martes, agosto 29

¿Cuántos ciclos, cuántos giros de rueda, cuántas veces empezar el mismo proceso una y otra vez?

¿Es esto un ciclo incluso o es simplemente una larga línea que no llega al final y nos inventamos lo de los ciclos para no volvernos locos con la infinidad?

¿Es la infinidad tan enloquecedora? nos sabemos finitos pero quisiéramos ser eternos, ¿Por qué? Simplemente porque queremos lo que no tenemos.

Si fuesemos infinitos e inmortales querríamos ser mortales y efímeros para disfrutar cada día como si fuese el último de nuestras vidas.

Sin embargo, guardamos cada día de nuestras vidas con mesura y congruencia, no vaya a ser que sea el último.

¿Cuántos años tarda un año? ¿Cuántos siglos, un año? ¿Cuántos milenios, un año?

¿Cuándo es demasiado pensar?

jueves, agosto 24

El espíritu del callejón

El callejón sin asfaltar, la tierra fresca, compacta. A Canelo le gustaba la sensación de la tierra fresca, era diferente al asfalto. El asfalto era muy caliente cuando pegaba el sol o muy frío cuando caía la noche, en cambio la tierra era fresca siempre, y en la noche conforme pasaba el tiempo tomaba el calor del cuerpo. A Canelo le gustaba eso, no le importaba llenarse de tierra el pelo, eso podía sacudirse después, de todos modos ya era de noche y quería dormir. Como buen perro callejero había hurgado el basurero cercano y encontró buena cantidad de comida lo suficientemente buena para comer. El hambre era una preocupación eterna para los perros callejeros, eso y el miedo a las pedradas de la gente y a las mordidas de otros perros.

Canelo resopló tranquilo, levantando una minúscula nube de polvo, pero a él no le importaba, se sentía a gusto en la tierra fresca y compacta. El callejón estaba solitario a esa hora y su cuerpo flaco se empezaba a acostumbrar a las irregularidades del terreno, compacto y fresco.

De pronto, una ráfaga de viento le sacudió el pelo, Canelo resistió el impulso de levantarse, se sentía demasiado bien para que algo perturbara su tranquilidad.

La primera gota le cayó en la costilla, grande y gruesa. Un espasmo involuntario sacudió su cuerpo en una fracción de segundo.

Otra gota le cayó en la oreja que movió instintivamente.

Luego empezó el aguacero, la tierra se tragaba el agua con sed instantánea, sed de siglos, sed de germinar las semillas que nunca tuvo, sed de olvidarse de su esterilidad forcivoluntaria.

Canelo se vio azotado por punzadas frescas, muy frescas para su gusto. Otro día tal vez hubiese aceptado el chaparrón, pero se encontraba muy a gusto y el repentino cambio le obligaba a buscar otro lugar, aunque pocos lugares fuesen cómodos bajo la lluvia, soportar la humedad, el frío, alguna correntada… no había más que buscar el asfalto o el cemento de la banqueta y salió malhumorado del callejón.

De un extremo de la calle, Emilio sentía ya el aguijón de las gotas también, caminaba por la acera lo más pegado a la pared para no mojarse, pero la lluvia caía en toda su gloria, con viento y todo. De gruesa pasó a tornarse violenta, con ráfagas de viento azotando de costado. No había remedio, salió en la mañana sin pensar que llovería, sin tomar un paraguas o una chaqueta, y ahora andaba empapado. Al empezar a llover quiso correr, pero le faltaba un buen tramo para llegar a su destino, así que de llegar empapado a llegar empapado y exhausto prefirió lo primero. Total al llegar a su casa se secaría y cambiaría de ropa.

Los zapatos se le llenaron de agua y se hinchaban, a cada paso chapoteaban, plosh, plosh, plosh.

Un rayo iluminó la escena, el trueno no se hizo esperar por mucho tiempo, estremeciendo los alrededores.

Del extremo contrario de la calle, un automóvil iluminaba apenas una fracción de horizonte. Marta manejaba muy despacio, adivinando más que viendo cómo se encogía el mundo a su alrededor. La lluvia caía torrencial y formaba pequeños ríos a ambos lados de la calle, los tragantes hacían mal su labor de recolectar el agua de lluvia por la cantidad de basura que los vecinos les tiraban. Los tragantes se tapaban, causando que el flujo de agua corriera libre por la calle buscando desagüe. Algunos vecinos habían quebrado las tapas de cemento de algunos tragantes para poder tirar mejor la basura en ellos. Costumbres de ignorancia.

Canelo seguía buscando refugio en algún resquicio que aún estuviera seco para pasar la noche. Cuando vio acercarse una sombra, el perro no pudo identificar quién era, pero había aprendido a desconfiar de todo lo que se moviera a su alrededor. Tenía el instinto de proteger su espacio vital, y con mucha justificación después de haber recibido maltratos, golpes y heridas, gritos y patadas de sombras parecidas.

Emilio se vio acercándose a una sombra de frente, pero más que la sombra, lo amenazante del gruñido le decía que no se acercara más.

Emilio se detuvo, lo único que deseaba era estar en su casa seca y tibia. En algún momento alguien le dijo que los animales podían oler el miedo, y que si salía corriendo lo más probable fuese que el perro saldría corriendo atrás de él hasta darle alcance. Pero Emilio no quería salir corriendo y francamente sentía algo de miedo.

Emilio pensó que la única solución posible era cruzar la calle para no tener que encontrarse con el perro. A lo lejos, un carro iluminaba un poco. Emilio dio un paso y vio el fogonazo de un rayo, dio otro paso y en ese instante el estruendo y la lluvia cambiaron a negro total y silencio.

Desde el punto de vista de Marta, con la preocupación de aguzar la vista hacia el frente, vio –o creyó ver- bajo la luz del rayo una silueta, una figura humana... ¿una persona? ¿un espíritu? Con una expresión de terror en su rostro, desaparecer frente a sus ojos. Después vio al mismo lugar y no había nada, se había esfumado completamente. Marta tuvo un arranque de pavor, pisó el acelerador y se alejó lo más rápido que pudo de aquel lugar.

Emilio había caído en un tragante destapado, que con la lluvia se había llenado hasta el borde, así que le fue imposible verlo en la noche bajo el agua, y mientras su mano asomaba a la superficie tratando de asirse para salir del hoyo en el que había caído, Marta empezaba a ingeniárselas para contar su historia del espíritu del callejón.

viernes, agosto 11

tal vez

Tal vez si tú fueras diferente
Tal vez si yo no fuera el mismo
Tal vez si nuestros tiempos caminaran al mismo compás
Tal vez si el camino no se hubiera torcido antes de llegar
Tal vez si tu maldita manía de arreglarlo todo no me hubiera tocado
Tal vez si mi maldita manía de dejarlo todo como está no te hubiera arruinado
Tal vez si la luz no fuera tan clara podría ver algo
Tal vez si mi oscuridad me dejara ver la luz
Tal vez si no te hubiera dicho las palabras que aún resuenan en mi lengua
Tal vez si no me hubieras clavado tus uñas en el alma
Tal vez algún día encuentre un lugar para descansar de el hastío cotidiano.
Tal vez alguien sea para ti y entienda tus problemas
Tal vez sea hora de marchar
Tal vez extrañe tus arranques neuróticos, tu soberbia, tu imprudencia
Tal vez tú tengas más agallas que yo…
Tal vez seamos el uno para el otro