de lo ganado ese día, otros callaban por temor a ser robados. En medio de todos estaba el gordo.
El gordo era visiblemente mayor que los demás niños, aunque no por mucho; tal vez dos años. El caso es que era más alto. Pero allí terminaba su ventaja sobre los demás. Tenía un defecto en una pierna que lo hacía cojear, por lo que era poco apto para correr, además cierto nivel de retraso mental le impedía tener la misma agilidad mental que los demás. Esto lo hacía constante víctima del acoso de los demás.
Alberto fijó su vista en el grupo mientras los niños empujaban y molestaban al gordo. Lo único que podía hacer era cuidar uno que otro carro. A veces también iba acarreando una cubeta con agua mugrosa y un trapo para lavarlos. Solo de vez en cuando por compasión alguien le dejaba cuidar o lavar su automóvil, pero en muchos casos los demás niños le robaban el dinero y él no podía defenderse.
Esa noche el gordo iba cuidando lo único que había conseguido en el día: una bolsa de arroz casi podrido que alguien le habría regalado, o tal vez la sacó de la basura. El caso es que la turba lo empujaba, lo pateaban y le daban insultos.
“Gordo marica” le decían y se iban corriendo.
“Gordo hueco” se turnaban en empujarlo y se iban corriendo a una distancia segura.
El gordo se volteaba cada vez que alguien lo empujaba por la espalda y lo empujaba, gritaba y trataba de correr. Cuando veía que los demás estaban lejos de su alcance se ponía furioso, Alberto casi podía verlo temblar de impotencia. Los niños pueden ser crueles -pensó- y los niños de la calle más todavía.
Uno de ellos se le acercó y le arrebató la bolsa de arroz. “¿Esta es tu cena? Le decían burlonamente, vení por ella pues.”
El gordo balbuceaba y decía “¡Nooooo!” apretando los dientes, el rostro rojo en cólera. Lágrimas rodaban por su rostro mientras los otros se la pasaban entre sí.
Alberto observó la escena por unos minutos con una mezcla de ternura y enojo. Se miró a sí mismo muchos años antes cuando él mismo era objeto de burlas en la escuela por su estatura pequeña y su delgadez.
El gordo ya estaba en pleno llanto amargo, presa de la desesperación. No podía alcanzar a nadie de los que corrían a su alrededor y se reían de él, tenía hambre y lo único que había logrado conseguir durante el día le había sido robado. Habría querido desaparecerlos a todos y que lo dejaran solo. Que se fueran a otro lado. Él solo quería estar solo y comer en paz.
- ¡Bueno patojos cabrones! Tronó un grito atrás de la rueda. ¡Dejen de molestar al gordo, váyanse a joder a otro lado!
La mancha de niños volvió a ver a Alberto que se abrió paso entre ellos y jaló al gordo de la mano. ¡Se me van de aquí o los pateo yo, a ver si quieren que los moleste alguien mayor! Sabía que el gordo era mayor que ellos, pero mentalmente era un infante apenas.
Al fin se dispersaron y dejaron la bolsita tirada a unos diez metros. Alberto se acercó. Olía realmente mal, el calor pudre los alimentos rápidamente.
- Esto no sirve gordo, vení, te voy a invitar.
No sabía su nombre, ni era necesario, probablemente ni él mismo lo sabía.
Entraron al restaurante y pidieron un sándwich para llevar, salieron al estacionamiento donde se sentían más cómodos y en unas gradas el gordo lo devoró rápidamente.
- Si te vuelven a molestar avísame yo te voy a defender. ¿Oíste? También te voy a traer algo para que comás, aunque sea un sanguchito nos compartimos.
El gordo no respondía, no levantó la mirada, solo masticaba viendo al suelo. En algún momento a Alberto le pareció ver que el gordo asintió moviendo la cabeza de arriba abajo torpemente. Eso fue suficiente.
Dos semanas después colocaron unos sensores especiales en la entrada del supermercado para que sonaran la alarma si alguien sacaba algo sin haberlo pagado. Los guardias de seguridad echaron a los niños que cuidaban carros y los amenazaron con meterlos a la correccional si los volvían a ver por allí.
Alberto nunca volvió a saber del gordo.

viernes, febrero 24

DIARIO

Cinco de la mañana, suena el despertador, la radio empieza con el programa mañanero para levantar los ánimos y endulzar la vida. Ella se queda con los ojos cerrados un rato, “un rato más” se dice para sí misma. Hoy, como otros días, tuvo que luchar contra las ganas de llorar al despertar.

Se levantó como un espíritu. Dejó caer la ropa en el suelo como si nada y fue al baño. Ignoró al espejo que le quería mostrar sus ojeras y fue directo a la regadera. El agua caliente se sintió muy relajante; se sintió líquida. Por un momento quiso desintegrarse en infinitas gotas de agua que viajarían por todo el mundo en un ciclo interminable. Caer al océano, evaporarse, hacerse nube y ver el mundo desde arriba para luego caer en lluvia jocosa hacia el mar, o caer en la tierra y hacerse parte de una planta, tal vez una linda flor.

Pero soñar despierto no es rentable y tuvo que apurarse, secó su cuerpo delicadamente, se vistió, algo de crema para las manos, algo de maquillaje para los ojos, sólo para disimular las ojeras un poco y salió a la calle.

El viento le acarició el rostro. Se sintió aérea, se imaginó ser parte del viento, desaparecer en una brisa y volar. Arremolinarse y ser libre, a veces el pensamiento de ser agua o viento le preocupaba un poco, ya saben, desintegrarse, dejar de ser uno mismo para formar parte de algo infinitamente superior. Aunque después pensaba que ese era precisamente el encanto de dejar de ser uno.

El tronar de los tacones la volvió al mundo real y se vio esperando el bus sola en la multitud. Cantidad de caras, figuras, colores, cabellos, olores. Los olores, era muy sensible a ellos y algunos le ofendían, podía diferenciar los champús, jabones, cremas, lociones. La mañana era siempre más agradable que la tarde cuando todo mundo va sudado y con olor a polvo. Sólo de vez en cuando notaba cuando alguien olía a sábana sucia o a no haberse cepillado los dientes. Pero el pensamiento le revolvía el estómago y prefería no pensar en ello.

Luego la lucha en el bus. Nunca pensó ser claustrofóbica, tal vez un poco agorafóbica. Como todos trataba de ver a ningún lado en específico porque qué incómodo es verle la cara a toda esa gente amontonada, todos con rostros inexpresivos, el ruido del motor, las bocinas de los autos alrededor, el radio a todo volumen con música estridente y los gritos de los ayudantes eran desesperantes.

Trató de recordar tiempos anteriores, más felices, tal vez los tiempos con él cuando se sentía de fuego, lenguas de calor la recorrían por completo y aunque estuviesen desnudos se fundían y no tenían forma de enfriarse. Hasta que todo se enfrió. Luego se sintió de hielo por mucho tiempo, no había más que hielo, frío por todos lados. El hielo no va a ninguna parte, no se mueve, parecía nunca derretirse.

Nuevamente tuvo que forzarse de vuelta a la realidad y bajar del bus, caminar a la oficina. Arregló su escritorio como todos los días, ordenado, pulcro, impecable. Encendió su computadora y se preparó para recibir a los clientes.

Entonces tenía que hacerse de piedra. Se ponía la máscara. Sabía mantener la sonrisa cordial para todos, ser una actriz, fingir interesarse en los problemas de los demás aunque a nadie le importaba lo que sucediera con ella. Atender a los clientes como si el mundo girara alrededor de ellos aunque fuesen unos idiotas pedantes. El cliente siempre tiene la razón.

Sabía ignorar y desviar cualquier insinuación, invitaciones, chistes en doble sentido e indirectas que le dijeran. Algunos hombres pueden ser muy tenaces y directos. Pero ella no estaba para esos menesteres. Lo único su único interés era el trabajo de forma casi automática mientras su mente se imaginaba en un lugar hermoso donde se ella era el universo mismo.

Luego llegar a casa y enfrentar sus demonios, todas las noches eran largas, pero la rutina a veces es lo mejor que tenemos. Ya mañana será otro día.