viernes, febrero 24

DIARIO

Cinco de la mañana, suena el despertador, la radio empieza con el programa mañanero para levantar los ánimos y endulzar la vida. Ella se queda con los ojos cerrados un rato, “un rato más” se dice para sí misma. Hoy, como otros días, tuvo que luchar contra las ganas de llorar al despertar.

Se levantó como un espíritu. Dejó caer la ropa en el suelo como si nada y fue al baño. Ignoró al espejo que le quería mostrar sus ojeras y fue directo a la regadera. El agua caliente se sintió muy relajante; se sintió líquida. Por un momento quiso desintegrarse en infinitas gotas de agua que viajarían por todo el mundo en un ciclo interminable. Caer al océano, evaporarse, hacerse nube y ver el mundo desde arriba para luego caer en lluvia jocosa hacia el mar, o caer en la tierra y hacerse parte de una planta, tal vez una linda flor.

Pero soñar despierto no es rentable y tuvo que apurarse, secó su cuerpo delicadamente, se vistió, algo de crema para las manos, algo de maquillaje para los ojos, sólo para disimular las ojeras un poco y salió a la calle.

El viento le acarició el rostro. Se sintió aérea, se imaginó ser parte del viento, desaparecer en una brisa y volar. Arremolinarse y ser libre, a veces el pensamiento de ser agua o viento le preocupaba un poco, ya saben, desintegrarse, dejar de ser uno mismo para formar parte de algo infinitamente superior. Aunque después pensaba que ese era precisamente el encanto de dejar de ser uno.

El tronar de los tacones la volvió al mundo real y se vio esperando el bus sola en la multitud. Cantidad de caras, figuras, colores, cabellos, olores. Los olores, era muy sensible a ellos y algunos le ofendían, podía diferenciar los champús, jabones, cremas, lociones. La mañana era siempre más agradable que la tarde cuando todo mundo va sudado y con olor a polvo. Sólo de vez en cuando notaba cuando alguien olía a sábana sucia o a no haberse cepillado los dientes. Pero el pensamiento le revolvía el estómago y prefería no pensar en ello.

Luego la lucha en el bus. Nunca pensó ser claustrofóbica, tal vez un poco agorafóbica. Como todos trataba de ver a ningún lado en específico porque qué incómodo es verle la cara a toda esa gente amontonada, todos con rostros inexpresivos, el ruido del motor, las bocinas de los autos alrededor, el radio a todo volumen con música estridente y los gritos de los ayudantes eran desesperantes.

Trató de recordar tiempos anteriores, más felices, tal vez los tiempos con él cuando se sentía de fuego, lenguas de calor la recorrían por completo y aunque estuviesen desnudos se fundían y no tenían forma de enfriarse. Hasta que todo se enfrió. Luego se sintió de hielo por mucho tiempo, no había más que hielo, frío por todos lados. El hielo no va a ninguna parte, no se mueve, parecía nunca derretirse.

Nuevamente tuvo que forzarse de vuelta a la realidad y bajar del bus, caminar a la oficina. Arregló su escritorio como todos los días, ordenado, pulcro, impecable. Encendió su computadora y se preparó para recibir a los clientes.

Entonces tenía que hacerse de piedra. Se ponía la máscara. Sabía mantener la sonrisa cordial para todos, ser una actriz, fingir interesarse en los problemas de los demás aunque a nadie le importaba lo que sucediera con ella. Atender a los clientes como si el mundo girara alrededor de ellos aunque fuesen unos idiotas pedantes. El cliente siempre tiene la razón.

Sabía ignorar y desviar cualquier insinuación, invitaciones, chistes en doble sentido e indirectas que le dijeran. Algunos hombres pueden ser muy tenaces y directos. Pero ella no estaba para esos menesteres. Lo único su único interés era el trabajo de forma casi automática mientras su mente se imaginaba en un lugar hermoso donde se ella era el universo mismo.

Luego llegar a casa y enfrentar sus demonios, todas las noches eran largas, pero la rutina a veces es lo mejor que tenemos. Ya mañana será otro día.

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