domingo, marzo 18

Las Luces

Cerró de un portazo violento del que luego se arrepintió – no le gustaba dañar su precioso auto. – Puso las manos sobre el volante sin saber exactamente qué hacer. Tantas emociones agolpadas en su cerebro y en sus entrañas se atascaban como cuello de botella en su garganta. Sólo atinó a lanzar un grito con furia y frustración hacia el forro del volante que soportó indiferente tal muestra de enojo y rocío de babas. Nuevamente se arrepintió. Limpió el fluido corporal y encendió el carro. Arrancó arrancando piedras, monte y maldiciones por las llantas.

A media noche no hay muchos lugares abiertos, pero igual pensó tomar la primera autopista que encontrara y llegar hasta donde el tanque de gasolina se lo permitiera. Manejar de noche siempre fue algo relajante para él, y aunque estaba cansado y molesto seguramente podría enfriar su cabeza mientras los kilómetros y el tiempo pasaran volando.

Recordó haber leído en algún lugar un artículo acerca del control de emociones. Algo así como que las personas con buen control de emociones logran mantener su ritmo cardíaco estable, aún ante situaciones estresantes. Para eso se necesita, claro está, preparación mental y física para afrontar tales situaciones.

No estoy bien ni mental ni físicamente. Pensó Gustavo.

Necesitaba despejarse, y qué mejor manera de hacerlo que sintiéndose dueño de la autopista, dejar que las penas quedaran atrás igual que el paisaje. Ni siquiera pensó en poner la radio. Deseaba estar solo con sus pensamientos.

Primero la presión en el trabajo; los proveedores, las cuentas por pagar, deudas, vender, poner cara feliz y decir que lo que vendés es lo mejor del universo, que le va a facilitar la vida a todo el mundo,  lástima que no toda la gente puede comprarlo, es caro pero vale la pena, tiene garantía, es para toda la familia, nunca sabe cuándo va a necesitar uno, es lo más novedoso, otros tienen imitaciones pero éste es el original y funciona mejor que todos.

Puras mentiras. Pensó nuevamente.

Igual si no me hubiera metido a tanto gasto no estaría en problemas ahora. La casa, el carro, el mantenimiento, todo para dar una falsa impresión que soy exitoso y que me va bien aunque mi vida sea un infierno.

Cómo quisiera volver a ser niño.

Rápidamente se había alejado de casa y ahora el camino se hizo un poco más estrecho. La autopista de cuatro carriles se convirtió en una de doble vía con la línea divisoria en medio.

Casi sin darse cuenta una densa neblina empezó a rodearlo. Por un momento pensó en bajar la velocidad tal vez un poco. Pero las luces le indicaban las líneas del camino y con eso era suficiente.

A lo lejos logró divisar las luces traseras de otro vehículo. Pensó en acercarse al mismo para tener una mejor guía y saber que iba en el carril correcto. Además, el hecho de no sentirse solo en la carretera le quitó un poco la pena de manejar en total oscuridad.

Luego los problemas en la casa, la esposa que antes fuese comprensiva ahora es exigente, celosa y desconfiada. Si aquel problema con la secretaria ya había pasado hace tiempo y la había despedido. No veía el problema en realidad. Ahora no puedo salir a ningún lado ni ir a chupar con los amigos porque es pleito. Si para eso trabajo, para eso gano mi dinero, tengo derecho a divertirme de vez en cuando.

Además ella tiene todo lo que quiere, hasta se aprovecha, una interesada, ¡eso es! Lo único que quiere es sangrarme y sacarme hasta los ojos para tener lo que quiera y yo bien gracias trabajando, rompiéndome el lomo. Pero no, hay que tapar las apariencias, aparecer en las reuniones familiares y de la empresa con ella para aparentar que somos una familia unida y sólida. Abrazarla y sonreír con ella. Ser un par de hipócritas para poder firmar contratos y hacer alianzas. Claro, como le conviene, si no fuera por eso hace ratos nos habríamos dejado de utilizar mutuamente.

Había perdido la cuenta de los kilómetros mientras manejaba, por ratos se sentía más tranquilo, incluso sentía algo de sueño, pero la neblina aún era bastante espesa y solo atinaba a ver las luces del auto de enfrente que seguía su camino.

Y ahora por una fiestecita que tuve me arma el problema, que llego borracho, como si no supiera de sus escapadas, que ella también se va de parranda cuando yo estoy de viaje, solo porque no me interesa no le he reclamado. ¿Y si se revuelca con alguien? Qué me importa, más me he revolcado yo, estamos a mano. Todo es que no la cache porque allí si la mato y mato al infeliz, por reputación, por principios, ¡Por derecho!

El zumbido del motor se había vuelto uniforme cuando empezó a ver la luz del sol. No tenía idea de cuánto tiempo había estado tras el volante, tampoco tenía idea de dónde estaba cuando empezó a clarear. Solo veía las luces del auto de adelante.

Estaba perdido.

No me importa, que llegue adonde tenga que llegar, hasta que el carro se quede sin gasolina voy a parar, luego busco alguna gasolinera a pie. Total ni prisa tengo, no quiero nada, no quiero regresar. No quiero más problemas, no quiero más hipocresía, más mediocridad en mi vida. Lo más preciado que tengo en mi vida es éste carro. ¿Irónico no? En lugar de amar personas he amado cosas, materia, dinero.

Por un momento pensó cómo habría sido empezar de nuevo y hacer las cosas distintas. Un nuevo comienzo. Ese era un pensamiento refrescante.

Habría querido arrancarse todos los malos recuerdos, penas y problemas de su cabeza, abrir la ventana y dejarlos que volaran como paja al viento. Olvidarlo todo. Sacudirse las tristezas como un gato se sacude el pelo viejo.
Volvió a sus adentros y recordó su niñez, en el patio de su casa pobre de pueblo, jugando carritos, pensando que algún día tendría un auto rápido y lujoso. Entre la tierra del patio había recogido piedrecitas que había puesto delimitando la autopista donde manejaba.

En el amanecer empezó a notar que a los lados del camino empezaron a aparecer grandes piedras calizas, casi tan grandes como él, marcando el camino.

Esto lo empezó a tranquilizar. Sintió que al fin empezaba a manejar sus emociones. Su ritmo cardíaco se sentía más relajado y su respiración pacífica.

También recordó que cuando jugaba en su pista tierrosa ponía plantas en el camino, semejando árboles gigantes haciendo túneles en el camino, que dejaban caer sus hojas como maples en otoño.

Como si fuese un juego a lo lejos vio varios árboles al lado del camino. Enormes, con hojas amarillas y rojas. Que caían formando una alfombra en la carretera. El auto pasaba a gran velocidad sobre las hojas y éstas se arremolinaban en el retrovisor despidiéndose entre risas.

Recordó también que le gustaba hacer alguna zanja en medio del camino con un palo y llenar la zanja con agua, semejando un río. Entonces él pasaba su carrito encima de un puente improvisado con tablitas y seguía su camino.

No tardó en aparecer un ancho río, turbio y caudaloso. El puente colgante que apareció frente a él era maravilloso. Como nunca antes lo había visto antes en su vida, o como sólo imaginó en sueños. Al pasar por el puente escuchó el estruendo del cauce, bajó la ventana para sentir la brisa y el calor del sol que ya alto iluminaba el hermoso paisaje que se abría ante él.

Quiso llorar de felicidad.

En su recuerdo de niñez también estaba la entrada a la mansión que compraría de grande, con una puerta de acero pintada de blanco formando un majestuoso arco. La puerta montada en una pared de piedra que rodeaba la que sería la propiedad de sus sueños, donde estaría su cama calientita.

Fue en este punto donde se dio cuenta que la puerta estaba cerrada. También se dio cuenta que hacía rato se había quedado dormido al volante. Que había confiado demasiado en las luces. La paz que sentía era su ritmo cardíaco que poco a poco iba bajando. El calor del sol y la brisa del río era la sangre que empapaba su ropa. Que se había estrellado a una velocidad altísima haciendo pedazos su costoso auto. Y que lo que pensó eran las luces traseras del auto de enfrente aún seguían frente a él.

La conciencia de la situación le tardó poco. Murió feliz con sus recuerdos.

Gustavo nunca escuchó a los lugareños que decían que por las noches en ese lugar se aparecían unas luces a los conductores despistados que se atrevían a aventurarse por allí a altas horas de la noche. “Las luces fantasma” le decían. Mientras ellos confiados iban tras lo que pensaban que era otro auto siguiendo el camino, éstas los sacaban del camino para estrellarse en los paredones o caer en los barrancos.

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