lunes, febrero 11

ALMA (VI)

A veces me parece que todo esto es un sueño, en realidad me cuesta distinguir un poco cuál es mi fantasía y cuál es mi realidad. Hasta hace algún tiempo aún podía diferenciarlas pero ahora… no sé.

El ambiente es distinto, el color de las paredes no me inspira nada, en el techo se arremolinan figuras siniestras que me acosan, me miran, me tocan. Escapo cerrando los ojos pero al apretar los párpados ocurre algo curioso: se me aparecen las mismas imágenes solo que en negativo, con colores inversos que se me acercan, ya no sé que es cierto y qué es mentira.

- Alma…

Ya voy mamá, pero espérame un poco, tengo que terminar algo aquí afuera, hay algo que aún no logro comprender, la vida a veces es tan retorcida que es chistosa. Jorge me está saludando pero no quiero ir, ya no quiero ver su rostro desfigurado, su mano está extendida como diciéndome adiós, yo no me quiero despedir, no quiero que se vaya pero tampoco que se quede.

Ni siquiera sé si esto es amor, tal vez fue un deseo que empecé a soñar desde que empecé a ver todas esas novelas y películas, a leer historias románticas, que el amor lo puede todo, que cualquier inconveniente no significa nada para el amor; en todo caso son pruebas nada más, hasta que el amor vence la muerte. ¿Por qué no te puedo recordar cuando estabas vivo? Ahora que lo pienso sí puedo, recuerdo tu risa tu rostro, tus besos, tus abrazos, recuerdo tu cuerpo cerca del mío, tan pegado que podía sentir tu ardor y deseaba que me tomaras y me hicieras tuya como en las historias románticas.

¿Hicimos algo? ¿Lo imaginé? No lo sé, no recuerdo, la realidad es algo tan confuso que no sabría decirlo, tal vez si te recuerdo como yo pienso es porque en realidad sucedió aunque en realidad no haya pasado nada. ¿Y si sólo soy una idea loca de algún dios que me imaginó? ¿Por qué me atormenta, por qué me tortura? ¡Por favor, bórrame, hazme desaparecer!

Para el caso cualquier persona da lo mismo, es sólo un recipiente, un envase, “no hay amor como el primero” es la mentira más grande del mundo. El amor siempre se siente igual, lo que cambia es la forma, el objeto podríamos decir, si no amo a alguien simplemente pasa frente a mí como cualquier cosa, como ver llover.

- Raúl…

¿Vienes? ¿Por qué no vienes? ¿Tú también estás muerto? Sí, tú también me ves con la mirada perdida. Te recuerdo como si fueras Jorge, ¿Es la misma historia repetida? Ahora eres tú quien se despide y yo no tengo idea si decirte que te vayas o irme yo.

Todos somos un recipiente nada más, un envase, no hay alma, no hay amor, sólo un cadáver, un cascarón inútil, una imagen de lo que fuiste, una monstruosidad inanimada. Dicen que los fantasmas asustan, que ver cosas que se mueven, que flotan, dan miedo. A mí esas cosas no me dan miedo, lo que me da miedo son las cosas que ya no se mueven.

- Hola Almita, ¿Podrías sentarte en aquella silla? Voy a barrer aquí. Gracias, eres una niña buena.

Gracias mamá, pero ¿Sabes lo que no entiendo? Por qué me sigue visitando, al principio pensé que porque yo no quería que Raúl se fuera y lo lloraba todos los días se me aparecía. Bueno así me decían, al principio de lejos, en la puerta de mi cuarto, en la oscuridad veía su sombra, a mí no me daba miedo, pero no me dejaba dormir. Me quedaba viendo la sombra inmóvil mientras sentía toda mi piel erizarse, me quedaba quietecita quietecita como para no romper el encanto. Cualquier movimiento solo me erizaba más la piel y mi mente hervía con ideas locas que no podía comprender. Luego me decía “No Alma, no está allí, es tu imaginación.” Cerraba los ojos y dormía un poco, cuando los abría todavía estaba allí, lo veía al lado de la ventana. Debo confesar que nunca me animé a hablarle, no hubiese querido despertar a nadie, y si él abría la boca para hablarme… tal vez sí me habría vuelto loca. Los muertos no hablan, solo los vivos.

- Hola Alma ¿Cómo estas hoy?, soy el doctor Grajeda, ¿Te puedo hacer unas preguntas?

Mamá, ¿Por qué lo hace? Nunca había visto algo parecido, bueno, luego vino Jorge, pensé que tal vez él me ayudaría a olvidarme de Raúl, y en algún momento sucedió tal vez. Yo no quería hacerle daño, quise acercarme un poco más y luego no pude quitármelo de encima, de mi cabeza, me daba vueltas y me sentía mareada, me sentía como embriagada, eso me gustaba. Como aquella vez que a escondidas tomé un poco de ron de mi papá y me sentí liviana y relajada.

Luego Jorge también se fue. No pude recordar exactamente qué fue de mí durante algún tiempo. Recuerdo que hubo un tiempo de mucha oscuridad, me dolía mucho la cabeza y aunque todo estaba oscuro no podía dormir. Ahora que recuerdo tampoco tenía sueño, igual no quería dormir, solamente cuando me dieron unas pastillas que me dieron mucho sueño y dormí profundamente, ¿Por qué uno dice “tengo sueño” cuando quiere dormir? No siempre se tienen sueños, el sueño que me dieron con las pastillas fue artificial, plástico, un sueño sin sueños. Deberían inventar otra palabra para tener sueño, uno no tiene sueños, uno los recuerda, siempre se dice “tuve un sueño” pero nunca “tengo un sueño”. Se puede soñar despierto pero eso no es soñar, es ilusionar, yo tenía muchas ilusiones, ahora no sé, creo que mi vida entera es una ilusión, ¿O un sueño? ¡Despiértenme por favor!

- ¿Jorge?...

Ahora vienes tú, tal vez es mi apego por las cosas, yo sé que me quieres pero a veces se me hace difícil tenerte a mi lado, a veces no sé si quiero a alguien o en realidad solo quiero una ilusión. La vida real nunca es como uno la imagina. Aún teniendo todo lo que siempre quisiste siempre quieres más.

Mamá ¿Te cuento un secreto? Después de un tiempo Jorge se acercaba más a mí, se acurrucaba a mi lado y pasaba su mano por mi cabello, sentía su respiración cerca de mí, agitada. ¿Los muertos respiran? Yo me quedaba en mi cama calientita, él estaba frío pero yo le daba calor, lo fui metiendo en mi cama. Yo ardía como si tuviera fiebre y le daba calor porque él estaba frio como un muerto. Luego lo recordaba como la última vez que lo vi, con su rostro perforado por la bala, como lo ví esa noche. Entonces un terror se apoderaba de mí y salía de la cama de un brinco a encender la luz.

Entonces se desaparecía y yo quedaba en medio de mi cuarto, desnuda y me entraba un frío como de muerte.

Dicen que cuando uno llora mucho a un muerto su espíritu no se marcha, a mí me lo decían y yo dejé de llorar frente a la gente, pero lloraba de escondidas, en el baño, en mi cuarto, todas las noches, tal vez por eso llamaba a Raúl primero y después a Jorge.

Ahora ya no sé si lloro, tal vez sí porque cuando abro los ojos a veces por la noche, lo encuentro parado frente a mi cama.