miércoles, mayo 24

LA PIEDRA

¿Dónde la tengo? Estaba por aquí, la tenía en la bolsa de la camisa, eran dos, eran dos piedritas las que tenía, pero dónde las habré metido. ¿Debajo de la cama? Tiene que estar en algún lado; aquí hay una pequeñita, parece que sí es. La pruebo … mmm … no, esta es una piedra de las ordinarias. Tal vez esta otra… ¡Puta! Hasta qué extremo he caído que tengo que probar las piedras del suelo para saber si son o no son las mías, las que me gustan. Bueno, tranquilo, veamos, regreso sobre mis pasos. Vino el vendedor, salí a recibirlo, me dio las piedras, eran dos, le pagué y me vine para mi cuarto. Tal vez las puse en el marco de la ventana… ¡Sí! Aquí están. Lo que tiene que hacer uno por estas cosas, es increíble todo lo que se pierde: el dinero, la honradez, la dignidad, el amor. ¡Todo se pierde! ¿Y será que vale la pena? A saber, ya sólo me interesa esto, el acelerón, la subida, el camino al tope, al éxtasis; esta cosa es mejor que el sexo.

Ahora mi pipa, a ver donde está. ¡Ah Mierda! ¡Ya casi ni muebles tengo! Sólo la cama y la mesita de noche, y de ser posible vendo la mesa de noche y hasta la cama también. No las necesito, son cosas superficiales, triviales, puedo dormir en el piso, ni siquiera necesito sábanas. En el marco de la ventana puedo poner mi pipa y mis piedritas, la poca ropa que tengo la pongo en una esquinita del cuarto y ya. ¡Estoy hecho! No necesito nada. ¿Dónde estaba la pipa? ¿Bajo el colchón? Sí, aquí está. Si, claro. Bonita pipa, el tubo de la antena que le arranqué al primer carro mal estacionado que encontré, con un extremo doblado para arriba y listo, pero allí cabe la piedra de crack, exacta, precisa, prendo el fósforo, prendo la piedra, se enciende y se aviva, se disuelve, se pulveriza, se evapora, se hace ángel demoníaco, me mira a mí, la presa y rauda recorre el tubo.

Aspiro.

Treinta segundos de felicidad, treinta segundos de paraíso, el éxtasis sucio con todas sus condenas. No hay mañana, no hay futuro. Solo el hoy y el presente, el ahora, este… preciso… momento…

**********************************************************************

¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Una hora, dos tal vez? No se, bien pueden haber pasado días o minutos pero ya siento la sequedad en la boca, mis labios se ponen blancos por el humo, toda mi boca siente la amargura del momento, el ansia del caído; la derrota. Mi cuerpo me pide y le tengo que dar. Soy esclavo de mi cuerpo; mi mente se aturde y se rebela contra esta insidiosa necesidad de más y más; necesito volver a subir, necesito estar en la cima de nuevo. No me importa lo que tenga que hacer, no me importa si tengo que vender hasta el último trapo que me cubre. No me importa si tengo que salir a robarle a quien sea; a mis amigos, a mi familia, y mucho menos me importa si le robo a un desconocido lo que tenga con tal de poder comprar una piedra más. Otro pasaje a la felicidad, otro cohete hacia las nubes. ¿Pero qué me pasa? ¿No me basta con haber perdido hasta la vergüenza? Sigo degradándome cada día más y más. A cada momento caigo más en el abismo y me cuesta más levantarme. ¿Pero todo tiene solución verdad? He ofendido a todo y a todos. Me pueden perdonar si cambio, si domino este vicio desgraciado y me demuestro a mí y a los demás que puedo ser útil. ¿Verdad? Con la suficiente fuerza de voluntad puedo cambiar, puedo ser diferente. Soy capaz de trabajar y ser alguien productivo y volver a ser alguien. Yo sé que puedo, solo necesito que me tengan un poquito de fe, un poco de confianza. ¿Acaso es mucho pedir? Pero no, me miran y salen asustados todos, como si estuviera loco, como si fuera a asaltarlos con cuchillo en mano. Bueno, lo he hecho… pero no importa. ¿Dónde estaba la piedrita? Yo recordaba que tenía otra, había comprado dos, pero no recuerdo si la tenía en la bolsa de la camisa… no. ¿Tal vez en el pantalón?... tampoco. Otra vez a buscar, tal vez se me cayó al piso. Hay un par de piedritas por acá, las voy a tener que probar. No, yo recuerdo que tenía otra por allí pero ¿Dónde la dejé?

Otra vez, vuelta a lo mismo; caer de nuevo pero ya volveré a subir, me levantaré y seré un hombre nuevo. Me verán como un hombre diferente y digno y todos los que me dieron la espalda hoy me van a respetar mañana, me levantaré de mis propias cenizas y me volveré a ganar el amor de los que me querían antes y ahora me desprecian.

¡Pero por hoy solo una piedra más, la última, mañana será diferente!

viernes, mayo 19

DEL AMOR Y EL ODIO

Un día el amor se le acercó al odio, abrió sus labios angelicales de los cuales emanaba la suave brisa refrescante y le dijo: “¡Te amo! ¡Eres tan grande y majestuoso, eres tan decidido, eres firme; cuando odias odias hasta la muerte, cuando odias lo haces de corazón y desinteresadamente. Cuando odias odias a todo y a todos. Tú, odio, rompes todas las barreras y eres insospechadamente ilimitado. Eres un derroche de hormonas, de furia animal; pura e irrefrenable. Una decisión tuya mueve montañas, moviliza ejércitos, destruye todo a su paso; tus gritos se escuchan como rugidos de león en celo, tus fuerzas son incomparables, tu magnificencia es increíble. Eres autosuficiente. Eres hermoso despliegue bajo horrendo rostro y por eso me encantas y cada día me enamoro más de ti.”

El odio, que había escuchado atentamente todas las palabras del amor habló despidiendo fuego y chispas; respondió: “¡Eres un tonto! ¿Crees que con adularme y decirme cosas bonitas voy a sentir algo de amor por ti? Sabes perfectamente que en el instante yo sienta el más mínimo atisbo de amor me disolveré y me convertiré en nada y tú dominarás todo el universo. Sin embargo lo que dices es cierto, somos los polos opuestos, los extremos sobre los que se balancea el universo; yo con mi odio, desenfreno, violencia y saña; y tú con tu amor, tu cursilería y tu compasión insoportables. Somos el equilibrio de absolutamente todo lo que está en medio de nosotros, pero yo soy mejor que tú, porque la gente necesita mucho de ti, en cambio necesitan muy poco de mí para odiar.

El amor comprendió que había sido atrapado en su trampa y emprendió la retirada pacíficamente, con la frente en alto. Tratando con todas sus fuerzas de suprimir el menor atisbo de odio contra el odio.

domingo, mayo 14

VIAJE

Una noche cerré los ojos y exploté hacia el cielo infinito. Infinitas partículas, infinitas gotas de yo luminoso se hundieron en el espacio cósmico. En cada gota todo mi ser. En cada átomo toda mi esencia viajando a cientos de miles de metros por segundo. Fui energía pura sin las ataduras corporales. Fui luz danzante y majestuosa, fui uno con el universo; fui todo y fui vacío. Viajé trillones de kilómetros hacia sitios insospechados de una hermosura incandescente y monumental, solo apreciable desde siglos luz de distancia.

Fui una gota de luz en el océano sin fin.

Después de una fracción de segundo que duró muchos siglos abrí los ojos sonriente; sabiendo que un día, como a todos, a mí también me llamará la inmensidad.

viernes, mayo 12

EL VASO

El vaso está allí, cerca, tan cerca, lleno de agua; esperándome nada más. Y yo que tengo que soportar este calor ardiente que me sube por la garganta, siento arena en la garganta, trago arena. Daría cualquier cosa por un sorbo, por remojar mis labios solamente por un instante y que la humedad llene las grietas resecas de mi alma.

Ya casi no me importa la sequedad, la irritación, la comezón en mis ojos entreabiertos. ¿Es cierto que veo el vaso o es simplemente la última imagen que quedó grabada en ellos? Supongo que está de más tratar de averiguarlo. El vaso está allí, cerca, tan cerca. ¿Es la última imagen grabada en mis ojos o es lo último que deseó mi corazón? Mi corazón está lejos pero aún lo recuerdo.

El vaso se hace grande, cada vez mayor, se hace lago, se inclina para hacer un microscópico río y luego una gigantesca catarata, quisiera nadar entre la espuma y que el torrente de agua saciara mi sed, pero es inútil. Ya sólo soy deseo.

Es difícil moverse, difícil respirar, es imposible tratar de alcanzar el vaso y mucho menos tomarlo cuando solo soy una cabeza cercenada sobre la arena.

lunes, mayo 8

EL LOCO

Corría la semana santa del noventa y dos. Jueves Santo para ser precisos. Como no teníamos mayor cosa que hacer en esos días dispusimos sacar la piscina armable para instalarla en el patio. No era grande pero servía de pretexto para andar en pantaloneta, asolearse, tomar unas cervezas y preparar boquitas con galletas saladas y atún de lata.

Generalmente para esas temporadas mucha gente acostumbra ir a la playa pero a mí eso no me gustaba. Primero por una mala experiencia anterior que tuve con un alfaque que me hizo pasar un muy mal rato hasta el punto que me tuvo que sacar un salvavidas. Segundo porque la aglomeración de personas es angustiante y siempre he creído tener una cierta agorafobia. Controlable pero latente.

Se habían acabado las galletas y me tocó salir a comprar un paquete. También tenía que comprar tortillas y gaseosas. La cerveza era sólo para entrar en ambiente, además había suficiente para todos.

Al abrir la puerta lo vi. Como a media cuadra, caminó dos o tres pasos y luego se detuvo, miraba hacia arriba, a los lados. Hablaba solo y sus ademanes eran muy acusados, con aspavientos como de asustado, luego caminó hacia atrás como si hubiese visto algo espantoso y volvía a dar unos cuantos pasos.

Fui a la tienda y compré lo que tenía que comprar. En las radios y en la tele todavía sonaba la publicidad del gobierno actual que se acababa de firmar la paz al fin después de tantos años de violencia y desacuerdos. “Y ahora juntos como un pueblo de hermanos vamos a salir adelante hacia un mejor futuro, VAMOS GUATEMALA” y demás propaganda, la misma politiquería trasnochada de siempre.

Cuando regresé a la casa el loco había adelantado ya un buen camino y estaba frente a la casa vecina. Estaba parado, firme, hablaba entre dientes. “¡Yo los vi, yo los vi! Allí estaban el montón. No mi teniente, nosotros ejecutamos la operación al pie de la letra, no quedó ni uno.” Miraba hacia el piso y señalaba algo, después agarrotaba las manos contrayéndolas hacia su pecho.

Hablaba como si hubiere estado bajo los efectos del licor, pero no tenía todos los síntomas, se veía más bien lúcido, se movía con buenos reflejos, no tenía el embotamiento típico de los borrachos, no arrastraba los pies, pero alucinaba.

Se detuvo y miró a todos lados, yo me había quedado con las llaves en la mano escuchando lo que decía y me tomó por sorpresa, me vio y me habló a mí.

- ¡Usted, usted le tiene que decir al teniente! ¡Yo los vi caer pero no me creen! Entramos bien, yo pensaba que solo íbamos a interrogarlos, pero el teniente nos dijo que ya no eran necesarios. ¡Hay que ir a traerlos! De repente están vivos todavía.

Se empezó a acercar un poco más y me dio miedo; giré la llave para abrir la puerta y entré.

En el patio continuaba el ruido y la música en nuestra improvisada fiesta, ya me esperaban hacía rato y echaron mano de lo que llevaba para seguir preparando bebidas y bocadillos.

Yo tenía curiosidad de ver qué pasaba con el loco de la calle así que dejé las cosas en una silla que nadie estaba utilizando y salí a ver por la ventanita de la puerta que da a la calle.

Cuando abrí la ventanita pude ver que el loco se había sentado en la banqueta, se agarraba la cabeza con las manos, se jalaba el pelo y luego se miraba las manos, estiraba los brazos; se podían adivinar los músculos tensos bajo la camisa de manga larga. Abría las manos y se veía las palmas, contemplando algo inexistente pero que para él podía significar cualquier cosa menos algo agradable. Estiraba el cuello y luego se volvía a jalar el pelo, como sacudiéndose las manos.

Ahora hablaba entre sollozos, como triste. “Yo estaba allí cuando lo capturaron, fue en la avenida petapa, enfrente cabal de la universidad. El esperaba la camioneta; ya nos habían dado la descripción del sujeto y lo fuimos a traer por comunista, por repartir panfletos, por dar propaganda guerrillera, lo tuvimos en el palacio de la policía por un tiempo y de allí lo pasamos a la escuela de prepa de…”

Una pareja iba pasando por ese momento frente a él, el loco que estaba sentado estiró los brazos y les gritó “¡Son orejas! ¡Todos los que van por la calle! ¡Los que andan comprando papel periódico, los que compran llantas usadas, los que pasan arreglando zapatos! ¡Todos son orejas! ¡Trabajan para el gobierno! ¡No compren nada! ¡No digan nada!” se acurrucó y se hizo ovillo en la grama de la acera, se ponía a señalar a todos los que pasaban a su alrededor y los insultaba.

Por un momento vinieron a mi mente las imágenes de los locos del cercano hospital de salud mental Federico Mora. Años antes íbamos allí para observar el comportamiento de los locos a través de la malla que los separaba del mundo exterior. Lo hacíamos más por diversión que por otra cosa. Algunos se comportaban de forma cómica, otros eran violentos y nos tiraban piedras, insultándonos; otros contaban tristes historias de abandono y otros simplemente repetían constantemente la misma cosa, la misma cosa, la misma cosa… en algún episodio de sus vidas demasiado traumático para olvidarlo y que ahora ocupa toda su existencia.

Después recordé lo que contaba la gente mayor, todas las persecuciones de las que habían sido víctimas muchas personas por sus creencias políticas, o por la simple sospecha de tener una creencia política. Cualquier comentario podía ser tomado como algo subversivo y por lo tanto uno se convertía automáticamente en enemigo del gobierno. Las consecuencias podían ser graves o fatales. Mucho miedo y mucha desconfianza entre todas las personas, incluso entre los amigos más cercanos, la paranoia en toda su plenitud.

Pero estos eran otros tiempos, ya había desaparecido la guerrilla urbana estaban desmovilizándose los guerrilleros de los departamentos; entonces ¿Sería cierto lo que decía este señor? ¿Habría visto algo tan chocante que no pudo reponerse de la impresión?

Pensé en llamar a los bomberos, ¿Pero qué les iba a decir? Los locos se salían a cada rato del manicomio y el manicomio estaba cerca, probablemente este era uno de los que había logrado salir. Sin embargo todavía tenía la duda, su ropa no era vieja, no estaba tan sucia, no estaba rota. La gente pasaba y lo veía; algunos con indiferencia, otros con curiosidad, otros trataban de pasar lo más lejos posible o cruzaban la calle pero todos veían el espectáculo del loco que ahora estaba acostado boca arriba, pataleaba y gritaba puras incoherencias. “A la orden… Me reporto… allí estaban… no señor… no señor… sí señor… me pela … hago fuego… yo no… no es justo… el no fue… si mi capitán…¿porqué yo?... yo cumplía órdenes nada más…

¿Le habrán dado algo? Es posible que existiera algún tipo de medicamento que en dosis suficiente pudiera causar ese tipo de efecto… ¿permanente?

Un automóvil se estacionó frente a la casa, pensé que alguien habría llamado a los bomberos explicando la penosa situación del individuo. Pero no eran los bomberos; dos tipos fornidos bajaron del vehículo y se aproximaron al loco. Lo tomaron uno de cada brazo. Él no opuso resistencia; dócilmente se dejó subir al auto, parecía incluso que les tenía confianza, que los conocía. Subieron al auto.

Nunca más lo volví a ver.