martes, julio 4

EL CADEJO BLANCO

Armando regresaba a su casa después de un decepcionante día de trabajo. El costal a la espalda. Caminaba por las calles de su pobre barrio sin observar la miseria de los alrededores, ya estaba acostumbrado a la calle de tierra, a las casitas humildes, de block sin pintar, al débil alumbrado público que iluminaba con luz de vergüenza sobre las almas que día a día batallaban con la vida una guerra interminable en el asentamiento humano.

Eran las nueve de la noche. Armando era en ese momento el único transeúnte. En el costal llevaba su producto –barquitos de madera construidos dentro de frascos de leche-, los cuales vendía de casa en casa. Él mismo los construía, el truco era fabricar las piezas, barnizarlas y luego meterlas una por una dentro del frasco, previamente encoladas. Para esto usaba una pinza y mucha paciencia, cada pieza de los barquitos requería precisión y firmeza, sobre todo en el armado. Pero el resultado era satisfactorio. La gente se preguntaba cómo podía caber un barco entero dentro de un frasco cuya abertura era tan estrecha. Y se admiraban de lo bonito que quedaba.

Pero la venta no era fácil, la gente parecía tener el “No, gracias” en la punta de la lengua, aún sin antes ver lo que se les ofrecía. Sin tener en cuenta el trabajo y dedicación que Armando prestaba a todas sus obras. Claro que no siempre se dedicaba a lo mismo, unos días salía a comprar frascos de loción vacíos, para luego venderlos a otros que a su vez los rellenaban con preparados que semejaban, más o menos, al aroma original. Otros días recolectaba llantas para hacer caites, otros días baterías de carros…

Sin embargo, lo que entusiasmaba más a Armando eran los barquitos. Si tan sólo la gente pudiera verlos como él los veía, cada uno de ellos era como su hijito.

Aun así la gente despreciaba a sus hijitos.

O se los querían comprar demasiado baratos.

Armando caminaba tan hundido en sus pensamientos que no prestó mucha atención a la jauría que venía caminando por la acera de enfrente. Al frente de los perros iba la hembra en celo, detrás los pretendientes, todos jadeantes, unos de cansancio y otros de deseo. El primero de ellos era un perro grande que le olfateaba la cola a la perra y avanzaba queriéndola montar. La perra tal vez no estaba convencida del todo con el pretendiente. Se hacía a un lado y redoblaba la marcha. El resto de perros se revolvían tratando de ser los siguientes en la fila para probar suerte.

Cuando la comitiva canina pasó frente a Armando pasó algo raro. El perro mayor, el primero de la fila paró las orejas y miró a Armando. Posiblemente sintiéndose amenazado por la presencia del extraño. Atravesó la calle con paso decidido, gruñendo y pelando los dientes. Armando se dio cuenta cuando ya lo tenía a un metro y no pudo hacer nada.

El perro dio un pequeño salto y lo mordió en la pierna. Armando sintió la mordida/gruñido/empujón y gritó “¡Chucho!” Más con sorpresa que miedo.

El perro, después de la mordida, volvió a cruzar la calle, tomando su puesto en la persecución de la hembra en celo.

Por su parte Armando, entre confundido y adolorido vio la extraña procesión perderse al doblar la esquina, pensando “Solo esto me faltaba”.

Siguió su rumbo hasta llegar al cuarto que alquilaba. Su esposa le esperaba. Aunque decir “su esposa” era mucho. Había sido su novia, salió embarazada y Armando tuvo que hacerse cargo de ella y la criatura, a como diera lugar.

- Hola, venís tarde – le saludó.
- Hola, sí me agarró un poco… quería ver si vendía algo más
- ¿Y vendiste algo?
- Dos.

Armando colocó sobre la mesa, con cuidado, el costal con los frascos de barquitos. En un cuarto de tres por cuatro metros tenía la cama, la mesita de comedor, la estufa, un mueble para trastos, el ropero con una tele pequeñita encima, la cuna de la nena, un refrigeradorcito y otra mesa pequeña donde hacía sus trabajos. El baño estaba en el corredor y lo compartían con los otros inquilinos.

- Hay sopa de fideos, ¿Querés?
- Sí, gracias, solo como y salgo… - Y como quien dice nada. - Me mordió un chucho.
- ¿Cómo así?
- No se cómo. Se tomó la molestia de atravesarse la calle solo para morderme. ¡El condenado!
- Vamos a ver, ¿Dónde te mordió?

Armando se levantó de la silla y le mostró la pierna izquierda. En efecto, a medio muslo estaba rasgada la tela del pantalón, y debajo, marcados, los dientes delanteros. Parecía un pellizco y se empezaba a inflamar. De uno de los extremos del pellizco corría un hilo de sangre.

- Sí te mordió pue. – dijo su esposa – Vas a tener que ir al centro de salud. Vaya que no te mordió más arriba o te desinfla la nalga y te quedás con llanta pache. Te voy a echar un poco de alcohol mientras.

Armando se tomó la sopa parado en lo que su esposa le limpiaba la herida. La cena caliente lo hizo sentir mejor, confortado.

Después de la cena salió hacia el centro de salud. Siempre había algún doctor y enfermeras de turno en caso de alguna emergencia, además quedaba cerca, podía llegar a pie. Ya habían visitado el lugar anteriormente cuando su hija se había enfermado. Aunque comprar la medicina era otra cosa. Armando recordaba las noches que habían pasado en vela tratando de bajarle la fiebre, adivinando qué podría tener malo, deseando que la nena pudiera hablar para decirle “me duele aquí” pero nada, los bebés solo lloran. A veces les cortaban la luz y tenían que alumbrarse con candelas.
La noche le jugaba sombras a sus espaldas, las sombras jugaban a esconderse entre las paredes de las casas, trepaban por los tejados y se descolgaban, goteando, sobre su cabeza. Se hacía tarde.

Armando estaba acostumbrado a caminar solo y de noche, se sentía bien, a pesar de la mordida, pero tenía que cerciorarse que no fuese nada malo. Uno nunca sabe con los perros callejeros. La rabia…

Algo hizo que Armando detuviera su marcha y se detuvo. La calle frente a él estaba solitaria, no había nadie y estaba seguro que algo lo estaba siguiendo y volvió a ver.

Era un perrito.

“¡Un perro!” Pensó Armando después de un hondo suspiro. Era blanco, sin manchas, no muy alto, de orejas puntiagudas y pelo corto, no parecía perro callejero, era muy bonito. Pero Armando no estaba para perros.

“¡Chuchooo!” gritó amenazante, pero el perrito no se movió.

“!Shhhoooo!” dijo, ahora acompañado de un brinco con todo y zapatazo. El perrito lo veía con curiosidad, giró su cabeza, pero no dio un paso.

Armando siguió caminando una media cuadra y volvió la mirada. El perro iba tras él, aproximadamente a la misma distancia de antes, unos tres metros.

“Me viene siguiendo” pensó.

Armando no era gran amante de la idea de tener mascotas, pero si algún día tuviera la oportunidad de mantener una, seguramente le gustaría tener un perrito como éste.

“Pero bueno, me acaba de morder uno, tal vez hasta tenga rabia, lo único que me falta ahora es que me muerda otro” dijo para sí mismo y siguió caminando.

“Las cosas de la vida, uno se parte la espalda sentado trabajando, se quema los ojos tratando de armar los barquitos, que no se corra la goma, que no se despinte, que hay que presionar lo suficiente para que pegue bien. Luego uno se gasta las suelas hasta quedarse con las patas peladas caminando para que nadie compre nada. ¿Y todo para que? ¿Para esto?”

“Lo peor es tener que quitarse la vergüenza para ir de casa en casa, y ver las caras de toda esa gente que tiene tanto, que en un cuarto tienen lo que yo tengo por casa, llegar a ofrecerles un adornito, una cosita sencilla aunque hecha con amor. Pero nadie lo aprecia.”

“Y encima de eso uno se expone a que lo asalten, a que venga cualquier sinvergüenza ladrón y le quite a uno lo poco que se ha ganado a punta de cuchillo. Y yo diciendo que me da vergüenza vender de casa en casa, gracias al Cielo que trabajo honradamente para mis frijolitos. ¡Vergüenza es robar!”
Armando entró de muy mal humor al centro de salud. Pero antes de entrar volvió a ver. El perrito iba a la misma distancia, se detuvo al mismo tiempo que él y se quedó sentado. Sin quitarle la mirada.

En el centro de salud tomaron sus datos, lo examinaron, curaron la herida. Armando dio la descripción del perro agresor y el médico le indicó que tratarían de rastrear al perro, en caso de encontrarlo lo pondrían en observación. De todos modos no se salvó de la inyección antitetánica, ni de la primera inyección de las siete antirrábicas que le tenían que poner, una diaria, por los próximos días.

Al salir de la clínica era casi medianoche y Armando echaba chispas.

Empezó a andar a paso ligero, no le hacía gracia caminar por esas calles a esas horas en el barrio marginal, y empezaba a preocuparse, anduvo en silencio y por pura curiosidad volteó el rostro solo para ver al perrito blanco que lo seguía.

- ¡Por tu culpa! – empezó a hablarle al perro en voz alta, para acompañarse un poco – Bueno, no por tu culpa, ¡Pero por tu raza! Ahora estoy mordido, pinchado, desvelado y sin un centavo. No vendí casi nada el día de hoy y eso que caminé como bestia. ¡Y vos tan tranquilo! Así se aparecen, como si no rompieran un plato, pero así son, primero se ven mansitos y luego cuando ya tienen la confianza de uno ¡Zas! Pegan la tarascada. Así como vos, bonitos, mansito y todo, y eso que no te he dado nada, si te doy un pedazo de pan viejo ya estuvo que nunca te fuiste y luego tengo que dejar de comer por darle al chucho.

Armando estaba fuera de sí, regresó dos pasos y amagó con patear al perrito. Levantó la pierna, pero el animalito tenía la mirada inocente, dulce, tan dulce e inocente que Armando no tuvo más remedio que bajar la pierna y compadecerse.

- ¡Chucho cabrón¡ ¿Quién sos? ¿Te fugaste de algún lado? ¿Te fuiste y no hallaste el camino de regreso? Tal vez estás perdido y alguien me da recompensa por entregarte..

El perrito se sentó y lo miraba atento, parecía escuchar y comprender todas las palabras de Armando.

Pero los perros no hablan. Armando se dio cuenta de lo tonto de la situación y siguió su camino. Aunque había algo que le parecía extraño. En todo el camino de ida y de regreso no encontraron a nadie más, humano o animal.

Llegó a su casa donde su mujer le hizo un lugar para dormir y se cobijó con la esperanza de un mañana mejor, de que algún día su suerte cambiaría, que todo sería diferente. Casi estaba dormido cuando lo asaltó una última curiosidad. Salió a la calle por última vez para verificar si estaba su perro acompañante. Pero la calle estaba vacía, se había ido.

Al día siguiente Armando le contó su extraño viaje a una señora vecina, ya vieja, la señora lo escuchó asombrada y al final le dijo
- ¡Lo dejó ir! ¡Lo tenía enfrente y lo dejó ir!
- ¿A quién? ¿Al chucho?
- ¡Sí! – decía la señora emocionada - ¡Era el cadejo blanco!

Armando jamás había escuchado hablar de él.

- No, usted está confundida, el cadejo es negro, con patas de cabra y ojos rojos, que parece que echara fuego. Este era blanco, chiquito, hasta bonito era.
- ¡Sí! Pues ese era el cadejo blanco. El negro es el que cuida a los borrachos y es el puro demonio. En cambio el blanco es un ángel que se le aparece a la gente honrada y los cuida. ¡Y dicen que al que lo toca se le convierte en una fortuna allí mismo en sus manos! ¡Pero usted lo dejó ir, baboso!

15 comentarios:

mi otro yo dijo...

Que lastima que lo dejo ir. PEro como tocarlo cuando uno ya lo habia mordido?
Me dio mucha tristeza este texto, casi pude ver la mirada triste y fija de armando.Casi puede vr a la esposa con su cara de decepcion constante al mirarlo. Y los barquitos dentro de ese frasco, hermosos.
En fin me gusto mucho leerlo.
Te dejo un beso

Anónimo dijo...

Que texto tan profundo cada uno de sus detalles tan explícitos, tan humanos tan reales casi que lloraba con el pobre Armando, su familia, su hijita y su estilo de vida, que así era en años pasados, me recordó a mi abuelito que hacía y vendía zapatos y guantes que utilizaban los de la EEGSA para que no se quemaran con el voltaje de los cables del alumbrado electrico.
Uno escucha los cuentos que la gente cuenta pero como dicen no hay que creer ni dejar de creer, pero? y si sí era cierto???

Un yo dijo...

Que bueno que lo dejo ir, no hay mayor fortuna(segun el vago de mi), que sentirse bien dentro de uno, el resto sinceramente es innecesario.

Batfink dijo...

Tus narraciones lo capturan a uno. Y más cuando uno se identifica con *gulp* las inyecciones antirábicas...

Qué. cosa. más. espantosa.

Pero qué bueno el relato!

Batfink dijo...

(ups. "antirábicas" diferente de "antirrábicas"... las que te ponen para que no te salga rabo)

mariasusana dijo...

guau... me gusta el silencio... creo que es necesario para distinguir cuando hay ruido!!!

nadaeditores dijo...

Interesante amigo, muy en el fondo e conosido mas al Cadejo Negro despues de las hermosas lecciones del Dios Baco, me quede ido un rato despues de leerlo y meditar un rato me biene a la imagen de Homer Simpsons comiendo chiles de un manicomio de Chichicastenango.

Andy dijo...

Mano, que gran forma de atraparlo a uno en un relato, increible. Nuestra tradición oral es tan rica en historias y leyendas que hasta se nos olvidan, y cae tan bien leerlas tan bien contadas como las contas vos.

Saludos.

José Antonio Galloso dijo...

He de tomarme el tiempo necesario para leer este texto con detenimiento.
Un abrazo maestro

Mar de Isaac dijo...

Gran fortuna entre los ojos pasivos de algun can blanco. Magnifica sorpresa es dejarlo ir para que este otorgue fortuna para quien en verdad la necesite...


Pronto vuelvo...

Hada de Luz dijo...

Que lindo! me encantó, me enterneció el pello perrito blanco... pero no tengo idea que es el candejo blanco ni negro... que se supone que es?

Saludos!

macros dijo...

Ante todo gracias por las visitas y los comentarios. El "cadejo" es una leyenda popular guatemalteca, se trata de un perro negro, grande, con ojos de fuego y patas de cabra, que cuida a los borrachos y es la encarnación del diablo, es parte de la tradición oral de mi país.

Hada de Luz dijo...

Gracias por la aclaración de "Cadejo"... se me entrometió una "n" .. jejeje...

mi otro yo dijo...

gracias por esa aclaracion. Es un gusto venir por aca.
Saludos!

ANIMITA dijo...

La mala suerte del viejo, su bronca no le dejó ver lo bueno que se le ofrecía.

Besos fantasmagóricos.