miércoles, junio 27

AUTOBIOGRAFIA

(ALGUIEN TIENE QUE HACERLO)

Nací un 27 de agosto de 1976, en el “año del dragón” de los chinos. Cuentan que en ese entonces había huelga de hospitales por lo que costó un poco encontrar uno y al final vi la luz en un centro asistencial privado de la ciudad capital, aunque mi acta de nacimiento dice que nací en Chiquimula, y en cierto sentido tienen razón. Allí fui concebido y pasé mis primeros años de vida.

Mi primer recuerdo de toda la vida es una tarde lluviosa. Veía la lluvia caer afuera de la tienda de mi madre; al menos es un recuerdo agradable.

Mi padre me enseñó a leer y aprendí a los tres años, quisieron meterme a estudiar pero en todos lados decían “aquí no es guardería”. Mientras me entretenía leyendo los rótulos de los negocios cuando caminaba por la calle, me encantaba leer tiras cómicas hacer las voces de cada personaje hasta que un ¡Callate y deja de hacer ruido! Me hizo leer absolutamente todo en silencio desde ese momento.

Mi madre abandonó a mi padre por un tipo vago, borracho y violento. Eso hizo que se descuidara mucho del cuidado mío y de mi hermana que ya estábamos en edad suficiente para ver y juzgar ciertas cosas, luego mi padre nos sacó de allí y nos llevó a vivir con él.

Cuando terminaba de cursar el tercer grado de primaria la maestra escribió una observación al pie de mi libreta de calificaciones: “es muy inteligente, pero es un antisocial”. Esto enojó mucho a mi padre y a mi abuela (que por cierto me crió mucho mejor que lo hubiese hecho mi madre). Le reclamaron a la maestra pero ella no cambió de opinión. Supongo que eso no ha cambiado mucho desde entonces.

Mientras fui creciendo me di cuenta que existían dos tipos de personas: las superficiales que se interesan más en la apariencia y las posesiones, y otras que no se interesaban tanto por lo material como por lo que pensaban, y apreciaban lo que otros podían pensar (escribir, cantar, pintar).

Como todo escolar me ponían a leer lecturas cortas (es una lástima que en nuestro país no se les incite a los niños a leer), sin embargo no fue hasta el bachillerato que un maestro me puso la maldita semilla de Nietzche para que no dejara nunca de rascarme el cerebro. De allí vino Hesse, Sábato, Rulfo, Borges me enseñó que no éramos más que sueños de seres que son soñados y por fin conocí a Dostoievski para dejarme trastornado para siempre.

De Guatemala aprendí el lenguaje vegetal, a gritar la injusticia y la belleza de un país salvaje hasta en su expresión más pacífica.

Cuando alguien lee un poco de todo termina por tener un punto de vista muy imparcial de las cosas. Al final todo se reduce a la igualdad, a una calma absoluta que ha sido temporalmente perturbada. Todo punto de vista tiene validez para quien lo defiende, cada quien tiene su verdad. Mi mente fue abierta por tantas ideas que al cabo terminé por no aceptar verdades universales sino que cada quien en su individualidad es un universo.

Mi papel entonces, se convierte en el de un simple observador.

Pero observar no tiene ningún sentido si no se relata lo que se ve.

Así que por eso escribo, porque tengo que hacerlo.

Al final, alguien tiene que hacerlo.

(Esta es la autobiografía que pronto estará publicada en la web de nadaeditores)

miércoles, junio 13

EL MIEDO (II)

- Aguas con el Yuca muchá.

El rebaño de ovejas se alborotó ante la presencia del depredador.

Apareció a una cuadra, conversando con dos de sus amigos, sus “compadres” y los que lo vieron sintieron el corazón en la boca.

A ver a quién le toca el asalto…

Sabían que mientras anduvieran juntos tenían oportunidad, pero en solitario era otra cosa, incluso en grupos pequeños los copaba y uno por uno les pedía el “impuesto de territorio”, un porcentaje de su salario, una tarifa arbitraria establecida al antojo de la mara, si se negaban a dar el impuesto se arriesgaban a que les quitaran todo su salario e incluso a que les propinaran un balazo.

Samuel Noj no estaba enterado de estos acontecimientos, en esos momentos estaba sumido en una semiinconsciencia que lo rodeaba, aturdido aún por el poco tiempo y la falta de costumbre de haber aceptado trabajo semejante; sus órdenes eran mantener el orden en la aglomeración y él hacía lo posible aunque ante tal marea humana era poco lo que podía hacer.

- ¡Muchá no se cuelen!
- ¡Poli mire que no se metan!
- ¡Poli!
- ¡Poli!

El agente Noj trataba de cumplir su deber como podía.

- Por favor mantengan el orden.
- No se cuele señor, mantenga la fila.

El yuca estaba aproximadamente a una cuadra, conversaba con sus amigos mientras esperaba. No había necesidad de arrebatarse, sabía que tendría su oportunidad.

Era alto, tatuado hasta el cuello, el cuidado de no tatuarse el rostro era una mera formalidad para poder andar por la calle sin llamar mucho la atención. Del cuello para abajo su piel era un tapiz ambulante decorado con telarañas, la bola negra del billar, el rostro sonriente junto con el rostro triste, y el consabido “perdóname madre por mi vida loca”, amén de cristos y vírgenes; símbolos apócrifos de una espiritualidad olvidada. O en todo caso, la resignación del fatal destino que podría venir en cualquier momento.

Para los infelices maquileros la ruta de salida era un albur, La banda podría aparecer en cualquier momento en cualquier lugar. Era pura cuestión de suerte.

Cada dos semanas lo mismo, el miedo.

- ¡Colado!
- ¡Poli mire que se están colando! ¡Que se hagan para atrás, que hagan su cola! ¡Nosotros vinimos primero!
Samuel Noj se acercó de mala gana para lidiar con el descarriado para hacerlo volver a su fila.

El yuca pasó amenazante frente al grupo, solo para hacerlos estremecerse, los demás habían quedado atrás, probablemente apostados en otras esquinas esperando.

- Poli yo estaba aquí, este es mi lugar.
- Hágase para atrás por favor, mire dónde va la cola.
- Ala poli, no sea mala onda
- Usted es colado, hágase para atrás.
- Mire tenga cuidado porque ese que viene allí es ladrón – dijo una señora.
- ¿Dónde? – preguntó el agente Noj.
- Allá del otro lado, por la tienda está tomándose un agua.
- ¡Poli el colado! – Reclamaban los impacientes.
- Poli el ladrón, decían las señoras.
- ¡Colado!
- ¡El Yuca!
- ¡Poli!
- ¡Poli!

Samuel Noj perdió la paciencia por un segundo, volvió a ver al ladrón y lo identificó; no era muy difícil de identificar por la forma de vestir, el andar y la mirada de amenaza. Empuñó la escopeta.

- ¡Poli el colado!

Pasaron unos segundos, luego un bombazo, luego confusión, luego gritos y todos corrieron en desbandada. El Yuca escuchó el escopetazo y se le heló la sangre, quedó quieto por un momento.

Luego salió corriendo.

El agente Noj había querido empujar al infortunado colado, pero con el nerviosismo de tener al ladrón cerca empuñó la escopeta y apretó el gatillo. Precisamente en el momento de empujar al infeliz maquilero con el cañón del arma.

El rebaño ahora había salido despavorido, el único que quedó fue un pobre individuo desconocido, una víctima más, inmóvil en el suelo.

FIN.