jueves, mayo 31

EL MIEDO (I)

En alguna costa rocosa los leones marinos se amontonan en la orilla. Tienen hambre y esperan la siguiente ola para nadar y buscar su alimento. Tienen que cumplir con una de las leyes de la naturaleza: comer. Sin embargo, saben que no todos regresarán. En algún lugar los espera el depredador. El depredador no es selectivo, no necesita la presa más grande ni la más gorda. Es más, no quiere cansarse; solo tomará a la primera presa que alcance. Los leones marinos pueden tener una leve idea del riesgo. Aun así saben que deben buscar comida o morirán de hambre. Es la paradoja: morir por no comer o morir como alimento mientras se busca alimento.

A veces se pueden encontrar similitudes entre el comportamiento animal y el humano. Imaginar por ejemplo, una multitud y el barullo que esto conlleva. Todos buscan algo: sobrevivir.

Todos tienen miedo también.

Pongamos el lugar: las afueras del banco. El motivo: día de pago de planillas a los trabajadores de la maquila. El deseo: subsistir; y el miedo a los asaltos. Todo se mezcla para darle a la masa humana una sensación de homogeneidad. Todos buscan lo mismo y temen a lo mismo.

En grupo se está bien, hay compañerismo incluso, además nadie se atrevería a despojar del salario recién ganado a alguien en medio de tanta gente.

El inconsciente colectivo es muy interesante. Individualmente cada uno toma su propia decisión y actúa conforme a esta. En cambio en grupos grandes todos actúan en unidad como por instinto. Los empleados del banco veían a la masa humana moverse como en oleadas, como ovejas arreadas por el guardia de seguridad que trataba de imponer algún orden.

Los ejecutivos del banco decidieron hacer una “ventanilla especial” para los trabajadores de la maquila, primero porque eran muchos, segundo porque eran escandalosos y olían mal, y tercero porque querían dejar el resto de ventanillas disponibles para los clientes regulares. La ventanilla daba directamente a la calle; los empleados del banco protegidos por un grueso vidrio antibalas veían desde la seguridad de su oficina con aire acondicionado a los de afuera moverse casi como borregos.

Casi podían escuchar el “baaa, baaa” del rebaño desbocado.

A nadie le importaba que el dueño de la maquila, un coreano con aliento y sudor impregnados de ajo pagara salarios miserables a sus empleados. Muchos lo veían como un benefactor incluso. ¿Qué haría toda esta gente si no existiera la maquila? ¿Sin la bondad de los gringos que le daban la oportunidad a Latinoamérica de hacer productos de marca, con flamantes etiquetas, porque sus ingratos compatriotas cobraban su trabajo como la ley manda? Las leyes de su país no le daban mucho margen de ganancias a las grandes fábricas. ¿La solución? Mandar el material al sur para que lo manufacturen barato, ridículamente barato. Luego regresarlo al norte y venderlo con una ganancia ridículamente alta y hasta exportarlo. ¡Listo! ¡Negocio redondo!

Muchos de los maquileros estaban desvelados y aturdidos. Para cumplir con los plazos de producción habían tenido que trabajar muchas horas extras. Además, con el sueldo base apenas alcanzaba para los gastos y las horas extras eran prácticamente obligatorias. Sin contar que el coreano exigía lealtad a sus empleados. Si alguno de ellos no se quedaba hasta cumplir su cuota era tomado como un holgazán. ¿No era trabajo lo que quería? ¡Pues a echar punta!

Había uno que observaba el espectáculo desde fuera; era Samuel Noj, el guardia del banco. En realidad no era muy impresionante. Era más bien chaparro, moreno y flaco, no pasaba de veinticinco años y le costaba hablar la castilla, la cual había aprendido un poco durante los tres años de primaria que estudió, luego se dedicó un tiempo a las labores del campo y cuando el campo se acabó encontró trabajo en la empresa de seguridad privada de las que abundan en el país. La cantidad de asaltos es alta y la policía nacional, corrupta e inoperante ha hecho de las empresas de seguridad privada un negocio floreciente.

Samuel Noj no recibió mayor entrenamiento. Le dieron un uniforme verde oscuro y una escopeta casi de su tamaño, de la que le enseñaron el mantenimiento y operación básicos. Le asignaron su lugar de trabajo y un turno de 24 x 24. Es decir, estar de guardia un día y descansar otro.

En su primer día de trabajo su compañero, el agente Chilel le dio un consejo:

- Una cosa te voy a decir: si asaltan el banco tirá la escopeta y tirate vos al suelo, porque al primero que se vuelan es al de seguridad.


El agente Noj recordaba ese consejo todos los días.

(Continuará)

viernes, mayo 11

Lectura este 19 de Mayo

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Seguramente será un éxito como las presentaciones anteriores, ¡Gracias a todos de antemano!