martes, diciembre 12

LOS ANTICOMUNISTAS (III)

- Buenas, ¿Está don Bernabé Flores?

Raúl Maldonado había madrugado también y había pasado cuatro horas manejando desde la capital; el camino de terracería, el silencio del viaje y el calor lo tenían muy malhumorado.

- No, no se encuentra – respondieron desde la ventana. – Si le quiere dejar un mensaje…

- Dígale que lo vinieron a buscar de la secretaría del Ministerio de Educación, le dejo esta citación para que se presente a más tardar pasado mañana en la oficina de la capital. Allí están los detalles. – La picazón del polvo del camino le llegaba hasta lo más recóndito.

- Muy bien, le haré saber.

Raúl Maldonado no había hecho el viaje desde la capital solo para notificar a don Bernabé de su citación; también debía ir a la supervisión departamental e indagar a los compañeros profesores acerca de actividades sospechosas. Hasta la capital habían llegado noticias de inconformidad por parte de algunos individuos. Por supuesto que siempre habían elementos dispuestos a proveer información con la esperanza de obtener algún ascenso.

Bernabé llegó a casa solo un poco más tarde, cargando el venado en hombros. Con el cuerpo podría hacerse una silla, o en último caso usarlo como alfombra, o tal vez colgado de la pared como trofeo. Siempre es agradable ver un cuero de venado entero, sin los agujeros que dejan las balas, claro está; y este balazo en la cabeza podría disimularlo fácilmente.

La nota decía que debía llegar a la capital a firmar su ascenso en el escalafón. Cada cinco años los maestros contratados por el Ministerio debían registrarse para optar a aumentos de sueldo, cargos administrativos o alguna otra mejora laboral. Bernabé sentía que lo presionaban para seguir trabajando; pero la expectativa de un aumento salarial era buen motivo para hacer el viaje.

Dos días después arregló sus cosas para un viaje de un día. El itinerario era simple, salir lo más temprano posible, hacer el trámite respectivo y regresar al pueblo. Nada complicado pero sí aburrido.

Solo una cosa lo inquietaba un poco. Las salidas de cacería frecuentes tenían un doble propósito pero… no, todos eran gente de honor.

El viaje transcurrió sin mayores sobresaltos, las sinuosidades y vueltas de la carretera provocaban náuseas a los niños, a él le daban sueño, veía las orillas de los riscos recortadas en un sube y baja monótono, era mejor cerrar los ojos y pensar en el sol, la cacería, la coartada perfecta, imaginaba las mañanas solitarias en el monte, cazando algún conejo y preparándolo para hacerse su desayuno. Hacer el fuego para cocinar, aliñar al animal, para eso siempre tenía su navaja lista, recordó que tenía al cinto el estuche de cuero con la navaja adentro y acarició la figura, el relieve de las costuras.

Llegó a las oficinas del Ministerio, hizo la cola respectiva, el trámite, las firmas, los saludos de rigor, todo normal, el hecho que no le preguntasen nada de su negativa a ejercer lo tranquilizó, su presencia indicaba la aceptación de los términos de su contrato y aparentemente empezaría a trabajar lo antes posible con mejor salario.

Al salir se dirigió al mercado para llevar algo, algún recuerdito, a Judit le gustaban mucho los dulces típicos así que se preparó con dulces de leche, pepitoria, cocadas, encanelados y mucho mazapán que era su preferido.

Ya listo con una buena cantidad de dulces decidió caminar un poco por el centro capitalino, para despejarse un poco, a ver escaparates solo por ver qué novedades había; estaba pensando hace tiempo en un problema y a ratos le buscaba solución, tenía una estrella de cinco puntas de la cual solo sabía el ángulo de cada vértice, esa estrella estaba encerrada en un círculo; el problema era encontrar la circunferencia y la longitud de todos los lados de la estrella; además cada punta de la estrella es el vértice de un pentágono así que sería interesante hallar también la longitud de cada lado del mismo.

Embebido entre el problema y frente a una tienda de botas tuvo una extraña sensación. Caminó un par de cuadras hasta girar en una esquina y se quedó quieto, empuñando su navaja. Esperó un minuto más o menos cuando agarró al tipo. Había visto su traje de lana café y sombrero de bombín seguirlo desde que salió del Ministerio. Lo presionó contra la pared poniéndole el brazo izquierdo en el pecho y le acercó la navaja al cuello.

- ¡Quién es usted! ¡Qué quiere! Le dijo.

El tipo se puso pálido pero no se movió

- Tranquilo… no pasa nada, no quiero nada.

- ¡Me viene siguiendo así que algo quiere! ¡Dígame o aquí mismo le corto el cuello!

Viendo que Bernabé iba en serio le respondió:

- Me mandaron a seguirlo, nada más, no me ordenaron nada más.

- ¿Quién lo mandó, alguien del Ministerio?

- No

Bernabé acercó el cuchillo cerca de la yugular

- Quién

- ¡El coronel Osegueda! no me mate por favor, ya le dije que solo me mandaron a seguirlo.

- Pues dígale a Osegueda que no necesito que me mande a nadie, yo me cuido solo. Ahora váyase por donde vino.

Bernabé soltó al tipo quien se volvió sobre sus pasos disimulando, hasta no ver que se había ido no reanudó su camino, esta vez no vio más escaparates; inmediatamente fue a la Terminal de buses para regresar al pueblo.

Bernabé no tenía ni idea de quién era Osegueda pero ahora entendía que el viaje a la capital era más bien para identificarlo y literalmente seguirle los pasos. Tenía que andar con mucho cuidado.
(continuará)