martes, junio 27

YA NO ME ACORDABA

Abrí una gaveta de fierros viejos buscando un martillo. Estaban haciendo unos arreglos en la sala para colgar unos cuadros y corrí a la gaveta, entre todas las cosas amontonadas estaba la navaja, ya se me había olvidado su existencia, la puse allí para que se oxidara, para no recordar que hace algunos años era mi compañera debajo de la almohada. Por las noches la empuñaba y la acercaba a mi cuello pensando "Esta sera la última noche". Imaginaba la hoja cortando de un tajo, con furia, venas, cartílagos, piel y músculo, la sangre caliente bañando las sábanas hasta que la vida se me escapara, alucinando haciéndome pedazos, pensando "lo voy a hacer, lo voy a hacer, lo voy a hacer, lo voy a hacer, lo voy a hacer..."

- ¿Ya lo encontraste? gritaron desde la sala.

Cerré la gaveta despacio y volví .

- No, no está.

viernes, junio 23

EL VELORIO

Doña Amparo Arriaza tiene los ojos cenizos por la catarata, en su tiempo fueron de un hermoso color avellanado, tiene sesenta años y enviudó hace veinte de su esposo que le llevaba quince. En realidad cincuenta y cinco es una edad relativamente joven para morir, ella me cuenta que las dos cajetillas que don José fumaba diariamente pueden haber sido un factor determinante en su temprano fallecimiento. Aparte de la vida que llevaba, bastante activa.

"Era doctor – me cuenta -, y de los buenos, tenía su clínica privada que atendía por la mañana y en la tarde iba a la clínica del Seguro Social donde trabajaba medio tiempo, mucha gente lo conocía, era bueno con los pacientes, los trataba bien, tenía dulces para darle a los niños y a los grandes les regalaba muestras de medicinas que le llevaban los visitadores médicos, yo me entretenía viendo las cajitas de las medicinas y me memorizaba los nombres; fenilbutazona, dextrometorfano, cloralfernicol, benzodiazepina, los decía una y otra vez, como trabalenguas. La noche del velorio llegaron miembros del Colegio de Médicos, dijeron un discurso muy bonito, también hicieron guardia de honor frente al féretro por una hora.

Los sábados daba clases en la facultad de medicina de la universidad, en la cabecera departamental. Yo también soy maestra, ¿Sabía usted? Pero como me casé nomás después de graduarme, tuve mis hijas y ya suficiente trabajo tuve con la crianza, además, José nunca me dejó trabajar, ¡Era celoso el hombre! Me decía que las maestras aparte de chismosas, tenían sus compañeros maestros y Dios guarde que alguno se fuera a fijar en mí, de repente lo dejaba a él por uno más joven que él, decía, y más con que yo era cotizada entonces, pero siempre le fui fiel, le hacía caso a todo lo que me ordenaba. Incluso después que murió nunca tuve otro hombre, jamás.

Sus alumnos de la universidad llegaron al velorio, dijeron un discurso muy bonito y le hicieron guardia de honor por una hora.

Fíjese lo que son las cosas, era doctor y aun así nunca dejó de fumar. Nunca creyó que el cigarro le fuera a hacer mal, la tarde que murió se sintió indispuesto y se fue a descansar, tal vez ya sabía que era su último día, una hora después de haberse ido a la cama lo encontré muerto, morado, el parte médico decía “infarto agudo del miocardio”. ¡Eso fue amargo!

Al menos no murió como mi hermano Napoleón, el pobre Napo pasó un año en cama agonizando con la diabetes, para él la muerte fue un descanso, para él y para todos los que lo atendíamos.

Era raro que saliéramos a algún lugar, casi siempre visitábamos a conocidos de él o él traía visitas a la casa y me traía algo para cocinarle, le gustaba mucho el conejo encebollado. Recuerdo que cuando recién casados yo no podía cocinar nada, se me quemaba hasta el agua. Pero poco a poco fui aprendiendo, además – pueblerino que es uno que no se le quitan las mañas – nunca me gustó ir a restaurantes, recuerdo la primera vez que fui a uno, era muy elegante por cierto, pero cuando vi los cubiertos y me imaginé cuánta gente podía haberse metido ese tenedor a la boca me dio asco y se me quitó el hambre. La noche del velorio tuve que cocinar mucho, me ayudaron mis hijas, hicimos tamales de coche, pollo guisado, caldo de gallina para los desvelados, el patio de la casa era un matadero, siempre teníamos animales en el patio como casi todos en el pueblo, mi comadre Vila también me ayudó.

¿Sabía usted que José era masón? ¡Y tenía grado alto! Se reunía con los miembros de la logia tres veces por semana, ellos mantienen todas sus reuniones en secreto. El mayor tesoro para un masón es poder guardar secretos, yo nunca supe de qué trataban sus reuniones, pero José era muy respetado por la logia. Para el velorio llegaron todos los miembros de la sucursal departamental, dijeron un discurso muy bonito y le hicieron guardia de honor.

Como se podrá imaginar, por el hecho de ser masón, José no asistía mucho a la iglesia. No era que no creyera en Dios, él creía, sólo que a su manera.

Pero se burlaba de la religión. Una vez hubo un gran escándalo porque conseguimos un perrito y José le puso de nombre “Barnowsky”, ese era el apellido del párroco de la iglesia, era polaco. ¡Hubiera visto cómo se puso el padre cuando se enteró! En el púlpito se ponía el padre a gritar “¡Hay un infeliz en el pueblo que le puso mi nombre al chucho! ¡Es un ateo, un hereje, un apóooostata! Se ponía colorado y echaba espuma de bravo. José se reía nomás cuando le contaban de los berrinches del padre Barnowsky y jugaba con su perrito. A pesar de eso llegó gente de la iglesia al velorio, dijeron un discurso muy bonito y llevaron coronas de flores.

Yo estaba atareadísima con eso de atender a tanta gente que llegaba a visitar, allí andaba yo acarreando la pérdida de mi marido y recibiendo los pésames, pero también tenía que ir a la cocina a ver cómo iba la cosa, el caldo, los tamales, el café, chocolate caliente, los panes, había que lavar los trastos sucios y las ollas iban y venían, yo de vez en cuando me sentaba en un sillón a llorar un ratito para después seguir la faena, en una de esas idas y venidas me senté en el sillón, estaba muy cansada. En eso escuché a Carmen Lobos, una vecina que era conocida por ser de cascos ligeros, flaca, zarca, entre toda la gente no me vieron que me fui a sentar allí cerca y alcancé a oír que decía “Ay tan chulo que era don Josecito, precisamente ayer en la mañana me llegó a visitar antes de irse para la clínica, andaba bien juguetón, me regaló un mi vestido, me daba besitos, no se quería ir. Yo le decía – Josecito ya andate a trabajar – y él me decía – No, me voy a estar otro ratito aquí contigo, no me quiero ir todavía – como si supiera que ese día era el último que nos veríamos, me abrazaba bien fuerte. ¡Ay cómo lo voy a extrañar!”

Desde ese momento dejé de llorar al hijo de puta".

domingo, junio 18

ALMA (V)

Pasaron varios días, Jorge no se inmutó por lo que él creía un pretexto pueril para que Alma se deshiciera de él, y su orgullo le impidió llamarla; ahora era responsabilidad de ella si deseaba volver a verlo.

Pero Jorge nunca dejó de visitarla. Todas las noches, se dirigía a la calle de los túmulos, frente al 11-25, se sentaba en la acera de enfrente y veía las luces de la casa encenderse y apagarse. Nadie sospechaba que él visitaba la casa, imaginando qué haría ella adentro, qué haría el resto del tiempo, de día, de noche. A veces creía ver a través de la cortina una silueta y pensaba ¿será ella? Solo cuando todas las luces se extinguían regresaba a su casa.

Una mañana Jorge estaba solo en la librería, tenía que fotocopiar un libro de doscientas hojas y eso le daba mucha pereza, el pasar de hoja a hoja, presionar el botón, sacar la copia y vuelta a la página, además la máquina emitía un siseo que lo adormecía.

El timbrazo del teléfono lo sacó de su sopor.

- ¿Aló?
- Alo, ¿Habla Jorge? – era una voz femenina.
- Sí, ¿Quién es?
- Habla Gaby, soy la hermana de Alma.

Jorge se extrañó de la llamada, nunca había hablado directamente con ella.

- Hola, ¿Cómo estás?
- Allí, más o menos, ¿Por qué ya no has llegado a la casa?
- He tenido mucho trabajo – mintió - ¿Cómo está Alma?
- De ella quería hablarte, está mal.
- ¿De veras? ¿Qué tiene?
- Tiene migraña, no se le quita el dolor de cabeza, no duerme bien, no quiere comer. ¿Sabías que estuvo en el hospital?
- No, no sabía.
- Sí, por los dolores de cabeza, le hicieron exámenes, le sacaron tomografías y cosas de esas, pero todaviá no hay resultados. También dicen que es posible que por todo lo que tiene que hacer en el instituto con las tareas y todo eso tiene mucho estrés, últimamente no ha ido.

Jorge se compadeció de ella, hubiera querido tenerla cerca.

- Que mal, no sabía, pero ya está bien ¿verdad?
- Pues allí anda, ya está en la casa, pero hay otra cosa fijate – dijo Gaby.
- Dime.
- Es algo raro, pero yo creo que es cierto, te lo voy a decir pero no te vayas a burlar de esto, ¿Está bien?
- Está bien, te prometo que no me burlo.
- No sé si Alma te contó de un novio que tuvo, al que mataron.

Alma nunca le dijo a Jorge que el fallecido era su novio.
- Algo me contó de eso.

Gaby bajó la voz, compungida.

- Fijate que se le aparece.
- Mierda
- ¿Perdón?
- Nada, se trabó la fotocopiadora, ¿Qué me decías, que se le aparece?
- Sí, no se cómo, pero ella dice que se le aparece en sueños y le habla, o que lomira en su cuarto, que se queda parado en la puerta del cuarto y se le queda viendo, yo creo que más que todo esa es la razón por la que no come ni duerme, y se la pasa con los dolores de cabeza.

Jorge se sintió transportado a un mundo extraño, donde cosas inanimadas podían cobrar vida, que había atravesado un umbral hacia otro espacio completamente diferente. Pero tenía que volver a poner los pies sobre la tierra, pensar razonablemente.

- ¿Y eso lo saben tus papás? Fue lo único que atinó a preguntar.
- No, solo yo lo sé, ella me cuenta a mí las cosas, si no olvidate, de una vez la declaran loca, pero yo sí creo que es cierto.
- Bueno pero si no se lo has contado a tus papás por lo menos a alguien que sepa algo de esas cosas, ¿alguien de la iglesia?
- Tal vez podríamos decirle a alguien de la iglesia, pero no está poseída, solo es el espíritu de él que no la deja tranquila.

Jorge no podía creer que estaba teniendo una conversación de esa naturaleza. Él nunca había creído en espantos ni espíritus.

- Yo quiero pedirte un favor – dijo Gaby. –Ella te quiere mucho a tí y creo que le haría bien verte. Mis papás no dejan entrar hombres a la casa pero yo le hablé de tí a mi mamá y está de acuerdo que vengas a visitarla, eso le haría bien. ¿Será que puedes?
- Está bien – dijo Jorge, convencido que las dos estaban chifladas, “pero si eso hace que Alma se sienta mejor, iré” pensó, además tendría pretexto para verla.
- Gracias, puedes llegar a la hora de siempre, yo te abro la puerta, no te preocupes que ya tienes permiso para entrar, Hasta pronto.
- Adiós.

Jorge colgoy renovó la tarea de copiar su libro, el papel efectivamente se había atascado en al fotocopiadora y tuvo que agacharse a destapar el panel lateral para sacar los pedazos de papel que habían quedado trabados entre los engranajes. No se dio cuenta que alguien había entrado al local aprovechando que era hora que no había nadie. Ni siquiera necesitaba vehículo, podía llegar e irse a pie. Jorge se levantó y vio una cara familiar, había llegado un par de veces antes a comprar alguna cosa sin importancia. El individuo se levantó la camisa y sacó el arma. Jorge lo comprendió todo.

En su dormitorio, Alma sufría con la terrible migraña, postrada en su cama sintió el estampido y el estruendo llegó a su corazón y se estremeció. Un escalofrío le recorrío el cuerpo erizando el vello de sus brazos, y antes de explotar, su carita de virgen dolorosa anegada en llanto, solo pudo suspirar “otra vez”.
FIN

miércoles, junio 14

ALMA (IV)

Supongamos que tenemos un vaso con agua y le echamos arena, si agitamos el agua todo el contenido del vaso se mueve y da vueltas por todos lados, sigue así por un tiempo mientras se asienta y luego cuando se serena, la arena vuelve al fondo del vaso, todo vuelve a la normalidad.

Para Alma encontrar a Jorge había sido como “agitar las aguas”, se le habían alborotado las ideas, las hormonas, el horario, entre otras cosas.

Todo fue bien por un tiempo, aparte de compartir su afición por los dibujos animados, tenían cosas en común, y si había algo en lo que no estuvieran de acuerdo siempre analizaban los pro y los contra de la situación y llegaban a alguna conclusión neutral.

Ahora Alma ya casi no iba a la librería, era Jorge quien la buscaba, a las seis y media, cuando salía del trabajo, religiosamente a ver a su virgen paciente.

Pero Alma a veces se comportada retraída, miraba por largos ratos al vacío como perdida, Jorge lo notaba pero no le hacía mucho caso, a veces ella hablaba sola sin darse cuenta y luego decía “A veces pienso en voz alta”. Y a veces se comportaba francamente terca.
Una de esas noches, Alma le hizo a Jorge una pregunta rara:

- ¿Qué sería lo peor que te pudiera hacer?

Jorge no entendió la pregunta.

- ¿Cómo así?
- ¿Qué sería lo peor que te podría hacer? Algo que te hiciera enojar o que te lastimara.

Jorge pensó por un momento.

- ¿Me piensas hacer algo?
- Contestame- dijo Alma.
- Lo peor que me podrías hacer es… no se, burlarte de mí, hacerme alguna broma pesada…-después de una larga pausa- cambiarme por otro.

Alma no dijo nada, se quedó viendo al frente, a la nada, a Jorge ya se le estaba haciendo habitual eso.

- ¿Por qué la pregunta? - Dijo Jorge.
- Por nada, pensaba decirte algo, pero no importa.
- Ahora ya empezaste, tienes que terminar.
- No es nada, de veras.
- Pero si me preguntas eso es porque era algo importante, ahora dímelo.
- Que no, son locuras mías.

Jorge se empezaba a impacientar.

- ¿Cómo podés preguntarme qué es lo peor que me podrías hacer? Es porque lo estás pensando, o ya hiciste algo que me vas a lastimar. ¿Hay otro?
- No
- ¿Me vas a hacer alguna broma?
- No
- ¿Pensás burlarte de mí?
- No
- ¿Esto va para algún lado o solo es un chiste para picarme?

Alma endureció sus facciones y lo miró seria, Jorge nunca la había visto tan seria. Se le ocurrió otra pregunta.

- ¿Te prohibieron verme?

Alma no contestó.

- ¡Eso es!- dijo Jorge. – Tus papás te prohibieron que nos sigamos viendo, ¿es eso?
- Me prohibieron verte, pero no mis papás
- ¿Entonces quién? ¿Tus hermanos?
- No

Jorge no entendía, ¿Quién podía tener suficiente autoridad para prohibirle verla, aparte de su familia?

- Alma. ¿Quién?

Alma se sentía incómoda.

- Alguien. Pero no importa, igual ya que más da.
- Pero sino es tu familia entonces, ¿Alguien de la iglesia? –preguntó Jorge
- No. Bueno, te voy a contar, pero es una historia tonta, estúpida.
- A ver.
- Mira pues, hace tiempo había un tipo que me quería caer, me encontraba en la parada del bus, cuando salía del instituto, al principio se me quedaba viendo, yo nunca le hice caso; un día llegó y me habló. Yo por estúpida le di plática y después ya no me lo podía quitar de encima, pero entonces no me había hecho nada todavía.

Alma continuó: “Nos hablábamos, nos hicimos medio amigos, pero un día por curiosidad le tomé el celular y al ver el directorio tenía anotados los nombres y números de teléfono de todos mis amigos, yo nunca le hablé siquiera de ellos. Desde entonces le tuve miedo, le dije que no quería ser nada de él y se volvió amenazante, me dijo que si yo no iba a ser su novia me iba a hacer la vida imposible.

No se cómo le hacía pero averiguaba cada cosa que hacía; dónde estaba, adonde iba, con quién estaba… era horrible, no me quería, solo me quería fastidiar la existencia, era un capricho.

- ¿Y se enteró que tu y yo andamos juntos?
- Sí
- ¿Y porqué habría de tenerle miedo? Yo me puedo defender, no te preocupes por eso, no soy manco, yo también tengo amigos.

Alma se puso triste.

- Es que se pone peor.
- ¿Qué tan malo puede ser? Dijo Jorge.
- ¿Te acordás que hace como año y medio mataron a un chavo en esta cuadra?
- Sí
- Era mi amigo.
- En serio
- Sí, lo quería mucho, una noche después que me vino a ver alguien se le acercó en una moto y le disparó. Yo fui la última persona que habló con él.

Jorge se quedó mudo.

- Me costó mucho reponerme, yo escuché los balazos y cuando llegaron los bomberos salí a verlo. Le hicieron pedazos la cara, los sesos estaban regados en la acera, esa impresión nunca me la voy a borrar de la mente. ¿Conocés el periódico “La Extra”, ese donde se miran las fotos de los muertos así con sangre y todo? Conseguí una copia y la guardé, todavía la tengo.

- ¿Pero cómo podés guardar una foto así? Eso es malo, nadie debería recordar a un muerto de ese modo. – Jorge conocía las fotos del pasquín amarillista y sabía que eran muy impactantes.

- No sé, es el único recuerdo que tengo de él, a veces en las noches recuerdo la escena y me pongo mal, me cuesta dormir.

- ¿Y estás segura que fue el tipo que dices?

- No lo pude confirmar hasta hace poco, me llamó y me dijo “Ya sé que tenés un nuevo amiguito, y si no querés que le pase lo mismo que al anterior mejor si lo dejás”. ¿Ves? Ni siquiera puedo tener amigos.

- Eso no prueba nada – dijo Jorge.

- ¡Ay Jorge! Yo lo conozco y sé lo que puede hacer, me llamó sin haberle dado mi número, de alguna manera lo averigua todo.

- ¿Y qué es? ¿Narco? ¿Mafioso?

- No sé, conoce gente, tiene contactos, no hace las cosas solo sino que manda gente. ¿Sabes algo? Te quiero mucho y no quiero que te haga daño, y por eso prefiero que terminemos.

A jorge se le abrió una grieta en el suelo, sintió que iba a caer.

- ¿Qué?
- Te quiero mucho y prefiero verte de lejos y saber que estás bien a tenerte cerca y volver a pasar por lo que ya pasé, no es nada agradable.
- ¿Estás terminando conmigo? ¿por un idiota que ni siquiera sabes de dónde salió ni qué es lo que hace?
- Sí, es mejor, creeme que no es fácil para mí pero solo con saber que te tengo lejos, pero vivo, ya me siento contenta.
- ¡Que consuelo!
- Adiós Jorge.

Alma entró a la casa sin mayor ceremonia y lo dejó allí parado, seco y atónito.

Jorge caminó a su casa tratando de barajar y poner en orden todo lo que acababa de escuchar, si bien conocía la historia del asesinato, y podía ser que fuera amigo de Alma, la historia del desconocido asesino era tan irreal que simplemente no podía creer que existiera alguien con tanto alcance para averiguar datos personales como nombres y números de teléfono de personas que no conocía, y menos de ejercer tanta influencia en alguien, de dominar su vida al punto de decidir por ella sobre sus relaciones, era ridículo.

Ahora cabría imaginar algo más natural, por ejemplo, que los padres le prohibieran salir con él, en ese caso se comprende, que pueden ser estrictos y prohibirle los novios a las hijas, es normal y hasta comprensible.

Otra opción no tan agradable – ninguna era agradable en realidad – era que, efectivamente, Alma saliera con alguien más y le inventara la fantasiosa historia sólo por salir del paso. Él se sentiría seguro de no perder el pellejo a manos del pretendiente misterioso, contento con su amor de lejos, creído que ella lo amaría igual aunque no se vieran, mientras ella feliz y contenta con nuevo novio. Total ojos que no ven corazón que no siente y de todos modos ella tenía todo el día para hacer lo que quisiera mientras él solo la veía por las noches.

Lo único que no le cuadraba era que Alma guardase una foto del pobre cadáver, seguramente en una mueca horrible o completamente desfigurado, lo cual le llevaba a la peor conclusión: ¡Alma estaba loca!

(continuará)

sábado, junio 10

ALMA (III)

El once guión veinticinco, en la calle de los túmulos, no era una calle, era una avenida en realidad, le llamaban así por la cantidad de túmulos que había sobre ella, en promedio dos por cuadra, las protuberancias de cemento detenían el tránsito de vehículos. Los vecinos lo habían decidido así para la seguridad de sus hijos, para que los autos que circularan por allí tuviesen que bajar la velocidad obligadamente.

Alma estaba recostada en su cama escuchando música, eran las seis y media, ella sabía que Jorge cerraba a las seis y la librería no estaba muy lejos, contaba los minutos y salía a menudo a ver por la ventana que daba a la calle, su dormitorio estaba en el segundo nivel y desde allí tenía una buena visión de la calle y sus alrededores.

Alma estaba en una etapa de su vida en la que podía comportarse como una niña consentida, hacer travesuras y salirse con la suya, dando la imagen ante los demás de ser una joven responsable y discreta, eso no quiere decir que fuera una libertina, pero sabía usar el privilegio de su edad portándose bien la mayoría del tiempo para poder darse permiso de portarse mal de vez en cuando sin ningún remordimiento.

Sin embargo, su libertad le era contradictoria a veces, era la menor de tres hermanos y se sentía muy cómoda en el seno hogareño, pero deseaba aventurar, ser más independiente, aun así, como los cachorros que empiezan a separarse de la manada, también a veces se sentía excluida o marginada por su familia, ella misma se excluía voluntariamente muchas veces.

En alguna de sus escapadas quiso alzar vuelo y como es natural al no poder volar bien, cayó y se lastimó, tuvo algún percance anterior pero se sentía recuperada y con ganas de volver a tomar vuelo.
A todo esto Jorge llegó a la casa, el 11-25, una casita de dos niveles, pintada de blanco y con un pequeño jardín a la entrada. Recordaba que hacía un año más o menos habían asesinado a alguien al fondo de la calle, pero por lo regular esa zona era segura.

Tocó el timbre.

Esperó unos segundos y apareció alguien tras la ventanita de la puerta, parecida a Alma, pero mayor, seguramente la hermana, “una versión anterior” pensó Jorge.

- ¿Qué deseaba? Preguntó
- Buenas, ¿Estará Alma?
- ¿Quién la busca?
- Jorge.

Alma había escuchado el timbre, pero esperó a que saliera su hermana antes.

Alma salió y lo recibió en el jardín de la entrada – no le daban permiso de entrar hombres a la casa –, sacó un par de sillas plásticas y sus cuadernos, Jorge le explicó los casos de factorización; agrupación de términos, suma de cuadrados, trinomio cuadrado perfecto…

Transcurrió como una hora, tuvieron que encender la luz de la entrada para ver mejor, Jorge se iba sintiendo cada vez más cómodo, pero se derretía ante las nuevas sensaciones – sentir de cerca la respiración de Alma, ver sus manos pequeñitas y morenas mover las páginas de los libros, cada parpadeo de sus ojos, su voz suave y dulce y su rostro de virgen concentrada.

En un momento entre una y otra explicación, preguntas y respuestas, se vieron fijamente a los ojos, él sostuvo la mirada, ella sostuvo la mirada, quedaron silenciosos.

Jorge se acercó a ella instintivamente.

Ella dijo en un susurro “No”.

Pero a él no le importó, se siguió acercando hasta que sus labios se tocaron, la besó y ella le devolvió el beso. Sus labios eran tan suaves, eran tan suaves como labios, cualquier comparación se queda corta; la seda raspa, el terciopelo es sucio, eran labios con sabor a labios y suaves como labios, húmedos y tibios, labios en toda su gloria.

El beso no tardó mucho, luego de eso los dos quedaron callados y viendo hacia abajo, como avergonzados.

- ¿Te puedo preguntar algo? Dijo Jorge.
- Dime
- Hace unos días, cuando llegaste a la librería y te hice el comentario de tu camiseta, ¿Qué quisiste decir con “Te la presto”?

Alma sonrió y lo vio divertida.

- No se, fue lo primero que se me ocurrió, además, a ti no se te ocurrió preguntar algo más interesante.
- Cierto, pero estaba nervioso.
- Al menos hablaste, tenía meses de llegar a la librería con cualquier pretexto; comprar un borrador, un lapicero, cualquier cosa, aunque no lo necesitara.

Jorge se sintió avergonzado, ¡Todo el tiempo ella había querido llamar su atención y él se había tardado tanto en reaccionar!

- Perdona, creo que no me había dado cuenta. – dijo Jorge después de un rato.
- Y tú siempre tan serio, amable pero formal, yo arreglándome lo mejor que podía para que te fijaras en mí, pero como que te cuesta un poco entender las señales.

Jorge entendió que todas las veces que la había visto, todas las visitas que hacía a la librería habían sido calculadas por ella.

- últimamente decidí ser más directa, por lo visto funcionó pero no se supone que una mujer deba dar el primer paso.

Alma pensó: “Y ya me estaba cansando de rogar un poco de atención” pero se contuvo.

- Bueno- respondió Jorge, - Te prometo poner más atención a tus señales.
- ¡ALMA!

La voz era de la hermana de Alma, acababa de asomarse por la ventana.

- ¿Qué? Respondió Alma, algo molesta por la interrupción.
- Mi mamá anda preguntando por vos, dice que te entrés.
- Voy.

Por esa noche se despidieron.

jueves, junio 8

ALMA (II)

Sin embargo pasaron varios días para que lo volvieran a “pescar”, y no siempre se dan las condiciones ideales, ese día en particular Jorge tenía mucha gente en el local pidiéndole distintas cosas: bolígrafos, crayones, cuadernos, láminas, papel español, fotocopias, Jorge trataba de atender a todos lo mejor que podía.

- Mire, quiero que de esta hoja me saque diez copias tamaño carta, y de esta otra diez tamaño oficio, son para unos exámenes-. Decía un señor de traje, seguramente un profesor.

- Ala porfa, yo solo quiero un lapicero que pinte bonito, de algún color bonito, no muy grueso pero tampoco muy fino, mejor si tiene tinta perfumada.-. Le pidió una muchacha de unos quince años, vestida toda de rosado y con aires de modelo, aunque era más fea que la mona (que aunque se vista de seda…)

Jorge le dio el lapicero más rosado que pudo encontrar y la niña se fue muy contenta.

- Buenas, necesito un diccionario inglés/español, el más barato que tenga.

Sale un diccionario.

- Hola, fíjese que a mi hijo le pidieron unos materiales para una manualidad, necesito un ciento de paletas de madera, un frasco de goma blanca, un pliego de papel de china rojo, un pliego de papel de china verde, brillantina y papel arcoiris perforado.

- No tengo papel de china rojo, le ofrezco anaranjado.

- Esta bien, démelo- dijo el señor.

- Hola Jorge-. Dijo una voz y Jorge la reconoció de inmediato, era Alma.

- Hola, ¿Cómo estas?

- Bien, aquí visitando, ¿Estás muy ocupado?

Jorge buscaba en las estanterías las cosas que le habían pedido.
- Más o menos, pero dime en qué te puedo ayudar.- Decía mientras le daba las cosas al señor y hacía las cuentas en su mente.

- En mucho…

- ¿Qué?

- Nada, tengo una tarea del instituto y necesito hacer unos carteles para exponer, así que necesito tres pliegos de cartulina blanca, un pliego de cartulina negra y otro de cartulina azul… y….

- ¿Y? dime.

- Es que…- Alma dudaba, - no sé, pero bueno…

- ¿Qué es?- A Jorge le empezaba a picar la curiosidad y se le aceleró el corazón.

- ¿Tú sabes algo de álgebra? - dijo al fin.

Él pensó que era algo más importante.

- Sí, era muy bueno para el álgebra en el bachillerato.- Dijo, no sin decepcionarse un poco

- Entonces me puedes explicar algo de factorización y trigonometría, es que no entiendo nada.

Jorge ordenaba los pliegos de cartulina, los enrollaba con mucho cuidado, pegados con cinta adhesiva lo más cuidadosamente posible, hasta ese entonces no se había fijado en cómo iba vestida, cómo toda ella irradiaba una luz intensa, cómo se sentía elevado sobre una minúscula nube y caminaba por los aires cada vez que veía su rostro y se perdía en sus ojos. Daba saltos en su nariz pequeñita y perfecta y aterrizaba en sus labios, los labios que lo hacían delirar. Alma se apoyaba en el mostrador y su cabello bailaba sobre el vidrio.

- Claro pero…

Acababa de entrar una vieja que a él le pareció de lo más inoportuna.

- ¡Buenas joven!- Gritó como si no hubiese nadie – Fíjese que quiero hacer mis propias tarjetas de presentación y quiero saber si tiene papel lino.

- Ehh sí tengo-, Jorge bajó de la estantería un paquete de papel tamaño carta de distintos colores, -Escoja el que más le guste.

Entró un par de niños con uniforme de algún colegio, y luego otra señora.

Alma se iba.

Jorge maldijo su suerte por no poder hablar con ella con la comodidad del caso, pero no había mucho que pudiera hacer.

- Este color me gusta -, dijo la señora sacando una hoja color salmón, -¿Tiene alguno más grueso?

- No señora.

- Mm lástima, este color me gustaba para hacer mis tarjetas, ¿qué otro tipo de papel tiene?

- Arco iris, arco iris perforado, ciento veinte gramos, construcción, cartulina…

La vieja empezó a decir algo pero Jorge no le prestó atención, alma entró corriendo y se apoyó sobre el mostrador

- ¿Puedes ir a mi casa cuando salgas de aquí a explicarme lo de álgebra?

- Claro-, la cara de Jorge se iluminó de nuevo.

- Bueno, vivo en la avenida de los túmulos, en el 11-25, chau.

Jorge se quedó atascado queriendo despedirse pero ya era tarde, Alma se fue otra vez.

martes, junio 6

ALMA

Alma es menuda, morena, tiene las mejillas rosadas, su cabello es abundante y cae como cascada sobre su espalda, su nariz es pequeña y fina, así como sus labios, perfectamente delineados.

Alma camina con pasos cortos y rápidos, mirando hacia el suelo, como buscando una traza de camino perdido que alguien antes caminó, como si buscara que sus pies la llevasen adonde ella nunca antes ha estado.

Alma camina con un libro bajo el brazo, se dirige a una de las librerías de la colonia, la librería de Jorge.

Jorge la ve entrar y contiene la respiración tratando de conservar la compostura, hace mucho tiempo que se le acelera el corazón cuando la mira acercarse, pero trata de ser siempre lo más profesional que puede.

- Buenas tardes – le dice con una leve sonrisa, acercándose al mostrador.
- Buenas, necesito que me saques unas fotocopias de este libro por favor, de la página treinta y dos a la treinta y… cinco, sí.- Habla distraída y con la mirada perdida en el libro, abriendo las hojas. A Jorge su voz le suena como una canción celestial.
- Con mucho gusto- contesta Jorge, tratando de contener sus nervios.

Hace tiempo que Alma es clienta de la librería y él se esfuerza por atenderla lo mejor que puede, aunque guardando toda la discreción del caso.

Mientras saca las fotocopias se toma todo el tiempo del mundo para acomodar el libro sobre el cristal, y contemplarla de reojo, Alma está de pie en la entrada del local y tiene la mirada perdida en el horizonte. Viéndola así, de perfil, a Jorge se le antojó imaginarse que su rostro bien podrían haberlo usado de modelo para las vírgenes que adornan los atrios de las iglesias, con una beatífica expresión.

Jorge contaba mentalmente las copias, una, dos, tres, cuatro. Alma calculó bien el tiempo que Jorge tomaría para sacar las copias y regresó al mostrador. Estaba serena.

- ¿Ya están las copias?
- Ya, aquí están tus copias.- Contestó Jorge
- ¿Cuánto te debo?
- Un quetzal.
- Bueno, ahorita te pago.

Alma se buscó en la bolsa del apretado pantalón una moneda para pagarle, fue entonces cuando Jorge se fijó en su cuerpo, sus caderas, su cintura, sus ojos recorrieron su cuerpo hasta su pecho, luego la cascada de su cabello y su rostro de virgen indiferente. En el camino, algo llamó su atención, tenía puesta una camiseta estampada de unos dibujos animados de moda en ese entonces. Esa era la oportunidad que buscaba, una ventana de esperanza.

- Que bonita camiseta, esas caricaturas son buenas- Dijo

Entonces Alma reaccionó como sorprendida, se vio los dibujos estampados en su camiseta, cambiaron sus facciones y cuando levantó el rostro tenía dibujada una sonrisa pícara y los ojos entrecerrados, desafiantes.

- Gracias, cuando quieras te la presto…

Jorge se quedó de una pieza, mudo, no supo qué decir, nunca se esperó una respuesta tan directa y solo pudo balbucir una tontería que ni él mismo entendió entre risas, mientras Alma salía del local riendo consigo misma de su travesura.

jueves, junio 1

LOS SAUCES

I


Los sauces llorones se veían a la distancia, cualquier otra noche hubiese pasado frente a ellos y los habría ignorado, pero no esa noche, esa noche ejercían una morbosa atracción sobre mí y mis pensamientos, esa noche me quería confundir con ellos, extender mis brazos y dejar caer mis hojas en eterno llanto silencioso, me parecía que los sauces lloraban su amargura a gritos silenciosos que se perdían en el monte, llorando hojas que caían estrepitosamente pero sin hacer ruido. Esa noche me pareció que los sauces alguna vez pasaron lo mismo que yo, era una noche fría y seca de noviembre y los sauces estaban en toda su gloria llorando amargamente su pena, ¿Algún enigma?, ¿alguna pena sin remedio? Ya se nos olvidó hablar con los sauces.


Es lo que me pasa en esta temporada del año, si todo el año fuera un mismo clima sería muy aburrido, y si todo el año nos la pasáramos con el mismo humor ¡Qué aburrido! En fin, la atmósfera es distinta, la presión atmosférica cambia un poco, solo un poco, sutilmente, y ejerce este efecto sobre los cerebros (unos más que otros), y el frío nos hace recogernos un poco más, ensimismarnos un poco más, y vuelven las tontas preguntas existenciales que atormentan a las cabezas inquisitivas. Probablemente en otro tiempo y en otras circunstancias hubiera sido solamente un noviembre deprimente como todos, pero ciertas circunstancias han hecho que este mes sea distinto.


Tal vez no sea el mes, tal vez sean cosas acumuladas año con año, en las que mi mente ha sido bombardeada, golpeada, reducida a piezas que parecen no juntarse, como cuando uno agarra una cáscara de huevo y la quiebra, cada vez más hasta hacerla polvo, eso era mi mente, un fino polvo de ideas, pensamientos y recuerdos sin aparente conexión pero que al final de cuentas han formado a esta mente y esta forma de pensar que soy yo.


Sin embargo, ha habido cosas muy agradables a lo largo de mi corta existencia, mucha gente busca la felicidad en la riqueza, en las cosas grandes, en el portento y la opulencia pero no se dan cuenta que si solo se detuvieran un instante cada día a ver a su alrededor hallarían suficiente belleza para deslumbrar sus sentidos. Aunque todo depende del cristal con que se mire, si se ven las cosas con el lente del optimismo vas a encontrar belleza en las cosas más extrañas, y con la lente del pesimismo le vas a encontrar cinco pies al gato, aunque a mí ya se me perdieron los lentes…


II


- Pues si mano, la vida como la conocemos es una cagada.

La voz de Miguel sonaba indiferente, vacía, con la monotonía de haber dicho lo mismo muchas veces antes

Estábamos tendidos boca arriba en un montecito sereno al pie de los sauces, de día son distintos, son centinelas del campo, serenos, atentos a todo, como si estuvieran en una meditación eterna.

Miguel fumaba su cigarro, el humo del tabaco subía y se confundía en el aire, los sauces recibían el humo entre sus ramas y fumaban también.

- Mano, ayer tuve una experiencia extrasensorial, salí de mi cuerpo y pude viajar, la cuarta dimensión es la cosa mas de a huevo que te podás imaginar-. Dijo.

Yo estaba un poco incrédulo, todavía no había conseguido nada en todas mis tentativas, tal vez me faltaba algo, tal vez la serenidad del caso, tal vez todavía no había vencido mi pereza, tal vez era un simple mortal como todos los demás sin mayores percepciones o tal vez mi amigo me estaba queriendo ver la cara de tonto.

- Pude ver a Marla, estuve en su casa, la vi durmiendo en su cama, fui hasta la cocina y abrí; pasé a través de la puerta del refrigerador, no tuve necesidad de abrirla, pude flotar y subir al techo de su casa, me detuve y miré a los sauces. No podía creerlo; me acerqué a ellos y pude ver sus elementales.

- ¿Cómo se ven los elementales de los sauces? - Pregunté algo inquieto.

- Son como unos señores de grandes barbas, su sangre verde se puede ver en el color de su aura, y sus grandes barbas caen igual que sus hojas lloronas.- Me contestó

- ¿Les hablaste?

- Si

- Mano, no me hagás cucharearte las respuestas, contá que te dijeron.

- No hablan, pero se comunican, te transmiten sus pensamientos, por supuesto que no te van a decir nada si no tenés un buen motivo para invocarlos. Me dijo, su voz seguía siendo monótona pero había cierta vibración en sus cuerdas vocales, como si quisiera contener una emoción.

- Seguro tenías un buen motivo

- Si.

- ¿Explicame lo de los elementales otra vez?

- Mirá pues, Los humanos tenemos un cuerpo físico y un espíritu, los animales también, las plantas también, la diferencia es que lo que para nosotros es el espíritu, para los animales y las plantas son los elementales, ellos también tienen su espíritu, los indígenas le llaman nahuales, viéndolo bien si hacés el juego de palabras nahual suena como a natal.

La tradición de los antepasados era que se hacía un círculo alrededor de la casa donde hubiera un recién nacido, se hacía en la noche, y a la mañana siguiente buscaban las huellas del primer animal que haya puesto sus pies dentro del círculo. Ese es el nahual. La otra tradición es sembrar el ombligo del recién nacido con una semilla de un árbol y ese árbol es el nahual del niño. El natal, el espíritu guardián o si querés ponerlo así, el ángel de la guarda.

Yo todavía no sabía si terminar de creerle o no, ¿había hecho todo lo que me había dicho o era otra de sus alucinaciones? Ya sé que el Miguel no era lo que se pudiera llamar el “típico vecino”, se vestía raro, siempre de negro, le gustaba la música rock aunque también de repente escuchaba la nueva trova, yo había aprendido sus gustos y aunque a veces chocábamos en algunos criterios, siempre terminábamos de cuates.

¿Y cómo era eso de que se comunicaban sin hablar? Bueno, eso se comprende, para algo existe la telepatía, la transmisión de ondas cerebrales o algo así, lo que más me intrigaba era que no hubo ninguna manera de sacarle de qué habían hablado, supongo que con su silencio me quería decir que tratara de averiguarlo por mi cuenta.

Ese día nos despedimos después de mucho pensar y poco hablar, había pasado algo extraño en el semblante del Miguel, estaba un poco más sereno que de costumbre, no habló tanto de sus problemas en su casa, una familia de clase media luchando por no caer a baja, todos trabajaban y eso realmente no era ningún problema, sin embargo las riñas eran algo constante y eran difíciles de soportar para él, viniendo de una familia desintegrada tuvo que soportar varios problemas desde su niñez, y eso ya lo estaba cansando.

Como todo típico adolescente de clase media a principios de los noventas se empezó a interesar por el rock pesado, iba a conciertos, conoció distintos tipos de gente y distintas ideologías que abrieron su mente y lo hicieron dudar de todos los valores que le habían inculcado, intuía que había algo más allá de todas las letanías del rezos y procesiones de Semana Santa de la rancia ciudad de Guatemala.

Sin embargo había algo en el incienso, en las letanías y en las viejas tradiciones que ejercía cierta atracción sobre su persona, si no hubiera seguido el camino que llevaba seguro se hubiera hecho sacerdote. Pero la vocación ya se trae y su vocación era otra.

Como dije, se interesó en la música, con muchos esfuerzos compró una guitarra y aprendió a tocarla de oído. No se podía decir que era un virtuoso, pero había que darle el crédito después de todo lo que había pasado por su vida, tenía un trabajo de noche en un banco de la ciudad y con eso sufragaba sus gastos, fue allí donde lo conocí.

En fin, esa noche estaba libre así que decidí probar nuestra teoría, por el mismo hecho de tener que acostumbrarme al cambio de horario se me hacía un poco difícil dormirme temprano, casi siempre me quedaba hasta la una o dos de la mañana viendo cualquier cosa en la televisión hasta que me daba sueño, pero esa noche decidí intentar nuevamente. Acostado en decúbito dorsal (de lado, del lado del corazón para ser mas específicos) esperé hasta encontrarme en ese estado entre lucidez y sueño llamado vigilia, entonces pronunciar las palabras adecuadas, es una letanía que hay que repetir muchas veces, un ensalmo que, dicho de la manera indicada podía ser muy poderoso, por algún presentimiento tenía la seguridad que esa noche sí funcionaría.

El truco estaba en no quedarse dormido, repites las palabras dichas como un mantram, un mantram es una palabra o una serie de palabras que repites muy despacio, hasta que sientes que estás a punto de dormirte, como en un trance psíquico, entonces, muy despacio, te levantas, muy muy despacio, con mucho cuidado para no despertarte completamente, con tus ojos cerrados y repitiendo el mantram, entonces, como una exhalación das un pequeño salto…

¡Y funcionó!, en ese momento ya no era necesario decir más, me encontraba flotando en una atmósfera etérea, mi primer impulso fue rotar lentamente hasta quedar de frente a mi cama y efectivamente, allí se encontraba mi cuerpo físico, me encontraba en los dominios oníricos, podía moverme a la velocidad del pensamiento.

Dicen que hay un hilo de plata que conecta tu alma a tu cuerpo, un hilo muy fino que hace que cuando duermes tu alma salga al exterior y pueda ir adonde desee, normalmente eso lo hacemos inconscientemente y lo llamamos sueños, ese hilo solamente lo puede cortar el ángel de la muerte, entonces nuestra alma queda libre de nuestro cuerpo. Lo que pocos saben es que podemos dominar nuestros sueños y convertirlos en lo que nosotros queramos. Pues bien, me acerqué lentamente a la puerta de mi cuarto y me moví hacia fuera, afortunadamente era una noche de luna y entraba suficiente claridad por las ventanas como para poder ver todo en la oscuridad, una noche mágica de noviembre, me moví hacia la sala, todo estaba en una calma absoluta, no había ningún ruido, solamente era mi espíritu y el universo, me acerqué a la puerta, la atravesé y pude ver la calle serena.

Fue entonces cuando me invadió el pánico.

No era que hubiera visto nada anormal, algún espíritu o algo así, fue simplemente miedo de perderme, ¿Qué pasaba si me perdía? ¿Si me iba a vagar sin límite, sin ninguna noción del tiempo y del espacio, simplemente porque en esta dimensión no existen tales conceptos? ¿Y si me perdía en la eternidad?, había cruzado la puerta, no solo de mi casa sino del universo como lo conocemos, ¿Y ahora que?

De un instante a otro, todo empezó a dar vueltas a mi alrededor, fue como una sacudida tremenda, no tenía poder sobre mi cuerpo (¿cuerpo o espíritu?), mi cabeza se sacudía violentamente y tenía la sensación que se inflaba y por un momento iba a explotar. Justamente cuando sentía que ya no podía soportarlo más, jadeante y sudoroso, desperté.





III

- ¿Jajajajaa Te ahuecaste?

- Si, mas o menos.

- ¡Jajajaja No puedo creer que te hayás ahuecado! – Miguel se reía aparatosamente y me miraba como con lástima, estábamos tomando un café y panes con frijoles en Las Cien Puertas, un café en la zona 1 de la ciudad de Guatemala, en el Portal del Comercio.

- Bueno, por lo menos logré salir

- Eso es cierto, ¡Ya hubiera querido verte la cara! ¡Jajajajaja!

- Tu madre

- Lo importante es que ya lograste algo maestro, yo anoche volví a salir.

- ¿Viste a tus nahuales?

- Si maestro, hay algo bueno en el futuro, puedo hablar con mis elementales, con mis nahuales, están ligados a mí, al nacer alguien enterró mi ombligo con un sauce, pudo haber sido la muchacha que trabajaba en mi casa, la indita sabía lo que hacía, me escogió un buen guardián.

- ¿Ahora si me vas a decir qué platicaron?


- No maestro, eso solo queda entre ellos y yo, solo te puedo decir que hay algo para mí en el futuro.

- ¿Te estás dejando la barba?

- Si, mis pelillos…

Ahora se veía más calmado, más en paz consigo mismo, ya estaba acostumbrado a no preguntarle cuando empezaba con sus respuestas evasivas, tenía que conformarme con saber que había algo para él en el futuro, y aunque no tuviera idea, tenía que hacer como si le entendiese.

Pero lo veía un poco más pálido, se estaba dejando crecer el pelo, con el paso de los días y las semanas empezaba a caerle a los hombros y a la cara en mechones, igual que su barba, la dejaba crecer sin ningún cuidado, que llenara su cara y que cayera sobre sus mejillas y cuello, su contextura delgada le hacía ver los ojos y pómulos más hundidos en su rostro.



Renunció al trabajo, según me dijo durante las pocas veces que hablábamos ya estaba aburrido también de tener que pasar de las seis de la tarde a las seis de la mañana digitando documentos para el banco, sentado enfrente de la computadora, tenía que hacerlo porque no había otra salida, tenía que hacerlo como medio de subsistencia, pero ya se hallaría, medio en broma me decía que por ser vegetariano no necesitaba de mucho para sobrevivir, pero en realidad y aunque casi ya no hablábamos del tema sabíamos que su futuro estaba por llegar.

Un día tocó la puerta de mi casa.

- Maestro, me vengo a despedir – Dijo.

- ¿Adónde vas?

- A enfrentar mi destino, estoy preparado, he hecho todo lo que tenía que hacer y estoy listo para ascender mi esfera superior.

No entendía muy bien de qué me estaba hablando pero presentía que no lo volvería a ver, no era necesario preguntárselo

Por un momento pensé que se iba a suicidar, después fui comprendiendo todo, al ver su semblante, el cabello le caía en mechones por su cabeza y hombros, su barba era rala y caía dispersa por sus mejillas, la paz de su mirada se veía a través de sus ojos, casi perdidos pero aun diáfanos y sinceros, irradiaba felicidad.

- Vos me has hecho huevos a todo lo que me ha pasado maestro, solo espero que podamos comunicarnos de vez en cuando, entonces ya no te vas a regresar tan rápido porque vas a tener un motivo para salir.

- Tus nahuales.

- ¡Si maestro!

- Te felicito

- Gracias

No se me ocurría que más decirle, es decir, hubiera querido preguntarle un montón de cosas, pero conociendo su habitual silencio creo que hasta ya sentía que me había dicho demasiado, tal vez no quería involucrarme mucho en algo que era solo suyo.

Esa noche hubo un poco más frío que de costumbre, la luna estaba en todo su esplendor e iluminaba el cielo igual que un año antes, el viento soplaba fuertemente y silbaba entre los árboles, los sauces silbaban en un tono grave, como cantando un solemne himno, como si hubieran aceptado a uno más entre sus miembros.


Es probable que nadie se haya dado cuenta pero a mí me parece que, al día siguiente, había un nuevo y majestuoso sauce llorón con sus ramas-brazos abiertos de par en par dominando el paisaje.

No esperen que les cuente los temas de nuestras conversaciones con los sauces, baste con decir que me siento mucho más pacífico y sereno que antes, he comprendido muchas cosas de la vida… y ya se empieza a notar un ligero crecimiento de mi cabello y barba.