sábado, marzo 24

Los Anticomunistas (IV y final)

Jacobo Arbenz Guzmán tomó posesión de la presidencia de Guatemala el quince de marzo de mil novecientos cincuenta y uno. Entre sus logros se cuentan haber expulsado a la compañía bananera de la United Fruit Company, la construcción del Puerto Santo Tomás, y la hidroeléctrica Jurún Marinalá, entre otros.

También impulsó el decreto 900 o “reforma agraria” que quitaría tierras ociosas de sus propietarios y se las daría a campesinos para trabajar.

Horacio Fuentes sufrió un atentado un día. Atravesaba su finca cuando el jeep Willys que manejaba fue alcanzado por una ráfaga de balas. Los impactos continuaron hasta mientras Horacio aceleraba pasando por lomas y hondonadas a campo traviesa. Cuando por fin se puso a salvo, pudo apreciar los agujeros que las balas habían causado a la carrocería. Estaba vivo de milagro.

Otro vecino, Alejandro Oliva; desapareció sin dejar rastro. Nadie supo nada de él.

Bernabé y su grupo siguieron, sin embargo, con sus reuniones secretas. Cuando llegó el momento convenido salieron hacia Honduras. Tenían el apoyo del gobierno estadounidense que les proporcionaba armas, entrenamiento y suministros. Al mismo tiempo llegaban los aviones bombarderos, que en poco tiempo serían conocidos como “sulfatos” debido al efecto que causaban sobre el enemigo. Según el decir entonces “La gente se cagaba de miedo al escuchar los motores” puesto que ya sabrían que pronto vendría el bombardeo.

Don Bernabé y sus compañeros invadieron Guatemala entonces para “la liberación” de Guatemala.

Jacobo Arbenz nunca completó su plan de reforma agraria y lo que para muchas personas fue considerado como “la Década de la Primavera Democrática en Guatemala” por los avances sociales logrados; terminó en un crudo invierno.

Don Bernabé volvió a su vida normal después de estos acontecimientos. Siguió dando clases en el mismo lugar. Siguió yendo de cacería de vez en cuando en el terreno sin sembrar, mientras otros volvían a caer en la opresión con las esperanzas de mejorar hechas pedazos.

El General Carlos Arana Osorio fue el sucesor de Arbenz con autorización del gobierno de Estados Unidos, el cual estaba feliz de haber terminado con la amenaza comunista de ese entonces. Se le inyectó dinero a las arcas nacionales para culminar algunos proyectos ya empezados anteriormente.

Luego nada.

Don Bernabé sentía haber cumplido con su deber de patriota. El mismo había sido perseguido político. Había sido espiado, amenazado y personas cercanas a él sufrieron atentados. Pero algo no cuadraba. Una gran cantidad de gente no estaba contenta. Se hablaba de algo que se había perdido. Un gobierno caía para ser derrocado por otro. Las elecciones eran fraudulentas. La corrupción se hacía cada vez más evidente. Amén de que las obras y proyectos que se habían empezado con entusiasmo y empuje, ahora carecían de mantenimiento y empezaban a caer.

Ahora el gobierno de turno también perseguía a los inconformes para acallarlos. Todo era igual…

Una tarde tocaron a la puerta de don Bernabé. Eran tres hombres de traje.

- Buenas tardes, don Bernabé, queremos platicar con usted – dijo uno de ellos.

- Qué se les ofrece.

- Verá usted… usted no nos conoce, pero nosotros hemos recibido muy buenas referencias suyas, como un hombre muy preparado, un gran profesor, también muy buen estratega.

Don Bernabé los miró intrigado.

- Sabemos – continuó el visitante – que usted fue uno de los planificadores de la liberación. Por favor, no se extrañe, usted es muy conocido en todo este pueblo y muchos saben de su capacidad.

- Sí – dijo Bernabé – estuve en la liberación, pero eso fue hace varios años, ahora estoy retirado, solo soy maestro.

- Y muy bueno por cierto. El asunto es que venimos a solicitar su ayuda.

- ¿Ayuda para que?

- Estamos organizándonos, organizando a los campesinos a reclamar lo que es suyo, lo que les pertenece por derecho, que ya no sean explotados por otros sin ganar nada, que ellos cosechen lo que ellos mismos siembran, no a sembrar para otros.

- Pero necesitamos estrategas – dijo otro de los tres – necesitamos a alguien que nos ayude a explicar qué hay que hacer y cómo hacerlo, si la contrarrevolución vino desde afuera, nosotros queremos hacerla desde adentro, en las montañas…

- Para ponerlo más claro – dijo el tercero – vamos a hacer una guerra de guerrillas, ya tenemos a la gente dispuesta, tenemos la fuerza y las ideas. Y usted debe tener muchas ideas.

Don Bernabé se quedó helado. Las mismas personas que había ayudado a derrocar ahora querían levantarse en armas. ¡Y querían su ayuda!

Vio a su alrededor, después de tantos años nada había cambiado, ni antes ni durante ni después de la revolución, pero él jamás había sufrido carencias, peleó para conservar su nivel social y sus propiedades, nada más.

Cerró los ojos y pensó en su finca y en las mañanas de cacería y en la tierra… la tierra hermosa… la tierra fértil… la tierra ociosa…

- ¡Al diablo! Dijo al fin. ¡Total, la finca nunca fue mía!

FIN