sábado, mayo 5

Tarde

Muchas gracias por la papelería. ¿Gusta que firmemos de una vez la contratación o prefiere venir el lunes? El lunes mejor respondo, verá usted, son las doce y tengo que ir a traer a mi hijo al colegio. La señorita del departamento de recursos humanos me vio y sonrió comprensivamente. No hay problema, hasta el lunes entonces. Satisfecho por haber cumplido con el trámite salí brincando de dos en dos las gradas para salir más rápido. Atravesé el corredor del centro comercial para luego bajar por la rampa que da al estacionamiento. Dos señoras aún de buen ver se estaban peleando con una carreta que no se dejaba dar vuelta. Pase señor, no vaya a ser que se nos lastime me dijeron haciendo el armatoste a un lado. Agradecí la cortesía y seguí la carrera. Atrás del estacionamiento está la salida. Logré ver la camioneta de la ruta 101 estacionada y me subí justo en el momento en que arrancó. ¡Qué suerte! Me dije, aunque llegue un poco tarde no será tanto como pensaba.

Para variar el sonido del reguetón a todo volumen. Ahora les ha dado a algunos choferes por poner equipos de sonido de casa en el bus y meter las bocinas bajo los asientos. Busqué el asiento más alejado de las bocinas que encontré y me puse los audífonos. Nada como poner la música que te gusta para llenarte los oídos y el cerebro. Por un momento recordé la regla 60/60: no más de sesenta minutos con el volumen al sesenta por ciento para evitar daños al tímpano. En fin, concentrate. ¿Qué hora es? Las doce y diez, ¿y qué pasa? Lo que empezó como un viaje sin mucho tránsito se ha detenido. No veo mayor congestionamiento. Como dicen los de los noticieros “La arteria presenta una afluencia considerable pero fluida” ¿Y entonces? Luego comprendí que el piloto estaba esperando que se llenara el bus. Aún había espacios vacíos y estaba esperando en los semáforos hasta que se subieran una o dos personas más para luego acelerar otra cuadra a otro semáforo. Esto no está bien. ¡No es hora pico y está tratando de llenar el bus! Bueno paciencia, deja que los sonidos del new age te tranquilicen… no puedo. Estamos en otro semáforo. La luz cambia a verde y no se mueve. ¿Pero qué le pasa? Bueno tranquilo, tal vez sea sólo en estas cuadras. Luego ya tomará otra vez su velocidad de crucero y llegaremos bien. Semáforo en rojo. Se acerca a mis oídos un sonido bastante característico. Un patata-patata-patata-patata y vuelvo la cabeza para confirmar mis sospechas: Una Harley Davidson de modelo reciente, motor V-twin de por lo menos setecientos cincuenta centímetros cúbicos, accesorios cromados, maletas a los lados de las llantas traseras, color azul. Al tipo apenas le cabe la moto entre las piernas. Me encantaría andar en una máquina así y volar por el tráfico. Hacer todos mis mandados en un dos por tres y que la gente conocedora vuelva a ver con envidia. Pero el semáforo da verde y seguimos parados. El patata-patata del motor se vuelve un estruendo y el tipo se aleja luciendo su rebeldía sin causa. Los autos pasan y la gente se empieza a desesperar. Ya es costumbre que golpeen las paredes o el piso cuando ha tardado mucho pero justo cuando empiezo a golpear la pared del bus como tocando la puerta el semáforo se pone en rojo. ¡No puede ser! Tranquilo, relajate, ya va a ponerse en verde y vamos a avanzar. Creo que puedo ver al piloto poner primera, sí, acelera un poco justo antes de cambiar a verde y avanzamos.

Por dos cuadras.

Las doce y veinte y no hemos llegado muy lejos. Ahora ni siquiera estamos en un semáforo sino frente a un centro comercial. Una parada de bus espaciosa. Los trovadores me dicen que tengo que ser pacífico pero dentro de mí algo empieza a hervir. Imaginaba tener un cuchillo y romper la cuerina que forra el asiento de enfrente. Dejarla hecha tiras, chirajos como dice mi abuela. O arrancarla toda y sacarle el relleno de algodón. Hacer algo con la violencia que me inunda y me hará llegar tarde adonde tengo que llegar con más urgencia sin haber necesidad. Al fin avanza el tipo, parece que ahora van mejor las cosas. Vamos avanzando por Los Próceres. Doblamos la esquina y… nos quedamos otra vez en la Reforma.

Buenos días señores, disculpen la bulla y la interrupción que les vengo a ocasionar. Se sube la señora con el niño a la espalda. No la voy a juzgar, no sé cuáles son sus circunstancias ni qué la motivó a subirse a vender dulcitos. El niño de unos dos años asoma la cabecita sobre el envoltorio en la espalda de la vendedora como un cangurito moreno, mal nutrido, de pelo ralo. Seguramente el cuadro conmueve a varias personas que le compran los dulces o simplemente le dan dinero sin aceptar nada. Saco un par de monedas y se los doy. La señora se baja y el bus se ha movido una cuadra.

Buenos días señores, disculpen la bulla la interrupción que les venimos a ocasionar. Esta vez son dos adultos. Cada uno con una bolsa de dulces. A éstos no les pongo mucha atención y veo la hora, doce y media, ya debería estar en el colegio. Mi hijo tendrá que esperar un poco, es muy inteligente, pero no le quiero quedar mal nuevamente.

Otra cuadra, otro semáforo. Mi escena imaginaria del asiento de enfrente totalmente desmantelado por mi cuchillo. Busco algo más que hacer y no lo encuentro, empiezo a arrancarme los pelos uno por uno. Son muchos, no, mejor saco una rasuradora de la nada y me empiezo a afeitar la cabeza completamente. Para cuando llegue a donde tengo que llegar voy a estar completamente pelón. Todo por este desgraciado infeliz que no tiene idea de qué significa ser un piloto de bus. ¿Qué tan difícil puede ser? Lo único que hay que hacer es manejar de punto A a punto B y que la gente suba y baje en las paradas. Pero no, a pura ley tienen que atascarlo de gente como si fuéramos vacas. Si fueran las siete de la mañana o las cuatro de la tarde es automático. Solo tienen que ponerse allí y listo, se llenan solitos. Pero a esta precisa hora se toman su tiempo. ¿Qué jodidos les pasa?

Damas y caballeros tengan ustedes lo que es una bonita y bendecida tarde, ya va a decir usted otro vendedor que se sube ¿Verdad? Por favor no me mire feo, no me voltee la mirada, le vengo a ofrecer lo que es este bonito y útil llaverito con cadena que le va a venir a ser útil en lo que es conservar sus llaves lo cual le va a ser muy útil para no perderlas. Lo único que tiene que hacer es poner sus llaves en lo que es este ganchito y el extremo de la cadenita en lo que es su pantalón y entonces no se le van a perder.

Creo que todos nos sabemos de memoria el discurso de los vendedores.

Mientras tanto Sabina me dice que el caballo de Atila no sabe trotar.

No quiero quedarle mal nuevamente, sólo tengo los viernes para ir por él al colegio y espera éste día toda la semana. Me pregunta ¿Papi, me vas a traer hoy? Y le dijo no hijo, el viernes te voy a traer y él siii y aplaude feliz porque el viernes voy por él. El anterior no pude y se puso muy triste. Hoy no puedo quedarle mal.

El Liceo Guatemala, probablemente llevo un treinta por ciento de camino recorrido. De aquí la cosa parece ponerse mejor. Ya avanzamos sin problemas. Es la una menos cuarto. Como por arte de magia el tipo acelera y hace lo que tiene que hacer. Atravesamos toda la zona cuatro sin problemas y en cinco minutos llegamos a la zona uno. Sorprendentemente ahora los semáforos nos hacen el favor de ponerse en verde y el área donde se supone que sería más complicado el asunto parece resolverse por sí mismo. Por lo menos ya estamos recuperando tiempo. Las cuadras se van rápidamente en cuenta regresiva. Diecisiete, dieciséis, quince, quince A, catorce, trece, trece A. en la octava calle me bajo. Aquí es lo más cerca que me puede llegar. Bajo del bus y empiezo a correr al ritmo de Bunbury.

Sólo tengo que correr catorce cuadras. Pero ya es lo de menos. ¿Cómo estará mi hijo? ¿Estará desesperado, con hambre, preguntando por mí? Atravieso las calles del centro histórico con cierto recelo. Ver a alguien correr por aquí significa que le acaba de robar a alguien. A ver a qué hora me dicen ladrón y me linchan, pero no me importa, en los audífonos me cantan que no me fíe de la medicina occidental. Me canso. Llego al parque central. Camino un poco y luego empiezo la carrera otra vez. A las palomas se les ocurre la feliz idea de estar replegadas en todo mi camino y literalmente armo un gran revuelo a mi paso. Cuando me vuelvo a detener chorros de sudor recorren mi frente y mi espalda. Vibra el teléfono. Es mi suegra, ¿Será que va a poder ir por el niño? Sí ya estoy en la zona uno. Ya estoy cerca. Cuelgo y hago otra carrera corta de una cuadra. Vuelve a vibrar el teléfono No vaya a entrar por la avenida porque está cerrada, mejor entre por la calle. En mi confusión pienso que la policía cerró la avenida por alguna razón y le digo pero yo voy a pie. No hombre, la puerta del colegio de la avenida ya está cerrada, entonces entiendo, tengo que ir a la puerta, es que si no me especifican. Pero ya estoy cerca, voy cuarenta minutos tarde. Un BMW Z3 roadster pasa con sus trescientos treinta caballos de fuerza galopando frente a mí. Una rara visión por estos rumbos. Pienso por un momento qué sería mejor, un Z3 o un M3, seguramente el Z es más liviano. Ya deja de pensar bobadas, a seguir corriendo.

Entro al colegio bañado en sudor. Paso por un pequeño pero caudaloso río de cabezas de niños y adolescentes en el corredor. Mi hijo está en párvulos, la clase de los más pequeños y para que no se pierdan no salen de su aula hasta que los padres o encargados llegan por ellos. Con el corazón que casi se me sale del pecho me acerco a la maestra y la saludo.

Mi hijo está jugando con un carrito de juguete. Me mira y se ilumina su carita, con una sonrisa de oreja a oreja se acerca y me saluda con un abrazo ¡Papi, ya viniste! Estás sudando.

Ya todo está bien. Me tranquilizo, ya vine hijo, vamos a casa.

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