miércoles, abril 26

DANIEL Y EL PECECITO

Daniel tenía un pececito. No era un pez dorado ni un guppy; no era tampoco de los peces moros de esos de ojos saltones que parece que de un momento a otro van a salir disparados. No era un siamés de pelea ni un ídolo moruno ni un pez ángel, no era un pez payaso ni un pez cebra. Daniel tenía un bagre.

Era un bagrecito. Una mañana pasó un señor vendiendo pescados de casa en casa. Llevaba una cubeta llena de bagres medianos, pupos, guapotes y mojarras frescas, recién pescadas.

La mamá de Daniel salió a ver los pescados, dejó la puerta abierta cuando salió a la acera y Daniel salió también a verlos. Le daba curiosidad ver los peces, algunos grandes algunos pequeños, de distintas formas y tamaños.

El vendedor levantó un pez de los más grandes que tenía para enseñárselo a la señora, debajo de éste pez había un pececito que brincaba y abría la boca tratando de respirar en el agua que ya casi no quedaba en la cubeta. Daniel vio el pececito.

- Mami mira, ese pescadito está vivo.
- Sí, allí anda brincando. – dijo la mamá de Daniel.
- Pobrecito, se va a morir. ¿Lo vas a dejar que se muera?
- No, el señor lo va a regresar al agua y va a vivir.
- Pero mira cómo abre la boca, se está ahogando.
- Mejor anda para adentro, después llego yo.
- Pero mami, el pescadito.

El vendedor que estaba escuchando la conversación y veía cómo Danielito señalaba al pececito y jalaba a su mamá del vestido al mismo tiempo se compadeció del niño y le dijo
- ¿Lo quieres cuidar? Te lo regalo

Danielito abrió desmesuradamente los ojos y la boca. ¿De veras?

Y el señor lo sacó de la cubeta y se lo entregó en sus manos, era resbaloso y por poco se le cae, lo metieron en una palangana y se lo llevaron para adentro.

Daniel a sus cinco años no sabía lo que era tener una mascota, pero se sentía identificado con el pececito sabiendo que lo había salvado de una muerte segura. Nunca había tenido ni un perro ni un gato, ni siquiera tenía una pecera, así que lo metieron en la pila.

Daniel estaba muy contento con su pececito, era algo que nunca había tenido. Estaba al cuidado de un ser vivo y podía ver cómo iba creciendo y haciéndose cada vez más grande. De vez en cuando desmenuzaba un trozo de tortilla y se lo tiraba para que comiera. El pez se acercaba entonces rápidamente a la superficie y de un brinco ¡Pluc! Se lo comía y volvía al fondo de la pila. Daniel jugaba con el agua y hacía olas con sus manos simulando una corriente. El pececito iba y venía subiendo y bajando en el agua de la pila, una pilona de dos lavaderos, del triple del tamaño de las que hay hoy en la capital.

La mamá de Daniel miraba complacida cómo su hijo jugaba en la orilla de la pila, observando ni muy de cerca ni muy lejos. Daniel no lo sabía pero era costumbre en el pueblo tener un pez nadando en las pilas para que se comiera las larvas de zancudos y otros insectos que pudieran caer al agua y contaminarla.

También Daniel se sentía muy feliz de tener algo suyo, propio, que no quería compartir con nadie. Su hermana mayor una vez tuvo una gallina, la gallina puso huevos y los dos hermanos y sus amiguitos miraban extasiados a la gallina echada empollando, esperando el momento en que los pollos nacieran. El milagro de la vida era algo increíble ante sus ojos y tenían asientos de primera fila para presenciarlo.

Un buen día llegaron de estudiar y encontraron media docena de pollitos pelones y arrugados acurrucados bajo la mamá gallina. No pudieron ver el momento preciso en que rompieran el cascarón pero allí estaban, la prueba palpable de la vida, tal como se la enseñaban en los cuadernos de colorear.

Desafortunadamente la hermana de Danielito no era tan cuidadosa con sus mascotas. A los dos días tomó al primer pollito entre sus manos y con un grito de ¡A volar pollito! Lo aventó al aire. El pobre pollo no tuvo tiempo ni de decir “pio” antes de caer y morir estrellado en el suelo.

Otro pollito corrió igual suerte. Después de los intentos frustrados de hacer volar a los pobres animalitos tomó otro y en un ataque de nervios lo aplastó entre sus manos. Los animales pequeños a veces provocan nervios y dan ganas de estrujarlos y apretarlos. Otros murieron pisoteados y así hasta que no quedó ni un pollito. Daniel había sido testigo horrorizado de estos actos de vandalismo infantil y se negó a participar en los juegos asesinos. Pero pronto todos se olvidaron de la gallina y los pollitos. Ahora tenían conejos.

Bueno, todos saben lo que pasa cuando juntan un conejo macho y una hembra. A las pocas semanas ya había una docena de conejitos corriendo de arriba para abajo en el gran patio de la casa antañona. Eran imposibles de alcanzar y no tenían plumas ni alas así que no podían mandarlos a volar. En vez de eso la hermanita de Daniel los mató a pedradas.

Aunque para ser justos no había sido ella la única culpable. Los gatos comen ratones, los ratones son roedores y los conejos también, así que no debía haber mucha diferencia entre un conejo pequeño y una rata. Varios conejitos encontraron su final entre las fauces de los gatos merodeadores de la noche.

Pero ahora todo era diferente, este pececito no volaba ni corría, no podía volar porque no tenía alas y no podía correr porque no tenía pies, estaba en el agua y era endemoniadamente escurridizo, por más intentos que hacía Daniel por atraparlo nunca lo lograba. A veces era frustrante la situación

Daniel se pasaba horas en la orilla de la pila tratando de alcanzar al pececito que se escapaba más rápido que el pensamiento. Probó con varias técnicas, primero con una mano; luego con ambas; tratando de alcanzarlo a tontas y a locas. Luego esperaba pacientemente a que saliera a la superficie para tratar de atraparlo de un manotazo pero tampoco. El pececito huía y se arrinconaba en una esquina de la pila y luego a la otra, pero la pila era honda y Danielito no llegaba tan lejos, se mojaba los brazos hasta los hombros tratando de alcanzarlo pero nada.

Una tarde especialmente calurosa estaba como siempre Daniel en la orilla de la pila tratando de alcanzar al pececito. Su mamá estaba en la sala sentada viendo la televisión tranquilamente y se había olvidado de Daniel. Para Daniel el pez se había vuelto su obsesión. Continuamente estaba pensando cómo podía ser tan rápido. En su mente no cabía la explicación, no era posible que un animalito tan pequeño pudiera escaparse tan rápido de entre sus manos. ¿Sería porque su piel era ligosa y resbalosa y por eso aunque ya lo hubiera atrapado se le escurría de entre los dedos? Bueno, pero esta vez sí lo atraparía.

El pececito estaba tranquilamente moviendo la cola en una de las esquinas de la pila, hasta el fondo. Daniel lo había visto y sigilosamente metió la mano en el agua y alargó el brazo. El pez no se movió. Daniel sabía que lo tenía cerca pero no lo suficiente, tenía que estirar más el brazo pero ya no daba más, se había empapado la manga de la camisa y se paró de puntillas para llegar más lejos. Ya casi, casi lo podía tocar y el pez tranquilamente nadaba y boqueaba indiferente a la mano que casi lo atrapa. Daniel estaba muy confiado y estiró el brazo solo un poco más. La pila estaba llena, tuvo que encaramarse a la orilla levantando los pies del suelo para llegar más lejos. Estaba a punto.

Pero en un exceso de confianza e impulso se empujó de más hacia adentro de la pila. La mano se sacudió hacia abajo con todo y cuerpo. Danielito había perdido el equilibrio y cayó a la pila que estaba llena de agua. De repente ni un ruido, ni un movimiento. Solo el silencio.

Daniel nunca había estado en un río ni en un lago, mucho menos en el mar. El agua lo rodeaba ahora por todos lados y no tenía ni siquiera el impulso de nadar, no podía respirar y empezó a sacudirse violentamente tratando de volverse hacia arriba. Había quedado boca abajo y la pila era grande y honda para un niño de su edad. Un impulso reflejo le impedía tratar de respirar pero de todas maneras sabía que no tenía aire y que tenía que llegar a la superficie. Para ese momento el pececito había desaparecido de su mente.

Mientras trataba inútilmente de volverse hacia arriba Daniel vio hacia la superficie y de repente todo le pareció tranquilo y pacífico. Poco a poco fue perdiendo el miedo y solamente veía la luz que se colaba por el agua en rayos transparentes. La superficie se movía en ondas que rompían cada vez que una burbuja asomaba a la superficie. Cada vez era mayor el silencio, cada vez mayor la paz, a cada momento se sentía menos tenso y hubo un momento en que los rayos de luz transparente le acariciaron las pupilas y le cerraron los párpados poco a poco.

Danielito ya estaba casi completamente inconsciente cuando su mamá sintió que la casa estaba demasiado silenciosa y un instinto materno la hizo reaccionar. Se levantó de un brinco y se asomó a la puerta trasera de la casa. Lo único que vio fue un zapatito asomando a la superficie.

Rápidamente corrió hacia la pila y lo sacó de un tirón. Daniel aspiró una gran bocanada de aire y empezó a llorar desaforadamente, como un recién nacido. Pero ya había pasado el susto. Desde entonces Daniel ya no quiso saber más del pececito.

Como sucede con muchos sucesos de la infancia, Daniel olvidó el incidente y creció como cualquier otro muchacho. Pero siempre que le ofrecían pescado para comer lo rechazaba sin saber porqué. Y cuando veía los pescados fritos se horrorizaba viéndoles los ojos blancos y pelados y la boca abierta como tratando de respirar.

viernes, abril 21

UN ACCIDENTE

Pablo estaba inclinado frente a la llanta del automóvil, pensando como hacer para enderezar la lámina; la lámina del faldón delantero izquierdo; la lámina.

Probablemente sería fácil hacerlo en un taller de enderezado y pintura, solo necesitaban martillar un poco desde adentro, con un martillo de bola, la lámina se podía lijar y echarle pintura en aerosol; para el caso la pintura era lo de menos, el carro era un pick up de los viejos y macizos, un caballo de batalla para transportar equipo, maquinaria y personal.

Con el equipo y la maquinaria no había problema, pero con el personal era un lío, cada vez que había que transportar a los peones desde la montaña donde estaban cortando madera hasta el aserradero se amontonaban y se subían, hacían relajo. Eran hombres rudos que no sabían de delicadezas, tiraban los guantes, los lentes, las motosierras donde se les ocurría; pensaban que si ellos tenían que soportar las pesadas jornadas y los golpes que les daba la vida y los árboles, las máquinas y todo lo demás podía soportar otro tanto o peor. La vez pasada el piloto había acelerado y uno de los peones no se había agarrado bien de la palangana del pickup (todos viajaban sentados en la orilla de la palangana). El pobre cayó de espaldas y por poco se quiebra la columna.

Pablo era el piloto en esa oportunidad.

Y ahora esto, en dos semanas de haber empezado a trabajar dos accidentes. Ahora no le cabía duda, lo iban a despedir o tendría que renunciar. Pero mientras en la desesperación de arreglar las cosas tenía que tratar al menos de no delatarse tan fácilmente, de no “echarse color” como dicen.

Pero no había tiempo de ir al taller, no podía echarle pintura en aerosol, tendría que trabajar en frío y contra el tiempo; la noche ya había caído hace rato y estaba solo en el estacionamiento de la empresa. Además tendría que lavar el piso por la mancha que había ido arrastrando. “La mancha” pensó, se agachó más y metió una mano por debajo del faldón y empezó a empujar hacia fuera, tratando de sacar el golpe, un golpe redondo.

Mientras se esforzaba y empujaba solo en la noche los mosquitos le picaban el cuello y las orejas, trataba de pensar una forma más efectiva para quitar la comba que había hecho en la lámina del auto, un palo, no, un palo se quiebra, mejor un tubo.

Buscó a su alrededor y vio un tubo de hierro, una especie de cañería. Pensó: “tal vez con esto pueda arreglarlo. Qué tonto soy, ¡Y ni siquiera llevo un mes aquí!”.

Pablo siguió pensando “Ojalá pudiera regresar al día que me contrataron como piloto y decir que no, que mejor me iba a la capital o a la costa a cortar caña, pero no, don cómodo tenía que aceptar el trabajo cómodo, sacar la licencia falsa, habiendo manejado solamente dos veces en mi vida y meterme a esto. ¡Y lo que me decían mis amigos! –Que no me preocupara- decían –que eso de la manejada era fácil, sólo apretás el acelerador y te fijás si vas por la calle o la avenida; si vas por la avenida llevás la vía, si vas por la calle frenás antes de cruzarte - ¡Ahora salieron todos corriendo los idiotas!”

Seguían los pensamientos: “Qué le voy a decir a don Tomás, el que me recomendó, que con su hijo Tonito crecimos casi juntos y éramos como hermanos, que me vio que no tenía oficio ni beneficio y me ofreció el trabajo donde trabajaba él y después él y su hijo y después los tres”.

“Y qué tenía que hacerle caso yo a Tonito, que saliéramos a festejar que ya tenía chance, que lo del pobre que se cayó del carro era un accidente, que eso a cualquiera le pasa y que con eso se me quitaba el miedo de hacer algo peor, ¿Y ahora?”

“Por andar chupando y los idiotas de borrachos, y yo con el carro de la empresa, que de la confianza que me dio don Tomás hasta me lo dio hasta para salir a parrandear y ahora esto, ¿Qué le voy a decir?”

Pablo hizo palanca con la llanta del carro hasta tocar con el tubo el centro del domo que se había hecho en la esquina del auto; después tenía que lavar. La noche se hacía cada vez más negra y la luz parecía a veces una ilusión, le parecía que aunque tuviese los ojos cerrados podía verlo todo, daba igual si fuera de día o de noche porque para él todo a su alrededor era negro, incluso al cerrar los ojos miraba; pero solo miraba el auto estrellado.

“Y el bruto de Tono que se me pone altanero también, que si no era por él yo no tenía trabajo, que si no fuera por él y su tata me andaría muriendo de hambre o rascándome la panza en la banqueta sin nada que hacer, que le debía mucho”.

“Y así le pago”.

“¿Pero porqué me tuvo que enojar? ¿Porqué tuvimos que pelearnos? Hasta nos separaron y nos dijeron que qué vergüenza, que en vez de tratarnos como amigos y casi hermanos que éramos, que desde chiquitos éramos amigos. Pero él se quiso ir solo y yo no quise acompañarlo.”

El golpe poco a poco iba cediendo y el metal iba volviendo a la normalidad, si tan sólo tuviera tiempo para ir al taller, si tuviera un reloj mágico para regresar el tiempo, o mejor aún, un calendario mágico para regresar muchos días antes y que nada de esto hubiera pasado. La comba del metal se enderezaba poco a poco aunque por la forma del tubo quedaban pequeños piquitos en el metal. Pero de algo a nada esto era mejor.

Al fin con las manos sucias de polvo y grasa, ampolladas por la fuerza para hacer que todo volviera a la normalidad, se fue a lavar las manos y se dispuso a lavar el piso de cemento desde la entrada de la empresa. El resto de camino era de tierra y no se notaría al amanecer. Pero sabía que todo el pueblo lo estaría buscando. ¿Qué hacer? ¿Correr? ¿Fugarse? ¿Adónde?

Pablo solo pensaba “Bueno, esto es lo último, vaya que después que salir de la cantina nadie me vio y el camino estaba oscuro, también porque el camino estaba oscuro no logré ver a Tono que de tan borracho que iba se había quedado sentado a media calle. ¡Y cómo me costó sacarle al carro el golpe que se dio con la cabeza! El pobre quedó embarrado en el camino, y ahora a limpiar la sangre”.

viernes, abril 7

Estoy acostado hace rato ya, estoy dormido hace rato ya, cierro los velos colgantes y veo hacia el interior, soy transparente y puedo ver a través de mí, la cama se mueve y tiembla, ajena a mis deseos de no moverse pero no me hace caso, tiene voluntad propia; últimamente todo tiene voluntad propia a mi alrededor y las cosas hacen lo que se les da la gana. La física se volvió loca y las cosas flotan y caen, vibran y se estiran frenéticamente, al tiempo que la lámpara se estrella en la pared y el cordón se sacude en eterna caída libre hacia el horizonte, la sábana empieza a oscilar en un ciclo invariable: hertz, kilohertz, megagertz, gigahertz, y todo se vuelve una longitud de onda variable y de frecuencia modulada, los ciclos se siguen informes y alucinantes; hertz, kilohertz, el caos, un eterno 3.1415926536… el número pi eterno se extiende y llena la habitación, me encuentro nadando en números furiosos que me atacan. Yo mismo no soy más que un cuerpo vuelto longitud de onda, una transmisión que se perderá en las profundidades. de las profundidades numéricas sale una gigante jeringa que me inyecta el ojo y me sale por la nariz, el contenido se vacía en la nariz y ahora tengo la nariz tapada; la nariz arde y pica y el ojo abierto ante el inclemente fierro que lo atraviesa, ahora estoy nadando entre números, preso de la oscilación de frecuencia modulada, con una aguja atravesada entre ojo y nariz, se que no puedo tocar la aguja pues haré mayor el daño. La pastilla de felicidad que tomé hace poco no me hizo feliz y ahora no puedo dormir y no puedo despertar. Mis uñas se han vuelto garras que me rascan los pies en una manía incomprensible. Al fin logro levantar los velos y todo cae a la normalidad violentamente, solo puedo apretar la mandíbula y gritar ¡MALDITO DOLOR DE MUELA!

AUSENCIA

Hola, ¿me extrañaste? Por favor dime que me has extrañado, que te he hecho falta, que los días han sido eternos sin mi presencia, igual que lo han sido para mí sin ti, dime que me quieres, que me amas, que me necesitas, y si no lo dices y mucho menos lo sientes solo déjame estar cerca de ti, estar a tu lado, porque para mí sí ha sido todo eterno e interminable, un círculo que no tiene fin.

Dime que quieres regresar, dime que no te importa que antes te lastimé y te hice daño, que te humillé frente a mis amigos y te ignoraba frente a ellos solo para demostrar mi superioridad, por favor regresa, necesito afirmar mi inseguridad en la tuya, porque tú también eres insegura, porque tú también me has humillado y maltratado, porque las peleas eran un gran porcentaje de nuestro tiempo y el poco tiempo que estábamos de acuerdo era en cosas triviales y sin importancia, una base de arena movediza para el castillo de arena que queríamos construir.

Acéptame como soy, yo no te acepto como eres pero al menos puedo fingir, fingir que acepto tus manías y tus tonterías, yo sé que al final voy a reventar como siempre y te voy a golpear hasta dejarte idiota llorando con la cara reventada en una esquina de la habitación, pero en el fondo sé que te gusta, porque te dejas, porque de no ser así no habrías aceptado hablar conmigo en primer lugar, tengo que alimentarme de tu falsa seguridad para afianzar mi propia inseguridad, porque ninguno de los dos conoce otra forma de comunicación que el odio, porque ninguno de los dos ha conocido el amor como debe ser, porque buscamos sacar de otros la fuerza que nosotros no tenemos, porque TU eres igual que YO, y si nos vamos a destruir nos destruiremos juntos, porque al estar contigo me siento más persona cuando te hago sentir a ti menos persona, porque se que me voy a aburrir de ti, de tu mirada, de tu cara, de tu sexo, y te podré ser infiel y me vas a perdonar, y te puedo lastimar y volverás, e incluso cuando no me perdones iré a buscarte y pondré cara de inocente y te voy a rogar y verás lágrimas rodar de mi rostro y entonces no te quedará más que aceptarme y consolarme en tono maternal, y al día siguiente seguiremos el círculo vicioso, la espiral descendente. ¿Qué dices? ¿Si? ¿Me aceptas?

¡Qué bonita es la reconciliación!

miércoles, abril 5

VERSION LIBRE DE LA FABULA DE LOS CANGREJOS

Había una vez una olla llena de cangrejos que iban a ser cocidos para hacer caldo.

Mientras esperaban en la oscuridad, los cangrejos pensaban cómo escapar de su culinario destino. Uno de ellos, con mucho esfuerzo, logró asirse con una de sus tenazas a la orilla de la olla y empezó a impulsarse hacia arriba.

Otros cangrejos que estaban a su alrededor vieron el arranque de energía de su compañero y pensaron “él va a ayudarnos a salir, tenemos que asirnos de él tan fuerte como podamos para que nos saque de aquí”.

Los cangrejos entonces, se asieron con sus tenazas lo más fuerte que pudieron al cangrejo que hacía esfuerzos increíbles por abrirse camino hacia la libertad, pero fueron tantos los cangrejos que lo atenazaron, que su peso empezó a jalarlo hacia abajo, hasta que por fin no pudo más, sus tenazas se quebraron y cayó hasta el fondo. Muerto por las punzadas de sus compañeros y por su propio esfuerzo. Todos los cangrejos entonces se quedaron pensando quién sería el próximo valiente que los guiara hacia la libertad.

Unas horas después todos los cangrejos estaban cocinados y listos para comer.

martes, abril 4

EL PURO

- ¡Apurate pues, vamos! La voz de Sara era chillona, estridente, desesperante. “Se está haciendo tarde y quiero llegar a tiempo, ¿Vamos sí? No voy a tardar mucho, solo entramos y salimos, ¡Ala decí que si, porfaaa!”

Julio no estaba muy convencido, había acompañado a Sara a hacer muchas locuras, sabía que cada vez que andaba con esas insistencias era porque se traía algo entre manos y en el fondo le daba miedo, quería tener a alguien cerca que la empujara, que le diera valor, que le dijese lo que ella quisiera escuchar, y tarde o temprano ella terminaba por convencerlo, siempre, con la vocecita chillona y estridente. De hecho muchas veces pensaba que la única razón por la que le hacía caso y accedía era para dejar de escuchar esa voz, esa voz.

- Vamos pueeee, y te quiero mucho ¿Si? Mañana te invito a comer algo, vos sos el único que me puede acompañar ahorita y no quiero ir sola, ¡Pero tengo que iiiiiir!

Julio ya se estaba desesperando, ni siquiera sabía porqué le tenía tanta paciencia. Sí, eran amigos desde niños y ella le ayudaba cuando él necesitaba algún préstamo o que lo recomendara para algún trabajo, pero esto era ir muy lejos, él también tenía miedo.

- ¿Vos y si pasa algo malo? Yo no quiero salarme la existencia, esas cosas se le regresan a uno, todo el bien o mal que hagas se regresa multiplicado, no hay que tentar al diablo, y a Dios no hay que tocarlo con las manos sucias-. Dijo Julio

- Mirá mijito, Dios sabe que yo a él lo quiero, que es mi hombre, el hombre de mi vida, y allí anda con esa mujer que de plano ni lo quiere-. Respondió Sara

- ¡Esa mujer es su esposa!

- ¡No me importa! ¡Ella no es para él! ¡Maldita desgraciada que de plano lo tiene amarrado y enfrascado! ¡Es mío! Y por eso tengo que ir donde doña Chona, tengo que llamarlo, tengo que jalarlo.

- Vos te estás loqueando, tranquila, esperate a mañana que lo mirás y le alegás y le reclamás todo lo que se te de la gana, pero estate tranquila, ¿Cuál es la gana de ir donde la bruja?

- Porque es buena, vieras, cuando le digo que me haga un trabajo hace lo que le pido y es efectiva la doña. ¡Pero apurate porque se está haciendo tardeeeeee!

- ¡Qué jodés! Va, esperame, me voy a poner zapatos.

Hacía poco del anochecer y los adoquines todavía estaban calientes. En el pueblo el calor es seco, se pega al suelo y por la noche el vaho caliente se eleva y sigue calentando la noche. Ellos iban caminando bajo los adoquines vaporosos, el vapor les acolchonaba las plantas de los pies, las suelas de los zapatos, y más bien sentían que flotaban en la noche en puntas de pie, sus pies flotaban sobre el vapor de la noche y así llegaron donde la bruja.

Era una casa de las viejas, grande, de adobe, el techo era alto y los balcones amplios para disipar el calor típico de la región. Los balcones salían unos treinta centímetros de la pared, los barrotes de hierro forjado amenazaban con darle a quien pasara muy pegado y muy distraído un muy doloroso despertar.

En la entrada un farolito de luz blanca alumbra la banqueta; debajo un arco de piedra y una puerta de doble hoja de madera maciza. Sara tomó el aldabón y golpeó la puerta dos veces.

¡POM! ¡POM!

Esperaron un rato, había que pensar en la sucesión de hechos para poder atender la puerta: sonido sale de la puerta rebotando por todos lados, sonido llegando al oído de la persona (¿Qué está haciendo la persona, está cerca, lejos?), en el peor de los casos podía estar dormida, lo que suponía pensar que sería un suceso dichoso el que escuchara los trancazos (eso explica también el tamaño del bloque de hierro y el aro que lo golpea en la puerta, la madera maciza y la fuerza de los golpes), maldecir al que llama a la puerta a deshoras, desperezarse, estirar las piernas y salir a paso despreocupado a recibir al visitante.

Salió una señora como de unos cuarenta años.

- ¿Sí?
- Buenas Chelita, ¿Está doña Chonita?

Graciela y Concepción, comprimidos en una Chela y una Chona, y a su vez vueltos a procesar para Chelita y Chonita. Nada raro deformar los hombres en esos lugares.

- Hola mijita, tenía rato de no verte, solo déjeme ver si está disponible, mientras pasen adelante, pónganse cómodos. ¿Julito cómo estás, que tal la familia?
- Eh bien, buenas, están bien gracias.

Julio hubiese querido que se lo tragara la tierra; en el pueblo todos se conocen. ¿Y si después doña Chela se va a chismosear que llegó a la “consulta” con todo el pueblo?

- Va, siéntense, ahorita la llamo.

Entraron a la amplia sala, las paredes repelladas con cal, el piso de granito bien pulido, los muebles escasos y viejos, pero bien conservados, contrastaban con el equipo de sonido de última generación y la televisión de pantalla plana en una esquina que mandó el hijo de Chelita que se fue a los Estados hace algunos años. En general la casa, aunque antigua, estaba impecablemente limpia y ordenada.

Colgando de las paredes había retratos antiguos, recuerdos de padres, abuelos, bisabuelos, y últimamente de hijos y nietos.

Entonces salió doña Chonita, una viejita de unos setenta y cinco años, chupada, arrugada, caminaba despacio porque hace algunos años se cayó y se quebró la pierna que desde entonces le quedó algo chueca. Usaba un bastón para apoyarse mejor.

- Hola mamá Chonita, ¿Cómo estás, todo bien?
- Bien bien mijita-. La voz de doña Chonita estaba gastada y algo débil. Le alargó el brazo para tomarla del hombro y darle unas palmaditas. ¿Cómo estás vos?
- Aquí mire, quería ver si me ayudaba porque este mi amorcito se me está escapando, ahorita mismo está donde la mujer y me dijo que me venía a ver hoy-. Volvió a ver a Julio. ¿Se acuerda de Julito? Aquí la viene a visitar también, me viene acompañando.
- Sí me acuerdo pues. Yo lo vi recién nacido porque me le habían hecho ojo y estaba espantado, no quería comer, pero ahora se le ve que sí se alimenta. ¿verdad Julito?
- Hola doña Chonita, buenas noches-. Dijo Julio en un suspiro y más pálido que una hoja de papel de cebolla.
- Bueno, ya que vienen los dos entren, mientras más gente más fuerza, podemos jalarlo, ya vas a ver que se va a ir de donde esté y te va a ir a ver a tu casa mansito mansito.
- ¡Ay sí doña Chonita! usted cóbreme, yo le pago pero hágame la volada, mire que yo le tengo fe

La voz de Sara empezaba a escucharse chillona de nuevo, reía; apretaba los puños y luego sacudía las manos viendo a Julio. Y Julio no sabía lo que venía a continuación. Trató de tranquilizarse un poco; la viejita empezó a caminar a paso lento y Sara empezó a seguirla. Se reía nerviosamente como si estuviese a punto de hacer una travesura de la cual sabía que saldría impune. Caminaron por un corredor.

Mientras Julio caminaba por el corredor recordaba lo que le habían enseñado hacía muchos años: En el cielo hubo guerra; el diablo ya era el diablo e incluso después de haber engañado a Eva a comer el fruto prohibido siguió viviendo en el cielo, pero se rebelaba contra Dios diciendo “El hombre es débil, es carne, fue hecho después que nosotros los ángeles. Nosotros los ángeles fuimos creados antes que el hombre y por lo tanto no tenemos porqué estar al servicio del hombre. El libre albedrío será su perdición porque todos van a escoger ser libres y buscar su propio camino antes que estar sujetos a ti por voluntad propia.”

Hubo guerra en el cielo, y Satanás cayó con sus seguidores. Claro, él era uno de los ángeles mayores y tenía regimientos completos a su mando. Los que le siguieron se rebelaron también y cayeron con su jefe. Ahora bien, el punto es que todos son ángeles, y como tales tienen poderes, acceso a la naturaleza y su manipulación, pueden crear tormentas, pueden inventar enfermedades, pueden hacer terremotos. Pueden cambiar de forma.

También pueden adivinar la suerte, predecir el futuro y sugestionar mentes débiles.

Julio solamente pensaba “me voy a ir al infierno”.

Sara no se sentía tan preocupada, hacía rato que su mente se había liberado de las aprensiones de la conciencia, su mente actuaba por instinto y se revolcaba en la autoindulgencia. Seguía los deseos de su corazón y su corazón se moría por él, por el hombre que conquistó con sus ojos avispados y zarcos, el hombre que tenía mucho dinero y le había prometido casa, comida y el mantenimiento de sus dos hijos; ambos de diferente padre. Pero tenía el obstáculo, la esposa, la mujer de la que ese hombre juraba que se divorciaría esta semana, este mes, este año. Y luego salía con el pretexto que los hijos, que las propiedades, que lo podía dejar en la calle, que si lo demanda, que si la pensión.

Pero ahora lo tenía amarrado.

Caminaron por el estrecho corredor hasta que llegaron a un cuartito, apenas cabían los tres sentados entre todas las imágenes de vírgenes y santos, polvos de nomeolvides, lociones de sietemachos, ramos de diferentes montes colgaban de las estanterías. Ni Julio ni Sara tenían idea de qué eran o para qué serían útiles, solo la viejita con su conocimiento pasado de generación en generación por muchos años. Solo reconocían los huevos y la ruda para hacer limpias.

Julio no recordaba que de niño le habían pasado un huevo porque lo habían espantado; no dejaba de llorar y no quería comer. Hasta que lo llevaron con la señora que ya entonces estaba arrugada, le pasó un huevo por todo el cuerpo rezando una oración y cuando lo quebró para vaciar su contenido en un vaso con agua lo que cayó fue un gran coágulo de sangre formando una grotesca figura.

Doña Chonita se sentó en su mesa, Julio y Sara hicieron lo mismo frente a ella. En el mantel extendido en la mesa doña Chonita hizo un círculo con sal, sacó un habano grande, lo encendió y le dio unas chupadas.

- Ahora silencio, ustedes déjenme hacer.

La viejita cerró los ojos y le pegó un jalón al puro, un jalón largo; el puro encendió su brasa como si cobrara vida, respondiendo al llamado de quien lo invoca. Los cachetes se arrugaban y luego se inflaban como fuelles, lo hacía con los ojos cerrados, moviendo la cabeza de un lado a otro, como disfrutando la fumada. Pero ella estaba sumamente concentrada.

La habitación se llenó de humo

Luego de un rato de estar haciendo humo y chupar y soplar el puro la vieja se lo sacó de la boca y lo tomó en sus manos, frotándolo entre sus palmas, haciéndolo rodar entre ellas, haciendo una oración en silencio.

Casi no se le oía, era una letanía, un susurro, su garganta pronunciaba alguno que otro sonido y sus labios secos y marchitos se movían pero sin dar a entender lo que decía. Solo ella tenía el conocimiento, no era necesario que se escuchara, hablaba más por mecánica que otra cosa. El poder de la mente es más fuerte.

"Yo te conjuro, Puro, en nombre de Satanás, Lucifer y Luzbel. Alfiler, Alfiler, Alfiler, por la virtud que tú tienes, hacé que este hombre sienta amor y desesperación por Sara; que no tenga sosiego ni paseando, ni comiendo, ni con amigos, ni con mujeres. Santa María Furiosa, Reina de las Maravillas, cuya voluntad no hay hombre ni mujer que quebrante: perros ladren, gatos maúllen, niños lloren; y así como vencistes el corazón de tu padre y de tu madre, así haz de vencer el de este hombre para mí, y yo iré pregonando tus favores hasta la séptima región. Esta oración va recomendada al Diablo, Satanás, Lucifer y Luzbel; y aunque le pongan agua al Diablo, este hombre debe desesperar por Sara."

Y seguía la letanía…

La bruja tiró el puro a la mesa y este cayó rodando. Inmediatamente ella lo tomó y lo siguió fumando, haciendo mucho humo. Sara y Julio solo miraban, ya los ojos empezaban a picarles por el humo del tabaco, espeso y picante.

La misma operación, fumar, luego frotar y rezar, aventar el puro y verlo caer, recogerlo, fumar, frotar, rezar, aventar el puro…

De repente pasó algo que le erizó los pelos a Julio y a Sara, e hizo a la vieja sonreír ligeramente, una pequeña sonrisa de triunfo.

El puro cayó, pero no rodó; estaba erecto, a media mesa, en medio del círculo de sal, la brasa hacia arriba ardiendo, echando humo como si tuviese vida propia.

En una de las casas del pueblo un hombre sintió un deseo indescriptible de estar con otra mujer, un deseo que lo obligaría a levantarse del lecho que compartía con su esposa y salir sin dar ninguna explicación.

La viejita le dijo a sara:

- Andate a tu casa y arreglate, que ya va a llegar.

Sara le pagó agradecida a la vieja y los dos se fueron, cada quien a su respectiva casa. Esa noche Sara durmió con su hombre y Julio durmió soñando horribles pesadillas.