jueves, enero 17

En el Centro de Salud

La doctora Fajardo atiende a los pacientes en el centro de salud de la comunidad. Tiene poco tiempo de haber terminado sus estudios pero la práctica profesional como residente en el hospital nacional le ha permitido familiarizarse con enfermedades comunes, accidentes comunes y uno que otro accidente raro, por no decir tonto.

Le tomó algo de tiempo acostumbrarse a la sangre y los fluidos corporales, en su mayoría en estado de descomposición que podía emanar un ser humano. Después del tiempo lo fue asumiendo como algo natural, de vez en cuando algún accidente de especial violencia le agitaba el estómago, pero en general lo tomaba con mucha calma.

Llenaba el expediente del último paciente que había auscultado. “La mayoría son enfermedades respiratorias” pensaba. “Le siguen enfermedades de la piel, y luego fracturas y golpes… nada extraordinario, afortunadamente”. Ya faltaba poco y podría ir a su casa a cenar, darse un baño de agua tibia, tal vez ver un rato algún programa en la televisión

Salió a la sala de espera
- ¿Quién sigue?

Se levantó una señora de unos cincuenta años, delgada, morena; sentada a su lado una jovencita de unos quince años, con los ojos hinchados por el llanto.

- Yo seño – dijo la mujer – vengo para que me revise a esta patoja, la muy sinvergüenza me está jugando la vuelta. Viera que yo lavo y plancho ajeno y mientras yo no estoy ésta a saber con quién o con cuántos anda metiéndose.

- Señora perdone pero no hablemos aquí afuera, entre aquí por favor – le interrumpió la doctora.

- ¡Venite vos! Mirá las vuelta que me ponés – de un tirón levantó a la jovencita. Ésta empezó a sollozar – ¡y no te hagás la de la boca chiquita, llorando como si no hicieras nada, vas a ver!

- Disculpe – dijo la doctora – pero ¿cuál es el motivo de la consulta? ¿quién está mal, usted o ella?

- Mire seño, le voy a explicar, como le decía yo vivo con mi hija y mi esposo que mal que bien nos vamos manteniendo, yo de doméstica y él de albañil, pero ayer llegué temprano a la casa y la encontré a ésta en la cama desnuda tapándose con la sábana nada más, la puerta del patio estaba abierta, por allí salió el desgraciado y se fue corriendo.

- ¿Y eso qué tiene que ver? ¿Está lastimada?

- Quiero que la revise a ver si todavía está señorita.

- ¿Usted quiere saber si su hija es virgen?

- Sí seño, porque si no lo está ahorita mismo que mire para dónde agarra porque yo no voy a estar manteniendo putas. Que se vaya con el que se la estaba agarrando, ella me jura que no estaba haciendo nada malo, que se estaba cambiando pero yo no nací ayer, a ver si el hombre la mantiene o que vea para dónde se va porque conmigo no.

La doctora Fajardo quedó en silencio un momento, la adolescente se tapaba la cara con las dos manos, llorando.

- Está bien, pero comprenderá que necesito algo de privacidad. ¿Me puede esperar afuera por favor?

La señora le dio una mirada de odio a la joven.

- Te espero afuera, ¡Y ay de vos si me estás mintiendo, primero te hago reventada y luego te saco todas tus cosas a la calle!

Cerraron la puerta. La doctora Fajardo se dirigió a la joven, con voz serena.

- Hola, soy la doctora Marina Fajardo, pero tú puedes llamarme Marina, ¿Cómo te llamas?

Un hilo de voz salió de la niña

- I… Ingrid.

- Mira, no te voy a hablar como doctora, más bien como amiga. Me imagino que todo esto es muy difícil para tí y no quiero empeorarlo. Pero tienes que ser sincera conmigo, ¿Está bien?

- Sí doctora.

- Muy bien, te voy a hacer una pregunta. ¿Estabas teniendo relaciones sexuales?

Ingrid estalló en llanto de nuevo, aunque hubiese querido no le salían las palabras.

- Bueno, tranquilízate, toma un vaso de agua. – le sirvió agua en un vaso plástico y se lo acercó. – Respira profundamente, tienes que saber que tener relaciones sexuales sin protección te puede causar enfermedades, o puedes quedar embarazada y…

- Es mi padrastro

Lo dijo mientras tomaba aire, el sonido no salió de las cuerdas vocales, salió de más adentro, sin embargo fue perfectamente audible.

- ¿Qué cosa? La doctora Fajardo sintió la sangre agolparse en el estómago.
- Tiene tiempo de hacerlo, ya no me acuerdo cuánto. Mi mamá nunca me creería, siempre dice que yo soy la mentirosa perdida. El llega a la casa solo a hacerme cosas, luego se va y después que mi mamá llega aparece como si nada. Al principio me forzaba, yo no quería pero él es grande, ahora solo trato de pensar en otra cosa.

- Podemos denunciarlo, ahorita mismo podemos ir a la policía, a los derechos humanos, te pueden dar protección.

- ¡No doctora, por favor! Mi mamá es capaz de matarme, o peor, me echa a la calle y allí si no se ni de qué voy a trabajar.

- Pero es tu madre, tiene que creerte.

- No doctora, ella a mí no me cree nada, no me manda a estudiar porque dice que allí voy a encontrar hombres y yo soy la que los provoca, como “desarrollé” bien niña los hombres se me quedan viendo, me encierran en la casa y allí me mantengo haciendo oficio. Él aprovecha eso.

- Maldito.

- Ellos se emborrachan juntos, a veces ella se queda bien dormida y él aprovecha para violarme. Hoy porque mi mamá vino temprano, se fue corriendo y brincó la pared de atrás para que no se diera cuenta. Desde el principio me dijo que si le cuento a alguien me mata… me pega seguido.

La doctora Fajardo se quedó un momento pensando. Nada la había preparado para una situación como ésta. Y aunque había escuchado de casos similares no se imaginó tener que enfrentarlo directamente.

- Te voy a dar mi número de teléfono, si intenta volver a hacerte algo buscas un teléfono público a como dé lugar, me llamas inmediatamente y yo voy a donde estés, te puedes quedar en mi casa, pero prométeme que lo vas a hacer, ¿está bien?

- Sí doctora, se lo prometo.

Ingrid se secaba las lágrimas, se sentía más tranquila.
- ¿Te sientes mejor? – preguntó la doctora.

- Sí, gracias.

Abrió la puerta del consultorio y se dirigió a la señora
- Su hija es virgen, no tiene nada de qué preocuparse.

La doctora las vio alejarse, la madre aún recriminaba a su hija, y se preguntaba si en algún momento recibiría la llamada.

miércoles, enero 9

Juego de Niños

- ¡Chipi! ¡Mirá lo que encontré!
Las manos de Víctor mostraban el hallazgo.
- ¿Y de dónde lo sacaste? Preguntó Chipi
- Lo encontré por allí
- ¿Y qué vas a hacer con eso?
- Una vez vi cómo le sacaban la pólvora
- ¿Y si se dispara?
- No se va a disparar, primero tenemos que encontrar algún hoyo en la pared.

Se trataba de un cartucho calibre 5.56 usado en ese entonces en los rifles Galil de fabricación israelita. A la sazón, el arma oficial del ejército.

Los niños jugaban en el patio de la casa de Víctor. Buena parte del área residencial se encontraba en construcción aún. Esto les daba oportunidad para aventurarse en las casas a medio construir, o enfrascarse en guerras de trincheras en las zanjas que en un futuro sería el sistema de drenajes.

Víctor tenía uno de los juguetes más increíbles para la imaginación de un niño de doce años: una caja de arena en su propio patio. Con sus amigos pasaban horas construyendo castillos o caminos para autos de juguete. Pero lo más espectacular eran los volcanes. Hacían el volcán de arena con un agujero en el centro donde colocaban papel para luego prenderle fuego, el espectáculo era formidable.

Esa tarde, sin embargo, el objeto de su interés era algo mucho más delicado.

- ¿No será peligroso vos? Preguntó Chipi, más cuidadoso que Víctor.
- No, ahí vas a ver, le vamos a sacar la pólvora y vamos a quemarla – Víctor parecía muy seguro de sí mismo y esperaba mostrar con orgullo cómo manipulaba la bala.

Una munición de alto calibre no era algo muy raro de ver en esos tiempos, Chipi aún recordaba que su tío Leo le había enseñado un día una que conservaba como recuerdo. La bala en sí no era muy grande pero el cascabillo que contenía la pólvora era enorme en comparación. “Estas balas van girando a una velocidad muy grande, y aparte de eso la fricción hace que esta cosita vaya hecha una brasa. Si una de éstas le pega a alguien de una vez cauteriza la herida”.

Chipi no sabía nada de armas pero esa explicación lo dejó impresionado.

El sol de la tarde se posaba apaciblemente sobre los chicos. Víctor iba delante, buscando alguna hendidura en la pared.

- Creo que ésta va a servir, ahora fijate. Ya lo he hecho varias veces.

Chipi entrecerró los ojos. Recordó que hace un par de años estuvo a punto de tomar el revólver .38 que su tío dejara por descuido en una repisa y en ese momento lo detuvieron. Tuvo que soportar una severa reprimenda y una paliza que le dejó morada la espalda por tomar cosas peligrosas. Se sentía incómodo.

Imaginaba que en cualquier momento el cartucho haría explosión. Se hizo a un lado y recordó otra cosa que le habían dicho: toda acción causa una reacción. Si la bala salía a una velocidad enorme, el cascabillo haría lo mismo en dirección contraria. No pudo hacer otra cosa que alejarse lo más que pudo, aunque no tanto que su amigo lo viese como un cobarde.

Víctor puso la punta de la bala en una ranura en la pared y luego hizo la presionó hacia un lado. El proyectil se desprendió de forma relativamente fácil dejando solamente el cartucho lleno de pólvora.

- Ahorita vas a ver la pólvora – dijo Víctor triunfante. Se acercó a una piedra plana en el piso y vació su contenido. La pólvora no era fina y marrón como la de los cohetillos que Chipi estaba acostumbrado a ver, más bien parecían pequeñas bolitas negras.

Sacó un fósforo de la bolsa del pantalón y la encendió. Tampoco se quemaba con un chispazo deslumbrante; más bien ardía lentamente. Así no daba tanto miedo pensó.

- ¡Víctor, qué hacés! Tronó una voz femenina al mismo tiempo que levantaba al niño jalándolo de la oreja.
- ¡Nada mamá, jugando! ¡Ayyy!
- ¿Cuántas veces te he dicho que no andés registrando las cosas de tu papá? ¡Cuando venga a la casa le voy a decir vas a ver!
- ¡Pero si no estoy haciendo nada malo!
- Nada malo será, ¡Esas cosas no se tocan! ¡Un día de estos te vas a matar! - La madre de Víctor avanzaba a trompicones dándole de sopapos en la cabeza - ¡Vámonos para adentro!

Víctor se quedó parado mientras metían a su amigo a trompones a su casa. Lo mejor sería que él hiciera lo mismo. Se hacía tarde y en cualquier momento lo llegarían a buscar.