martes, diciembre 12

LOS ANTICOMUNISTAS (III)

- Buenas, ¿Está don Bernabé Flores?

Raúl Maldonado había madrugado también y había pasado cuatro horas manejando desde la capital; el camino de terracería, el silencio del viaje y el calor lo tenían muy malhumorado.

- No, no se encuentra – respondieron desde la ventana. – Si le quiere dejar un mensaje…

- Dígale que lo vinieron a buscar de la secretaría del Ministerio de Educación, le dejo esta citación para que se presente a más tardar pasado mañana en la oficina de la capital. Allí están los detalles. – La picazón del polvo del camino le llegaba hasta lo más recóndito.

- Muy bien, le haré saber.

Raúl Maldonado no había hecho el viaje desde la capital solo para notificar a don Bernabé de su citación; también debía ir a la supervisión departamental e indagar a los compañeros profesores acerca de actividades sospechosas. Hasta la capital habían llegado noticias de inconformidad por parte de algunos individuos. Por supuesto que siempre habían elementos dispuestos a proveer información con la esperanza de obtener algún ascenso.

Bernabé llegó a casa solo un poco más tarde, cargando el venado en hombros. Con el cuerpo podría hacerse una silla, o en último caso usarlo como alfombra, o tal vez colgado de la pared como trofeo. Siempre es agradable ver un cuero de venado entero, sin los agujeros que dejan las balas, claro está; y este balazo en la cabeza podría disimularlo fácilmente.

La nota decía que debía llegar a la capital a firmar su ascenso en el escalafón. Cada cinco años los maestros contratados por el Ministerio debían registrarse para optar a aumentos de sueldo, cargos administrativos o alguna otra mejora laboral. Bernabé sentía que lo presionaban para seguir trabajando; pero la expectativa de un aumento salarial era buen motivo para hacer el viaje.

Dos días después arregló sus cosas para un viaje de un día. El itinerario era simple, salir lo más temprano posible, hacer el trámite respectivo y regresar al pueblo. Nada complicado pero sí aburrido.

Solo una cosa lo inquietaba un poco. Las salidas de cacería frecuentes tenían un doble propósito pero… no, todos eran gente de honor.

El viaje transcurrió sin mayores sobresaltos, las sinuosidades y vueltas de la carretera provocaban náuseas a los niños, a él le daban sueño, veía las orillas de los riscos recortadas en un sube y baja monótono, era mejor cerrar los ojos y pensar en el sol, la cacería, la coartada perfecta, imaginaba las mañanas solitarias en el monte, cazando algún conejo y preparándolo para hacerse su desayuno. Hacer el fuego para cocinar, aliñar al animal, para eso siempre tenía su navaja lista, recordó que tenía al cinto el estuche de cuero con la navaja adentro y acarició la figura, el relieve de las costuras.

Llegó a las oficinas del Ministerio, hizo la cola respectiva, el trámite, las firmas, los saludos de rigor, todo normal, el hecho que no le preguntasen nada de su negativa a ejercer lo tranquilizó, su presencia indicaba la aceptación de los términos de su contrato y aparentemente empezaría a trabajar lo antes posible con mejor salario.

Al salir se dirigió al mercado para llevar algo, algún recuerdito, a Judit le gustaban mucho los dulces típicos así que se preparó con dulces de leche, pepitoria, cocadas, encanelados y mucho mazapán que era su preferido.

Ya listo con una buena cantidad de dulces decidió caminar un poco por el centro capitalino, para despejarse un poco, a ver escaparates solo por ver qué novedades había; estaba pensando hace tiempo en un problema y a ratos le buscaba solución, tenía una estrella de cinco puntas de la cual solo sabía el ángulo de cada vértice, esa estrella estaba encerrada en un círculo; el problema era encontrar la circunferencia y la longitud de todos los lados de la estrella; además cada punta de la estrella es el vértice de un pentágono así que sería interesante hallar también la longitud de cada lado del mismo.

Embebido entre el problema y frente a una tienda de botas tuvo una extraña sensación. Caminó un par de cuadras hasta girar en una esquina y se quedó quieto, empuñando su navaja. Esperó un minuto más o menos cuando agarró al tipo. Había visto su traje de lana café y sombrero de bombín seguirlo desde que salió del Ministerio. Lo presionó contra la pared poniéndole el brazo izquierdo en el pecho y le acercó la navaja al cuello.

- ¡Quién es usted! ¡Qué quiere! Le dijo.

El tipo se puso pálido pero no se movió

- Tranquilo… no pasa nada, no quiero nada.

- ¡Me viene siguiendo así que algo quiere! ¡Dígame o aquí mismo le corto el cuello!

Viendo que Bernabé iba en serio le respondió:

- Me mandaron a seguirlo, nada más, no me ordenaron nada más.

- ¿Quién lo mandó, alguien del Ministerio?

- No

Bernabé acercó el cuchillo cerca de la yugular

- Quién

- ¡El coronel Osegueda! no me mate por favor, ya le dije que solo me mandaron a seguirlo.

- Pues dígale a Osegueda que no necesito que me mande a nadie, yo me cuido solo. Ahora váyase por donde vino.

Bernabé soltó al tipo quien se volvió sobre sus pasos disimulando, hasta no ver que se había ido no reanudó su camino, esta vez no vio más escaparates; inmediatamente fue a la Terminal de buses para regresar al pueblo.

Bernabé no tenía ni idea de quién era Osegueda pero ahora entendía que el viaje a la capital era más bien para identificarlo y literalmente seguirle los pasos. Tenía que andar con mucho cuidado.
(continuará)

viernes, noviembre 24

LOS ANTICOMUNISTAS (II)

Las cuarenta manzanas eran puro monte tupido.

Las colindancias eran terrenos de sus dos hermanos. Al este el de Ulises, al oeste el de Arnulfo, al norte las tierras de Horacio y Aquiles Fuentes, al sur las parcelas de los Oliva. Sea como sea, todos eran conocidos y a excepción de Aquiles, se llevaban bien y podía ir de cacería como si el lugar fuese propio.

Salió a las cinco de la mañana, casi eran las nueve; el sol ya calentaba y las chicharras se volvían locas haciendo ruido enloquecedor. El calor del sol llegaba hasta el suelo haciendo hervir el vapor podrido de las hojas. Toda la selva era una orgía de verde alimentada por el sol y el agua. Las hojas caían en el suelo y al podrirse engendraban nueva vida; desde los pinos hasta las ceibas, de los helechos a los hongos; las plantas alimentando a los animales. Los animales y las plantas alimentando al hombre.

La cacería es un ochenta por ciento paciencia, un diez por ciento suerte y un diez por ciento adrenalina. No era necesario adentrarse mucho en la selva para encontrar algo, pero había que saberlo hacer: caminar a favor del viento para que los animales no sintieran el olor. No fumar, no hablar. Bernabé podía pensar mucho en sus caminatas de cacería. Desde el primer día que decidió renunciar a su trabajo dispuso mudarse a la finca y acondicionar el rancho viejo para vivir allí. Compró dos vacas lecheras, así sacaba leche para su consumo y de paso Judit hacía crema y queso para vender. Además, con la cacería no le iba tan mal, generalmente encontraba conejos que era lo más abundante, luego seguían los venados; uno solo le daba carne para muchos días. Cuando tenía suerte encontraba tepezcuintles, una especie de roedor grande, casi del tamaño de un perro pequeño. De carne delicada y sabrosa.

De vez en cuando le llegaban noticias de la capital.

- Fijate Berna, que están construyendo la carretera al Atlántico – decía Judit.

- Claro, si Ubico dejó las arcas del Estado llenas de dinero, cómo no van a tener para hacer eso y más.

- Mirá, dice aquí en el periódico que van a hacer un Instituto de Seguridad Social, van a darle tratamiento médico y medicinas a los trabajadores que se afilien.

- Eso ya me suena a comunista, luego nos van a racionar la comida…

- Berna mirá, vinieron del Ministerio de Educación, te dejaron tu nombramiento. Dijeron que todavía tenés tu plaza y quieren que vayás a dar clases, dicen que sos un buen maestro y esperan que lo considerés.

- No necesito el trabajo.

- Vaya pues…

Bajando un poco el cerro encontró unos arbustos de caulote. Los venados tienen gusto por los frutos del arbolito. Se acercó y observó algunos frutos mordidos en el suelo.

- Están frescos, por aquí pasó venado – pensó.
Tomó el Winchester y lo empuñó, terminó de bajar el cerro y miró atento. Caminó unos cincuenta metros y atrás de unos eucaliptos vio un lomo gris y una cola blanca.

Silenciosamente, tomó el rifle y apuntó. Este era el diez por ciento de adrenalina. Sentir la superioridad del hombre sobre todo lo que le rodea; saber que literalmente con mover un dedo podía disponer de la vida del ser que tenía a unos metros de distancia. Era el juego más macabro del “tú o yo” que mueras tú o que muera yo, y como YO no quiero morir prefiero que seas TU quien muera para darme vida un día más.

El venado era hermoso. Levantó la cabeza y su nariz brillaba masticando la hierba. Bernabé intuía la piel suave, el pelo firme y corto, la delicada nariz y los expresivos ojos y por un momento se enterneció.

El venado no vio ni escuchó el disparo que le perforó el cráneo matándolo de inmediato.

Tenía puntería don Bernabé.

(continuará)

jueves, noviembre 16

LOS ANTICOMUNISTAS (parte I)

- ¿Sabés lo que hacen los comunistas? Si tenés un terrenito, por ejemplo, te lo quitan y lo reparten entre otros huevones que no hacen nada, te quitan todo lo que tenés, todo por lo que has trabajado, te quitan todo y te ponen a trabajar, luego no te pagan por tu trabajo sino que dan racionada la comida, la ropa, la medicina, todo, no podés comprar nada. Y luego cuando tenés sesenta años y ya estás muy viejo para trabajar, te ponen una inyección para que te murás, porque ya no sos útil, matan a los viejos. Y si estás en contra del gobierno y hablás en contra de ellos, te matan, tienen orejas por todos lados, no hay libertad de nada, ¡De nada!

Así hablaba don Bernabé Flores a los niños que le preguntaban ¿Y qué es el comunismo? Él daba su discurso como quien predica el evangelio y arremetía contra los indios. ¡Al indio hay que darle de comer en guacal y luego estrellárselo en la cara! Decía, dando a entender que no eran de fiar y que al darles la más mínima libertad se aprovechaban para exigir más de lo que se les podía dar. Y claro, luego se volvían comunistas que querían robarle su tierra que tanto le había costado.

Aunque tanto como “costarle” era decir mucho. La tierra la había heredado de sus antepasados que llegaron a Guatemala con las primeras expediciones colonizadoras. En el área del oriente de Guatemala – lo que ahora es Zacapa y Chiquimula – encontraron un clima bastante parecido al cálido mediterráneo y se establecieron allí, repartiéndose muy dadivosamente grandes extensiones, con sus pobladores incluidos.

Con el tiempo la tierra fue heredándose de generación en generación y así se fue fragmentando haciéndose las porciones cada vez más pequeñas. Aún así don Bernabé se ufanaba de tener cuarenta manzanas aptas para cultivos o ganado. La cantidad de habitantes del lugar no era muy elevada en ese entonces así que aún no había empezado el problema habitacional. Los antiguos pobladores de esas áreas fueron expulsados y tuvieron que irse a otros lados.

Ahora las cuarenta manzanas eran una montaña sin oficio ni beneficio.

De joven, don Bernabé había estudiado bachillerato, de alguna forma lo consideraba un “irse contra la corriente” de la gran mayoría de estudiantes de magisterio, luego de graduarse viajó a la capital a estudiar derecho – lo que estudiaba la gran mayoría de universitarios entonces -. No se sabe exactamente si la nostalgia por el pueblo natal, la falta de cabeza para las letras (cosa poco probable) o el ser mujeriego y parrandero (cosa más probable) le hicieron desistir de sus anhelos universitarios a los dos años y regresó a Chiquimula.

Como no encontró otro oficio tuvo que conformarse – ironías del destino – con ser maestro.

Cambió las letras por los números, era muy listo y el álgebra se le daba fácil. Como era algo difícil que llegaran bolígrafos, lápices o cuadernos al pueblo, practicaba en el patio de su casa escribiendo con carbón sobre la torta de cemento. Cuentan que a veces había problemas a los que no le encontraba solución; se iba a dormir y al día siguiente aparecía con la sorpresa que había soñado la respuesta, y efectivamente, resolvía el problema.

Cortejó y se casó con Judit Franco, una señorita de buena familia y rasgos europeos como él, que se jactaba que en su familia no había sangre indígena.

Don Bernabé consiguió plaza como profesor titular en el Instituto para Varones de Oriente INVO, se le asignó la cátedra de matemáticas, incluyendo trigonometría, algo muy avanzado para la época; sin embargo aceptó el reto con gusto e impartió la clase por varios años.

Luego vino el 44 y la revolución de octubre.

Don Bernabé no olvidó su formación universitaria, la filosofía aprendida tanto de herencia como de estudio, las historias de la segunda guerra mundial y el tamaño de la Rusia comunista hacía pensar que en Guatemala iba a haber guerra. Y ahora en efecto, se daba la revolución, así que don Bernabé tomó una decisión de vital importancia.

Un día llegó temprano a casa.

- Judit, acabo de renunciar – dijo.
- ¿Cómo así que renunciaste?
- Sí, yo no voy a trabajar para esos malditos comunistas
- ¿Y mientras, qué vamos a hacer para vivir?
- Ya veremos…

(continuará)

viernes, noviembre 10

despues de mucho sufrimiento al fin me despedí de ella...

martes, noviembre 7

No te perdono

Te perdono ser grande
te perdono que te busques
te perdono tus locuras
tus fobias, tus miedos, tus pasiones
te perdono que aún te hagas camino

Te perdono la noche
Te perdono el frío
Te perdono los muertos
porque la muerte es inevitable
te perdono el vacío que me haces sentir
porque tienes mucho de dónde llenar

te perdono aquella noche que nunca olvidaré
te perdono los idiotas con quienes has estado
te perdono la edad
te perdono las heridas

Pero no te perdono lo cobarde
no te perdono que te quedes estancada
no te perdono la abulia, la modorra
de la que no quieres levantarte

no te perdono que te mientas a ti misma
no te perdono que te vendas a quien más pague
no te perdono que te sigas matando
solo por el gusto de desangrarte

no te perdono que viéndonos, nos ignores
no te perdono que te vayas con el que más brilla
aunque por oro brille el cobre
no te perdono la indiferencia…

no te perdono la ceguera
no te perdono que no aprendas de tus errores
no te perdono que no me perdones
no te perdono que aun no te quieras

eso no, no te lo perdono

jueves, octubre 5

relax

es curioso cómo cambian las circunstancias de un momento a otro, cómo de un segundo a otro lo que puede parecer una catástrofe cambia a un hecho cómico, o a la inversa, algo que se supone divertido se convierte en tragedia como ocurrió recientemente, ya hablaré de ello.

Pero hoy no, me confieso adicto al café ("droga" dirán, "necesita tecomates para nadar" dirán, pero no me importa), una taza en la tarde después de todo el ajetreo y el estrés del trabajo es encontrar un remanso de paz en medio del huracán, el ojo de la tormenta, este post va dedicado al café que relaja, que tranquiliza, que hace ver las cosas desde otra perspectiva. Habrán cosas más fuertes, habrán cosas que en realidad agudicen los sentidos y la percepción, pero no quiero probarlos, no los necesito, solamente mi taza de café y yo solos contra el mundo. Espeso, humeante, aromático, dulce. Sólo lo supera el chocolate, pero el chocolate es más pesado.

En fin, que venga la tormenta, estoy listo.

martes, agosto 29

¿Cuántos ciclos, cuántos giros de rueda, cuántas veces empezar el mismo proceso una y otra vez?

¿Es esto un ciclo incluso o es simplemente una larga línea que no llega al final y nos inventamos lo de los ciclos para no volvernos locos con la infinidad?

¿Es la infinidad tan enloquecedora? nos sabemos finitos pero quisiéramos ser eternos, ¿Por qué? Simplemente porque queremos lo que no tenemos.

Si fuesemos infinitos e inmortales querríamos ser mortales y efímeros para disfrutar cada día como si fuese el último de nuestras vidas.

Sin embargo, guardamos cada día de nuestras vidas con mesura y congruencia, no vaya a ser que sea el último.

¿Cuántos años tarda un año? ¿Cuántos siglos, un año? ¿Cuántos milenios, un año?

¿Cuándo es demasiado pensar?

jueves, agosto 24

El espíritu del callejón

El callejón sin asfaltar, la tierra fresca, compacta. A Canelo le gustaba la sensación de la tierra fresca, era diferente al asfalto. El asfalto era muy caliente cuando pegaba el sol o muy frío cuando caía la noche, en cambio la tierra era fresca siempre, y en la noche conforme pasaba el tiempo tomaba el calor del cuerpo. A Canelo le gustaba eso, no le importaba llenarse de tierra el pelo, eso podía sacudirse después, de todos modos ya era de noche y quería dormir. Como buen perro callejero había hurgado el basurero cercano y encontró buena cantidad de comida lo suficientemente buena para comer. El hambre era una preocupación eterna para los perros callejeros, eso y el miedo a las pedradas de la gente y a las mordidas de otros perros.

Canelo resopló tranquilo, levantando una minúscula nube de polvo, pero a él no le importaba, se sentía a gusto en la tierra fresca y compacta. El callejón estaba solitario a esa hora y su cuerpo flaco se empezaba a acostumbrar a las irregularidades del terreno, compacto y fresco.

De pronto, una ráfaga de viento le sacudió el pelo, Canelo resistió el impulso de levantarse, se sentía demasiado bien para que algo perturbara su tranquilidad.

La primera gota le cayó en la costilla, grande y gruesa. Un espasmo involuntario sacudió su cuerpo en una fracción de segundo.

Otra gota le cayó en la oreja que movió instintivamente.

Luego empezó el aguacero, la tierra se tragaba el agua con sed instantánea, sed de siglos, sed de germinar las semillas que nunca tuvo, sed de olvidarse de su esterilidad forcivoluntaria.

Canelo se vio azotado por punzadas frescas, muy frescas para su gusto. Otro día tal vez hubiese aceptado el chaparrón, pero se encontraba muy a gusto y el repentino cambio le obligaba a buscar otro lugar, aunque pocos lugares fuesen cómodos bajo la lluvia, soportar la humedad, el frío, alguna correntada… no había más que buscar el asfalto o el cemento de la banqueta y salió malhumorado del callejón.

De un extremo de la calle, Emilio sentía ya el aguijón de las gotas también, caminaba por la acera lo más pegado a la pared para no mojarse, pero la lluvia caía en toda su gloria, con viento y todo. De gruesa pasó a tornarse violenta, con ráfagas de viento azotando de costado. No había remedio, salió en la mañana sin pensar que llovería, sin tomar un paraguas o una chaqueta, y ahora andaba empapado. Al empezar a llover quiso correr, pero le faltaba un buen tramo para llegar a su destino, así que de llegar empapado a llegar empapado y exhausto prefirió lo primero. Total al llegar a su casa se secaría y cambiaría de ropa.

Los zapatos se le llenaron de agua y se hinchaban, a cada paso chapoteaban, plosh, plosh, plosh.

Un rayo iluminó la escena, el trueno no se hizo esperar por mucho tiempo, estremeciendo los alrededores.

Del extremo contrario de la calle, un automóvil iluminaba apenas una fracción de horizonte. Marta manejaba muy despacio, adivinando más que viendo cómo se encogía el mundo a su alrededor. La lluvia caía torrencial y formaba pequeños ríos a ambos lados de la calle, los tragantes hacían mal su labor de recolectar el agua de lluvia por la cantidad de basura que los vecinos les tiraban. Los tragantes se tapaban, causando que el flujo de agua corriera libre por la calle buscando desagüe. Algunos vecinos habían quebrado las tapas de cemento de algunos tragantes para poder tirar mejor la basura en ellos. Costumbres de ignorancia.

Canelo seguía buscando refugio en algún resquicio que aún estuviera seco para pasar la noche. Cuando vio acercarse una sombra, el perro no pudo identificar quién era, pero había aprendido a desconfiar de todo lo que se moviera a su alrededor. Tenía el instinto de proteger su espacio vital, y con mucha justificación después de haber recibido maltratos, golpes y heridas, gritos y patadas de sombras parecidas.

Emilio se vio acercándose a una sombra de frente, pero más que la sombra, lo amenazante del gruñido le decía que no se acercara más.

Emilio se detuvo, lo único que deseaba era estar en su casa seca y tibia. En algún momento alguien le dijo que los animales podían oler el miedo, y que si salía corriendo lo más probable fuese que el perro saldría corriendo atrás de él hasta darle alcance. Pero Emilio no quería salir corriendo y francamente sentía algo de miedo.

Emilio pensó que la única solución posible era cruzar la calle para no tener que encontrarse con el perro. A lo lejos, un carro iluminaba un poco. Emilio dio un paso y vio el fogonazo de un rayo, dio otro paso y en ese instante el estruendo y la lluvia cambiaron a negro total y silencio.

Desde el punto de vista de Marta, con la preocupación de aguzar la vista hacia el frente, vio –o creyó ver- bajo la luz del rayo una silueta, una figura humana... ¿una persona? ¿un espíritu? Con una expresión de terror en su rostro, desaparecer frente a sus ojos. Después vio al mismo lugar y no había nada, se había esfumado completamente. Marta tuvo un arranque de pavor, pisó el acelerador y se alejó lo más rápido que pudo de aquel lugar.

Emilio había caído en un tragante destapado, que con la lluvia se había llenado hasta el borde, así que le fue imposible verlo en la noche bajo el agua, y mientras su mano asomaba a la superficie tratando de asirse para salir del hoyo en el que había caído, Marta empezaba a ingeniárselas para contar su historia del espíritu del callejón.

viernes, agosto 11

tal vez

Tal vez si tú fueras diferente
Tal vez si yo no fuera el mismo
Tal vez si nuestros tiempos caminaran al mismo compás
Tal vez si el camino no se hubiera torcido antes de llegar
Tal vez si tu maldita manía de arreglarlo todo no me hubiera tocado
Tal vez si mi maldita manía de dejarlo todo como está no te hubiera arruinado
Tal vez si la luz no fuera tan clara podría ver algo
Tal vez si mi oscuridad me dejara ver la luz
Tal vez si no te hubiera dicho las palabras que aún resuenan en mi lengua
Tal vez si no me hubieras clavado tus uñas en el alma
Tal vez algún día encuentre un lugar para descansar de el hastío cotidiano.
Tal vez alguien sea para ti y entienda tus problemas
Tal vez sea hora de marchar
Tal vez extrañe tus arranques neuróticos, tu soberbia, tu imprudencia
Tal vez tú tengas más agallas que yo…
Tal vez seamos el uno para el otro

sábado, julio 29

NOTA DEL AUTOR

No me he ido, pero no estoy aquí, esto que pasó han sido unas..¿vacaciones? Tal vez, si así se les pueden llamar, he de confesar que tenía un poco de miedo incluso de volver a ver el espacio negro insondable que se abre ante el insomnio esperando ser llenado de voces, todavía tengo algunas cosas que contar...

viernes, julio 21

hoy

Hoy no soy yo, soy algo, no me veo, no veo, siento, intuyo sobre mí un cielo distante y quiero levantarme, pero ya perdí la noción de los miembros, perdí los sentidos, imagino mi brazo extenderse hacia la eternidad, imagino una cabeza levantarse hacia lo alto, pero nada, quiero hablar y mi boca se confunde y se abre y se disuelve en un charco de pensamientos, en algún momento fui algo, en algún momento fui alguien.

lunes, julio 17

lluvia

sacudo mi cabeza, las ideas se sueltan, cristalizan y caen hasta romperse con agudo estruendo, veo mis manos como tantas veces tratando de secarlas en la ropa mojada, todo se escucha como si estuviese bajo un túnel de sombras jugando a ser ecos.

Fuera de la ventana, la lluvia cae...

martes, julio 4

EL CADEJO BLANCO

Armando regresaba a su casa después de un decepcionante día de trabajo. El costal a la espalda. Caminaba por las calles de su pobre barrio sin observar la miseria de los alrededores, ya estaba acostumbrado a la calle de tierra, a las casitas humildes, de block sin pintar, al débil alumbrado público que iluminaba con luz de vergüenza sobre las almas que día a día batallaban con la vida una guerra interminable en el asentamiento humano.

Eran las nueve de la noche. Armando era en ese momento el único transeúnte. En el costal llevaba su producto –barquitos de madera construidos dentro de frascos de leche-, los cuales vendía de casa en casa. Él mismo los construía, el truco era fabricar las piezas, barnizarlas y luego meterlas una por una dentro del frasco, previamente encoladas. Para esto usaba una pinza y mucha paciencia, cada pieza de los barquitos requería precisión y firmeza, sobre todo en el armado. Pero el resultado era satisfactorio. La gente se preguntaba cómo podía caber un barco entero dentro de un frasco cuya abertura era tan estrecha. Y se admiraban de lo bonito que quedaba.

Pero la venta no era fácil, la gente parecía tener el “No, gracias” en la punta de la lengua, aún sin antes ver lo que se les ofrecía. Sin tener en cuenta el trabajo y dedicación que Armando prestaba a todas sus obras. Claro que no siempre se dedicaba a lo mismo, unos días salía a comprar frascos de loción vacíos, para luego venderlos a otros que a su vez los rellenaban con preparados que semejaban, más o menos, al aroma original. Otros días recolectaba llantas para hacer caites, otros días baterías de carros…

Sin embargo, lo que entusiasmaba más a Armando eran los barquitos. Si tan sólo la gente pudiera verlos como él los veía, cada uno de ellos era como su hijito.

Aun así la gente despreciaba a sus hijitos.

O se los querían comprar demasiado baratos.

Armando caminaba tan hundido en sus pensamientos que no prestó mucha atención a la jauría que venía caminando por la acera de enfrente. Al frente de los perros iba la hembra en celo, detrás los pretendientes, todos jadeantes, unos de cansancio y otros de deseo. El primero de ellos era un perro grande que le olfateaba la cola a la perra y avanzaba queriéndola montar. La perra tal vez no estaba convencida del todo con el pretendiente. Se hacía a un lado y redoblaba la marcha. El resto de perros se revolvían tratando de ser los siguientes en la fila para probar suerte.

Cuando la comitiva canina pasó frente a Armando pasó algo raro. El perro mayor, el primero de la fila paró las orejas y miró a Armando. Posiblemente sintiéndose amenazado por la presencia del extraño. Atravesó la calle con paso decidido, gruñendo y pelando los dientes. Armando se dio cuenta cuando ya lo tenía a un metro y no pudo hacer nada.

El perro dio un pequeño salto y lo mordió en la pierna. Armando sintió la mordida/gruñido/empujón y gritó “¡Chucho!” Más con sorpresa que miedo.

El perro, después de la mordida, volvió a cruzar la calle, tomando su puesto en la persecución de la hembra en celo.

Por su parte Armando, entre confundido y adolorido vio la extraña procesión perderse al doblar la esquina, pensando “Solo esto me faltaba”.

Siguió su rumbo hasta llegar al cuarto que alquilaba. Su esposa le esperaba. Aunque decir “su esposa” era mucho. Había sido su novia, salió embarazada y Armando tuvo que hacerse cargo de ella y la criatura, a como diera lugar.

- Hola, venís tarde – le saludó.
- Hola, sí me agarró un poco… quería ver si vendía algo más
- ¿Y vendiste algo?
- Dos.

Armando colocó sobre la mesa, con cuidado, el costal con los frascos de barquitos. En un cuarto de tres por cuatro metros tenía la cama, la mesita de comedor, la estufa, un mueble para trastos, el ropero con una tele pequeñita encima, la cuna de la nena, un refrigeradorcito y otra mesa pequeña donde hacía sus trabajos. El baño estaba en el corredor y lo compartían con los otros inquilinos.

- Hay sopa de fideos, ¿Querés?
- Sí, gracias, solo como y salgo… - Y como quien dice nada. - Me mordió un chucho.
- ¿Cómo así?
- No se cómo. Se tomó la molestia de atravesarse la calle solo para morderme. ¡El condenado!
- Vamos a ver, ¿Dónde te mordió?

Armando se levantó de la silla y le mostró la pierna izquierda. En efecto, a medio muslo estaba rasgada la tela del pantalón, y debajo, marcados, los dientes delanteros. Parecía un pellizco y se empezaba a inflamar. De uno de los extremos del pellizco corría un hilo de sangre.

- Sí te mordió pue. – dijo su esposa – Vas a tener que ir al centro de salud. Vaya que no te mordió más arriba o te desinfla la nalga y te quedás con llanta pache. Te voy a echar un poco de alcohol mientras.

Armando se tomó la sopa parado en lo que su esposa le limpiaba la herida. La cena caliente lo hizo sentir mejor, confortado.

Después de la cena salió hacia el centro de salud. Siempre había algún doctor y enfermeras de turno en caso de alguna emergencia, además quedaba cerca, podía llegar a pie. Ya habían visitado el lugar anteriormente cuando su hija se había enfermado. Aunque comprar la medicina era otra cosa. Armando recordaba las noches que habían pasado en vela tratando de bajarle la fiebre, adivinando qué podría tener malo, deseando que la nena pudiera hablar para decirle “me duele aquí” pero nada, los bebés solo lloran. A veces les cortaban la luz y tenían que alumbrarse con candelas.
La noche le jugaba sombras a sus espaldas, las sombras jugaban a esconderse entre las paredes de las casas, trepaban por los tejados y se descolgaban, goteando, sobre su cabeza. Se hacía tarde.

Armando estaba acostumbrado a caminar solo y de noche, se sentía bien, a pesar de la mordida, pero tenía que cerciorarse que no fuese nada malo. Uno nunca sabe con los perros callejeros. La rabia…

Algo hizo que Armando detuviera su marcha y se detuvo. La calle frente a él estaba solitaria, no había nadie y estaba seguro que algo lo estaba siguiendo y volvió a ver.

Era un perrito.

“¡Un perro!” Pensó Armando después de un hondo suspiro. Era blanco, sin manchas, no muy alto, de orejas puntiagudas y pelo corto, no parecía perro callejero, era muy bonito. Pero Armando no estaba para perros.

“¡Chuchooo!” gritó amenazante, pero el perrito no se movió.

“!Shhhoooo!” dijo, ahora acompañado de un brinco con todo y zapatazo. El perrito lo veía con curiosidad, giró su cabeza, pero no dio un paso.

Armando siguió caminando una media cuadra y volvió la mirada. El perro iba tras él, aproximadamente a la misma distancia de antes, unos tres metros.

“Me viene siguiendo” pensó.

Armando no era gran amante de la idea de tener mascotas, pero si algún día tuviera la oportunidad de mantener una, seguramente le gustaría tener un perrito como éste.

“Pero bueno, me acaba de morder uno, tal vez hasta tenga rabia, lo único que me falta ahora es que me muerda otro” dijo para sí mismo y siguió caminando.

“Las cosas de la vida, uno se parte la espalda sentado trabajando, se quema los ojos tratando de armar los barquitos, que no se corra la goma, que no se despinte, que hay que presionar lo suficiente para que pegue bien. Luego uno se gasta las suelas hasta quedarse con las patas peladas caminando para que nadie compre nada. ¿Y todo para que? ¿Para esto?”

“Lo peor es tener que quitarse la vergüenza para ir de casa en casa, y ver las caras de toda esa gente que tiene tanto, que en un cuarto tienen lo que yo tengo por casa, llegar a ofrecerles un adornito, una cosita sencilla aunque hecha con amor. Pero nadie lo aprecia.”

“Y encima de eso uno se expone a que lo asalten, a que venga cualquier sinvergüenza ladrón y le quite a uno lo poco que se ha ganado a punta de cuchillo. Y yo diciendo que me da vergüenza vender de casa en casa, gracias al Cielo que trabajo honradamente para mis frijolitos. ¡Vergüenza es robar!”
Armando entró de muy mal humor al centro de salud. Pero antes de entrar volvió a ver. El perrito iba a la misma distancia, se detuvo al mismo tiempo que él y se quedó sentado. Sin quitarle la mirada.

En el centro de salud tomaron sus datos, lo examinaron, curaron la herida. Armando dio la descripción del perro agresor y el médico le indicó que tratarían de rastrear al perro, en caso de encontrarlo lo pondrían en observación. De todos modos no se salvó de la inyección antitetánica, ni de la primera inyección de las siete antirrábicas que le tenían que poner, una diaria, por los próximos días.

Al salir de la clínica era casi medianoche y Armando echaba chispas.

Empezó a andar a paso ligero, no le hacía gracia caminar por esas calles a esas horas en el barrio marginal, y empezaba a preocuparse, anduvo en silencio y por pura curiosidad volteó el rostro solo para ver al perrito blanco que lo seguía.

- ¡Por tu culpa! – empezó a hablarle al perro en voz alta, para acompañarse un poco – Bueno, no por tu culpa, ¡Pero por tu raza! Ahora estoy mordido, pinchado, desvelado y sin un centavo. No vendí casi nada el día de hoy y eso que caminé como bestia. ¡Y vos tan tranquilo! Así se aparecen, como si no rompieran un plato, pero así son, primero se ven mansitos y luego cuando ya tienen la confianza de uno ¡Zas! Pegan la tarascada. Así como vos, bonitos, mansito y todo, y eso que no te he dado nada, si te doy un pedazo de pan viejo ya estuvo que nunca te fuiste y luego tengo que dejar de comer por darle al chucho.

Armando estaba fuera de sí, regresó dos pasos y amagó con patear al perrito. Levantó la pierna, pero el animalito tenía la mirada inocente, dulce, tan dulce e inocente que Armando no tuvo más remedio que bajar la pierna y compadecerse.

- ¡Chucho cabrón¡ ¿Quién sos? ¿Te fugaste de algún lado? ¿Te fuiste y no hallaste el camino de regreso? Tal vez estás perdido y alguien me da recompensa por entregarte..

El perrito se sentó y lo miraba atento, parecía escuchar y comprender todas las palabras de Armando.

Pero los perros no hablan. Armando se dio cuenta de lo tonto de la situación y siguió su camino. Aunque había algo que le parecía extraño. En todo el camino de ida y de regreso no encontraron a nadie más, humano o animal.

Llegó a su casa donde su mujer le hizo un lugar para dormir y se cobijó con la esperanza de un mañana mejor, de que algún día su suerte cambiaría, que todo sería diferente. Casi estaba dormido cuando lo asaltó una última curiosidad. Salió a la calle por última vez para verificar si estaba su perro acompañante. Pero la calle estaba vacía, se había ido.

Al día siguiente Armando le contó su extraño viaje a una señora vecina, ya vieja, la señora lo escuchó asombrada y al final le dijo
- ¡Lo dejó ir! ¡Lo tenía enfrente y lo dejó ir!
- ¿A quién? ¿Al chucho?
- ¡Sí! – decía la señora emocionada - ¡Era el cadejo blanco!

Armando jamás había escuchado hablar de él.

- No, usted está confundida, el cadejo es negro, con patas de cabra y ojos rojos, que parece que echara fuego. Este era blanco, chiquito, hasta bonito era.
- ¡Sí! Pues ese era el cadejo blanco. El negro es el que cuida a los borrachos y es el puro demonio. En cambio el blanco es un ángel que se le aparece a la gente honrada y los cuida. ¡Y dicen que al que lo toca se le convierte en una fortuna allí mismo en sus manos! ¡Pero usted lo dejó ir, baboso!

martes, junio 27

YA NO ME ACORDABA

Abrí una gaveta de fierros viejos buscando un martillo. Estaban haciendo unos arreglos en la sala para colgar unos cuadros y corrí a la gaveta, entre todas las cosas amontonadas estaba la navaja, ya se me había olvidado su existencia, la puse allí para que se oxidara, para no recordar que hace algunos años era mi compañera debajo de la almohada. Por las noches la empuñaba y la acercaba a mi cuello pensando "Esta sera la última noche". Imaginaba la hoja cortando de un tajo, con furia, venas, cartílagos, piel y músculo, la sangre caliente bañando las sábanas hasta que la vida se me escapara, alucinando haciéndome pedazos, pensando "lo voy a hacer, lo voy a hacer, lo voy a hacer, lo voy a hacer, lo voy a hacer..."

- ¿Ya lo encontraste? gritaron desde la sala.

Cerré la gaveta despacio y volví .

- No, no está.

viernes, junio 23

EL VELORIO

Doña Amparo Arriaza tiene los ojos cenizos por la catarata, en su tiempo fueron de un hermoso color avellanado, tiene sesenta años y enviudó hace veinte de su esposo que le llevaba quince. En realidad cincuenta y cinco es una edad relativamente joven para morir, ella me cuenta que las dos cajetillas que don José fumaba diariamente pueden haber sido un factor determinante en su temprano fallecimiento. Aparte de la vida que llevaba, bastante activa.

"Era doctor – me cuenta -, y de los buenos, tenía su clínica privada que atendía por la mañana y en la tarde iba a la clínica del Seguro Social donde trabajaba medio tiempo, mucha gente lo conocía, era bueno con los pacientes, los trataba bien, tenía dulces para darle a los niños y a los grandes les regalaba muestras de medicinas que le llevaban los visitadores médicos, yo me entretenía viendo las cajitas de las medicinas y me memorizaba los nombres; fenilbutazona, dextrometorfano, cloralfernicol, benzodiazepina, los decía una y otra vez, como trabalenguas. La noche del velorio llegaron miembros del Colegio de Médicos, dijeron un discurso muy bonito, también hicieron guardia de honor frente al féretro por una hora.

Los sábados daba clases en la facultad de medicina de la universidad, en la cabecera departamental. Yo también soy maestra, ¿Sabía usted? Pero como me casé nomás después de graduarme, tuve mis hijas y ya suficiente trabajo tuve con la crianza, además, José nunca me dejó trabajar, ¡Era celoso el hombre! Me decía que las maestras aparte de chismosas, tenían sus compañeros maestros y Dios guarde que alguno se fuera a fijar en mí, de repente lo dejaba a él por uno más joven que él, decía, y más con que yo era cotizada entonces, pero siempre le fui fiel, le hacía caso a todo lo que me ordenaba. Incluso después que murió nunca tuve otro hombre, jamás.

Sus alumnos de la universidad llegaron al velorio, dijeron un discurso muy bonito y le hicieron guardia de honor por una hora.

Fíjese lo que son las cosas, era doctor y aun así nunca dejó de fumar. Nunca creyó que el cigarro le fuera a hacer mal, la tarde que murió se sintió indispuesto y se fue a descansar, tal vez ya sabía que era su último día, una hora después de haberse ido a la cama lo encontré muerto, morado, el parte médico decía “infarto agudo del miocardio”. ¡Eso fue amargo!

Al menos no murió como mi hermano Napoleón, el pobre Napo pasó un año en cama agonizando con la diabetes, para él la muerte fue un descanso, para él y para todos los que lo atendíamos.

Era raro que saliéramos a algún lugar, casi siempre visitábamos a conocidos de él o él traía visitas a la casa y me traía algo para cocinarle, le gustaba mucho el conejo encebollado. Recuerdo que cuando recién casados yo no podía cocinar nada, se me quemaba hasta el agua. Pero poco a poco fui aprendiendo, además – pueblerino que es uno que no se le quitan las mañas – nunca me gustó ir a restaurantes, recuerdo la primera vez que fui a uno, era muy elegante por cierto, pero cuando vi los cubiertos y me imaginé cuánta gente podía haberse metido ese tenedor a la boca me dio asco y se me quitó el hambre. La noche del velorio tuve que cocinar mucho, me ayudaron mis hijas, hicimos tamales de coche, pollo guisado, caldo de gallina para los desvelados, el patio de la casa era un matadero, siempre teníamos animales en el patio como casi todos en el pueblo, mi comadre Vila también me ayudó.

¿Sabía usted que José era masón? ¡Y tenía grado alto! Se reunía con los miembros de la logia tres veces por semana, ellos mantienen todas sus reuniones en secreto. El mayor tesoro para un masón es poder guardar secretos, yo nunca supe de qué trataban sus reuniones, pero José era muy respetado por la logia. Para el velorio llegaron todos los miembros de la sucursal departamental, dijeron un discurso muy bonito y le hicieron guardia de honor.

Como se podrá imaginar, por el hecho de ser masón, José no asistía mucho a la iglesia. No era que no creyera en Dios, él creía, sólo que a su manera.

Pero se burlaba de la religión. Una vez hubo un gran escándalo porque conseguimos un perrito y José le puso de nombre “Barnowsky”, ese era el apellido del párroco de la iglesia, era polaco. ¡Hubiera visto cómo se puso el padre cuando se enteró! En el púlpito se ponía el padre a gritar “¡Hay un infeliz en el pueblo que le puso mi nombre al chucho! ¡Es un ateo, un hereje, un apóooostata! Se ponía colorado y echaba espuma de bravo. José se reía nomás cuando le contaban de los berrinches del padre Barnowsky y jugaba con su perrito. A pesar de eso llegó gente de la iglesia al velorio, dijeron un discurso muy bonito y llevaron coronas de flores.

Yo estaba atareadísima con eso de atender a tanta gente que llegaba a visitar, allí andaba yo acarreando la pérdida de mi marido y recibiendo los pésames, pero también tenía que ir a la cocina a ver cómo iba la cosa, el caldo, los tamales, el café, chocolate caliente, los panes, había que lavar los trastos sucios y las ollas iban y venían, yo de vez en cuando me sentaba en un sillón a llorar un ratito para después seguir la faena, en una de esas idas y venidas me senté en el sillón, estaba muy cansada. En eso escuché a Carmen Lobos, una vecina que era conocida por ser de cascos ligeros, flaca, zarca, entre toda la gente no me vieron que me fui a sentar allí cerca y alcancé a oír que decía “Ay tan chulo que era don Josecito, precisamente ayer en la mañana me llegó a visitar antes de irse para la clínica, andaba bien juguetón, me regaló un mi vestido, me daba besitos, no se quería ir. Yo le decía – Josecito ya andate a trabajar – y él me decía – No, me voy a estar otro ratito aquí contigo, no me quiero ir todavía – como si supiera que ese día era el último que nos veríamos, me abrazaba bien fuerte. ¡Ay cómo lo voy a extrañar!”

Desde ese momento dejé de llorar al hijo de puta".

domingo, junio 18

ALMA (V)

Pasaron varios días, Jorge no se inmutó por lo que él creía un pretexto pueril para que Alma se deshiciera de él, y su orgullo le impidió llamarla; ahora era responsabilidad de ella si deseaba volver a verlo.

Pero Jorge nunca dejó de visitarla. Todas las noches, se dirigía a la calle de los túmulos, frente al 11-25, se sentaba en la acera de enfrente y veía las luces de la casa encenderse y apagarse. Nadie sospechaba que él visitaba la casa, imaginando qué haría ella adentro, qué haría el resto del tiempo, de día, de noche. A veces creía ver a través de la cortina una silueta y pensaba ¿será ella? Solo cuando todas las luces se extinguían regresaba a su casa.

Una mañana Jorge estaba solo en la librería, tenía que fotocopiar un libro de doscientas hojas y eso le daba mucha pereza, el pasar de hoja a hoja, presionar el botón, sacar la copia y vuelta a la página, además la máquina emitía un siseo que lo adormecía.

El timbrazo del teléfono lo sacó de su sopor.

- ¿Aló?
- Alo, ¿Habla Jorge? – era una voz femenina.
- Sí, ¿Quién es?
- Habla Gaby, soy la hermana de Alma.

Jorge se extrañó de la llamada, nunca había hablado directamente con ella.

- Hola, ¿Cómo estás?
- Allí, más o menos, ¿Por qué ya no has llegado a la casa?
- He tenido mucho trabajo – mintió - ¿Cómo está Alma?
- De ella quería hablarte, está mal.
- ¿De veras? ¿Qué tiene?
- Tiene migraña, no se le quita el dolor de cabeza, no duerme bien, no quiere comer. ¿Sabías que estuvo en el hospital?
- No, no sabía.
- Sí, por los dolores de cabeza, le hicieron exámenes, le sacaron tomografías y cosas de esas, pero todaviá no hay resultados. También dicen que es posible que por todo lo que tiene que hacer en el instituto con las tareas y todo eso tiene mucho estrés, últimamente no ha ido.

Jorge se compadeció de ella, hubiera querido tenerla cerca.

- Que mal, no sabía, pero ya está bien ¿verdad?
- Pues allí anda, ya está en la casa, pero hay otra cosa fijate – dijo Gaby.
- Dime.
- Es algo raro, pero yo creo que es cierto, te lo voy a decir pero no te vayas a burlar de esto, ¿Está bien?
- Está bien, te prometo que no me burlo.
- No sé si Alma te contó de un novio que tuvo, al que mataron.

Alma nunca le dijo a Jorge que el fallecido era su novio.
- Algo me contó de eso.

Gaby bajó la voz, compungida.

- Fijate que se le aparece.
- Mierda
- ¿Perdón?
- Nada, se trabó la fotocopiadora, ¿Qué me decías, que se le aparece?
- Sí, no se cómo, pero ella dice que se le aparece en sueños y le habla, o que lomira en su cuarto, que se queda parado en la puerta del cuarto y se le queda viendo, yo creo que más que todo esa es la razón por la que no come ni duerme, y se la pasa con los dolores de cabeza.

Jorge se sintió transportado a un mundo extraño, donde cosas inanimadas podían cobrar vida, que había atravesado un umbral hacia otro espacio completamente diferente. Pero tenía que volver a poner los pies sobre la tierra, pensar razonablemente.

- ¿Y eso lo saben tus papás? Fue lo único que atinó a preguntar.
- No, solo yo lo sé, ella me cuenta a mí las cosas, si no olvidate, de una vez la declaran loca, pero yo sí creo que es cierto.
- Bueno pero si no se lo has contado a tus papás por lo menos a alguien que sepa algo de esas cosas, ¿alguien de la iglesia?
- Tal vez podríamos decirle a alguien de la iglesia, pero no está poseída, solo es el espíritu de él que no la deja tranquila.

Jorge no podía creer que estaba teniendo una conversación de esa naturaleza. Él nunca había creído en espantos ni espíritus.

- Yo quiero pedirte un favor – dijo Gaby. –Ella te quiere mucho a tí y creo que le haría bien verte. Mis papás no dejan entrar hombres a la casa pero yo le hablé de tí a mi mamá y está de acuerdo que vengas a visitarla, eso le haría bien. ¿Será que puedes?
- Está bien – dijo Jorge, convencido que las dos estaban chifladas, “pero si eso hace que Alma se sienta mejor, iré” pensó, además tendría pretexto para verla.
- Gracias, puedes llegar a la hora de siempre, yo te abro la puerta, no te preocupes que ya tienes permiso para entrar, Hasta pronto.
- Adiós.

Jorge colgoy renovó la tarea de copiar su libro, el papel efectivamente se había atascado en al fotocopiadora y tuvo que agacharse a destapar el panel lateral para sacar los pedazos de papel que habían quedado trabados entre los engranajes. No se dio cuenta que alguien había entrado al local aprovechando que era hora que no había nadie. Ni siquiera necesitaba vehículo, podía llegar e irse a pie. Jorge se levantó y vio una cara familiar, había llegado un par de veces antes a comprar alguna cosa sin importancia. El individuo se levantó la camisa y sacó el arma. Jorge lo comprendió todo.

En su dormitorio, Alma sufría con la terrible migraña, postrada en su cama sintió el estampido y el estruendo llegó a su corazón y se estremeció. Un escalofrío le recorrío el cuerpo erizando el vello de sus brazos, y antes de explotar, su carita de virgen dolorosa anegada en llanto, solo pudo suspirar “otra vez”.
FIN

miércoles, junio 14

ALMA (IV)

Supongamos que tenemos un vaso con agua y le echamos arena, si agitamos el agua todo el contenido del vaso se mueve y da vueltas por todos lados, sigue así por un tiempo mientras se asienta y luego cuando se serena, la arena vuelve al fondo del vaso, todo vuelve a la normalidad.

Para Alma encontrar a Jorge había sido como “agitar las aguas”, se le habían alborotado las ideas, las hormonas, el horario, entre otras cosas.

Todo fue bien por un tiempo, aparte de compartir su afición por los dibujos animados, tenían cosas en común, y si había algo en lo que no estuvieran de acuerdo siempre analizaban los pro y los contra de la situación y llegaban a alguna conclusión neutral.

Ahora Alma ya casi no iba a la librería, era Jorge quien la buscaba, a las seis y media, cuando salía del trabajo, religiosamente a ver a su virgen paciente.

Pero Alma a veces se comportada retraída, miraba por largos ratos al vacío como perdida, Jorge lo notaba pero no le hacía mucho caso, a veces ella hablaba sola sin darse cuenta y luego decía “A veces pienso en voz alta”. Y a veces se comportaba francamente terca.
Una de esas noches, Alma le hizo a Jorge una pregunta rara:

- ¿Qué sería lo peor que te pudiera hacer?

Jorge no entendió la pregunta.

- ¿Cómo así?
- ¿Qué sería lo peor que te podría hacer? Algo que te hiciera enojar o que te lastimara.

Jorge pensó por un momento.

- ¿Me piensas hacer algo?
- Contestame- dijo Alma.
- Lo peor que me podrías hacer es… no se, burlarte de mí, hacerme alguna broma pesada…-después de una larga pausa- cambiarme por otro.

Alma no dijo nada, se quedó viendo al frente, a la nada, a Jorge ya se le estaba haciendo habitual eso.

- ¿Por qué la pregunta? - Dijo Jorge.
- Por nada, pensaba decirte algo, pero no importa.
- Ahora ya empezaste, tienes que terminar.
- No es nada, de veras.
- Pero si me preguntas eso es porque era algo importante, ahora dímelo.
- Que no, son locuras mías.

Jorge se empezaba a impacientar.

- ¿Cómo podés preguntarme qué es lo peor que me podrías hacer? Es porque lo estás pensando, o ya hiciste algo que me vas a lastimar. ¿Hay otro?
- No
- ¿Me vas a hacer alguna broma?
- No
- ¿Pensás burlarte de mí?
- No
- ¿Esto va para algún lado o solo es un chiste para picarme?

Alma endureció sus facciones y lo miró seria, Jorge nunca la había visto tan seria. Se le ocurrió otra pregunta.

- ¿Te prohibieron verme?

Alma no contestó.

- ¡Eso es!- dijo Jorge. – Tus papás te prohibieron que nos sigamos viendo, ¿es eso?
- Me prohibieron verte, pero no mis papás
- ¿Entonces quién? ¿Tus hermanos?
- No

Jorge no entendía, ¿Quién podía tener suficiente autoridad para prohibirle verla, aparte de su familia?

- Alma. ¿Quién?

Alma se sentía incómoda.

- Alguien. Pero no importa, igual ya que más da.
- Pero sino es tu familia entonces, ¿Alguien de la iglesia? –preguntó Jorge
- No. Bueno, te voy a contar, pero es una historia tonta, estúpida.
- A ver.
- Mira pues, hace tiempo había un tipo que me quería caer, me encontraba en la parada del bus, cuando salía del instituto, al principio se me quedaba viendo, yo nunca le hice caso; un día llegó y me habló. Yo por estúpida le di plática y después ya no me lo podía quitar de encima, pero entonces no me había hecho nada todavía.

Alma continuó: “Nos hablábamos, nos hicimos medio amigos, pero un día por curiosidad le tomé el celular y al ver el directorio tenía anotados los nombres y números de teléfono de todos mis amigos, yo nunca le hablé siquiera de ellos. Desde entonces le tuve miedo, le dije que no quería ser nada de él y se volvió amenazante, me dijo que si yo no iba a ser su novia me iba a hacer la vida imposible.

No se cómo le hacía pero averiguaba cada cosa que hacía; dónde estaba, adonde iba, con quién estaba… era horrible, no me quería, solo me quería fastidiar la existencia, era un capricho.

- ¿Y se enteró que tu y yo andamos juntos?
- Sí
- ¿Y porqué habría de tenerle miedo? Yo me puedo defender, no te preocupes por eso, no soy manco, yo también tengo amigos.

Alma se puso triste.

- Es que se pone peor.
- ¿Qué tan malo puede ser? Dijo Jorge.
- ¿Te acordás que hace como año y medio mataron a un chavo en esta cuadra?
- Sí
- Era mi amigo.
- En serio
- Sí, lo quería mucho, una noche después que me vino a ver alguien se le acercó en una moto y le disparó. Yo fui la última persona que habló con él.

Jorge se quedó mudo.

- Me costó mucho reponerme, yo escuché los balazos y cuando llegaron los bomberos salí a verlo. Le hicieron pedazos la cara, los sesos estaban regados en la acera, esa impresión nunca me la voy a borrar de la mente. ¿Conocés el periódico “La Extra”, ese donde se miran las fotos de los muertos así con sangre y todo? Conseguí una copia y la guardé, todavía la tengo.

- ¿Pero cómo podés guardar una foto así? Eso es malo, nadie debería recordar a un muerto de ese modo. – Jorge conocía las fotos del pasquín amarillista y sabía que eran muy impactantes.

- No sé, es el único recuerdo que tengo de él, a veces en las noches recuerdo la escena y me pongo mal, me cuesta dormir.

- ¿Y estás segura que fue el tipo que dices?

- No lo pude confirmar hasta hace poco, me llamó y me dijo “Ya sé que tenés un nuevo amiguito, y si no querés que le pase lo mismo que al anterior mejor si lo dejás”. ¿Ves? Ni siquiera puedo tener amigos.

- Eso no prueba nada – dijo Jorge.

- ¡Ay Jorge! Yo lo conozco y sé lo que puede hacer, me llamó sin haberle dado mi número, de alguna manera lo averigua todo.

- ¿Y qué es? ¿Narco? ¿Mafioso?

- No sé, conoce gente, tiene contactos, no hace las cosas solo sino que manda gente. ¿Sabes algo? Te quiero mucho y no quiero que te haga daño, y por eso prefiero que terminemos.

A jorge se le abrió una grieta en el suelo, sintió que iba a caer.

- ¿Qué?
- Te quiero mucho y prefiero verte de lejos y saber que estás bien a tenerte cerca y volver a pasar por lo que ya pasé, no es nada agradable.
- ¿Estás terminando conmigo? ¿por un idiota que ni siquiera sabes de dónde salió ni qué es lo que hace?
- Sí, es mejor, creeme que no es fácil para mí pero solo con saber que te tengo lejos, pero vivo, ya me siento contenta.
- ¡Que consuelo!
- Adiós Jorge.

Alma entró a la casa sin mayor ceremonia y lo dejó allí parado, seco y atónito.

Jorge caminó a su casa tratando de barajar y poner en orden todo lo que acababa de escuchar, si bien conocía la historia del asesinato, y podía ser que fuera amigo de Alma, la historia del desconocido asesino era tan irreal que simplemente no podía creer que existiera alguien con tanto alcance para averiguar datos personales como nombres y números de teléfono de personas que no conocía, y menos de ejercer tanta influencia en alguien, de dominar su vida al punto de decidir por ella sobre sus relaciones, era ridículo.

Ahora cabría imaginar algo más natural, por ejemplo, que los padres le prohibieran salir con él, en ese caso se comprende, que pueden ser estrictos y prohibirle los novios a las hijas, es normal y hasta comprensible.

Otra opción no tan agradable – ninguna era agradable en realidad – era que, efectivamente, Alma saliera con alguien más y le inventara la fantasiosa historia sólo por salir del paso. Él se sentiría seguro de no perder el pellejo a manos del pretendiente misterioso, contento con su amor de lejos, creído que ella lo amaría igual aunque no se vieran, mientras ella feliz y contenta con nuevo novio. Total ojos que no ven corazón que no siente y de todos modos ella tenía todo el día para hacer lo que quisiera mientras él solo la veía por las noches.

Lo único que no le cuadraba era que Alma guardase una foto del pobre cadáver, seguramente en una mueca horrible o completamente desfigurado, lo cual le llevaba a la peor conclusión: ¡Alma estaba loca!

(continuará)

sábado, junio 10

ALMA (III)

El once guión veinticinco, en la calle de los túmulos, no era una calle, era una avenida en realidad, le llamaban así por la cantidad de túmulos que había sobre ella, en promedio dos por cuadra, las protuberancias de cemento detenían el tránsito de vehículos. Los vecinos lo habían decidido así para la seguridad de sus hijos, para que los autos que circularan por allí tuviesen que bajar la velocidad obligadamente.

Alma estaba recostada en su cama escuchando música, eran las seis y media, ella sabía que Jorge cerraba a las seis y la librería no estaba muy lejos, contaba los minutos y salía a menudo a ver por la ventana que daba a la calle, su dormitorio estaba en el segundo nivel y desde allí tenía una buena visión de la calle y sus alrededores.

Alma estaba en una etapa de su vida en la que podía comportarse como una niña consentida, hacer travesuras y salirse con la suya, dando la imagen ante los demás de ser una joven responsable y discreta, eso no quiere decir que fuera una libertina, pero sabía usar el privilegio de su edad portándose bien la mayoría del tiempo para poder darse permiso de portarse mal de vez en cuando sin ningún remordimiento.

Sin embargo, su libertad le era contradictoria a veces, era la menor de tres hermanos y se sentía muy cómoda en el seno hogareño, pero deseaba aventurar, ser más independiente, aun así, como los cachorros que empiezan a separarse de la manada, también a veces se sentía excluida o marginada por su familia, ella misma se excluía voluntariamente muchas veces.

En alguna de sus escapadas quiso alzar vuelo y como es natural al no poder volar bien, cayó y se lastimó, tuvo algún percance anterior pero se sentía recuperada y con ganas de volver a tomar vuelo.
A todo esto Jorge llegó a la casa, el 11-25, una casita de dos niveles, pintada de blanco y con un pequeño jardín a la entrada. Recordaba que hacía un año más o menos habían asesinado a alguien al fondo de la calle, pero por lo regular esa zona era segura.

Tocó el timbre.

Esperó unos segundos y apareció alguien tras la ventanita de la puerta, parecida a Alma, pero mayor, seguramente la hermana, “una versión anterior” pensó Jorge.

- ¿Qué deseaba? Preguntó
- Buenas, ¿Estará Alma?
- ¿Quién la busca?
- Jorge.

Alma había escuchado el timbre, pero esperó a que saliera su hermana antes.

Alma salió y lo recibió en el jardín de la entrada – no le daban permiso de entrar hombres a la casa –, sacó un par de sillas plásticas y sus cuadernos, Jorge le explicó los casos de factorización; agrupación de términos, suma de cuadrados, trinomio cuadrado perfecto…

Transcurrió como una hora, tuvieron que encender la luz de la entrada para ver mejor, Jorge se iba sintiendo cada vez más cómodo, pero se derretía ante las nuevas sensaciones – sentir de cerca la respiración de Alma, ver sus manos pequeñitas y morenas mover las páginas de los libros, cada parpadeo de sus ojos, su voz suave y dulce y su rostro de virgen concentrada.

En un momento entre una y otra explicación, preguntas y respuestas, se vieron fijamente a los ojos, él sostuvo la mirada, ella sostuvo la mirada, quedaron silenciosos.

Jorge se acercó a ella instintivamente.

Ella dijo en un susurro “No”.

Pero a él no le importó, se siguió acercando hasta que sus labios se tocaron, la besó y ella le devolvió el beso. Sus labios eran tan suaves, eran tan suaves como labios, cualquier comparación se queda corta; la seda raspa, el terciopelo es sucio, eran labios con sabor a labios y suaves como labios, húmedos y tibios, labios en toda su gloria.

El beso no tardó mucho, luego de eso los dos quedaron callados y viendo hacia abajo, como avergonzados.

- ¿Te puedo preguntar algo? Dijo Jorge.
- Dime
- Hace unos días, cuando llegaste a la librería y te hice el comentario de tu camiseta, ¿Qué quisiste decir con “Te la presto”?

Alma sonrió y lo vio divertida.

- No se, fue lo primero que se me ocurrió, además, a ti no se te ocurrió preguntar algo más interesante.
- Cierto, pero estaba nervioso.
- Al menos hablaste, tenía meses de llegar a la librería con cualquier pretexto; comprar un borrador, un lapicero, cualquier cosa, aunque no lo necesitara.

Jorge se sintió avergonzado, ¡Todo el tiempo ella había querido llamar su atención y él se había tardado tanto en reaccionar!

- Perdona, creo que no me había dado cuenta. – dijo Jorge después de un rato.
- Y tú siempre tan serio, amable pero formal, yo arreglándome lo mejor que podía para que te fijaras en mí, pero como que te cuesta un poco entender las señales.

Jorge entendió que todas las veces que la había visto, todas las visitas que hacía a la librería habían sido calculadas por ella.

- últimamente decidí ser más directa, por lo visto funcionó pero no se supone que una mujer deba dar el primer paso.

Alma pensó: “Y ya me estaba cansando de rogar un poco de atención” pero se contuvo.

- Bueno- respondió Jorge, - Te prometo poner más atención a tus señales.
- ¡ALMA!

La voz era de la hermana de Alma, acababa de asomarse por la ventana.

- ¿Qué? Respondió Alma, algo molesta por la interrupción.
- Mi mamá anda preguntando por vos, dice que te entrés.
- Voy.

Por esa noche se despidieron.

jueves, junio 8

ALMA (II)

Sin embargo pasaron varios días para que lo volvieran a “pescar”, y no siempre se dan las condiciones ideales, ese día en particular Jorge tenía mucha gente en el local pidiéndole distintas cosas: bolígrafos, crayones, cuadernos, láminas, papel español, fotocopias, Jorge trataba de atender a todos lo mejor que podía.

- Mire, quiero que de esta hoja me saque diez copias tamaño carta, y de esta otra diez tamaño oficio, son para unos exámenes-. Decía un señor de traje, seguramente un profesor.

- Ala porfa, yo solo quiero un lapicero que pinte bonito, de algún color bonito, no muy grueso pero tampoco muy fino, mejor si tiene tinta perfumada.-. Le pidió una muchacha de unos quince años, vestida toda de rosado y con aires de modelo, aunque era más fea que la mona (que aunque se vista de seda…)

Jorge le dio el lapicero más rosado que pudo encontrar y la niña se fue muy contenta.

- Buenas, necesito un diccionario inglés/español, el más barato que tenga.

Sale un diccionario.

- Hola, fíjese que a mi hijo le pidieron unos materiales para una manualidad, necesito un ciento de paletas de madera, un frasco de goma blanca, un pliego de papel de china rojo, un pliego de papel de china verde, brillantina y papel arcoiris perforado.

- No tengo papel de china rojo, le ofrezco anaranjado.

- Esta bien, démelo- dijo el señor.

- Hola Jorge-. Dijo una voz y Jorge la reconoció de inmediato, era Alma.

- Hola, ¿Cómo estas?

- Bien, aquí visitando, ¿Estás muy ocupado?

Jorge buscaba en las estanterías las cosas que le habían pedido.
- Más o menos, pero dime en qué te puedo ayudar.- Decía mientras le daba las cosas al señor y hacía las cuentas en su mente.

- En mucho…

- ¿Qué?

- Nada, tengo una tarea del instituto y necesito hacer unos carteles para exponer, así que necesito tres pliegos de cartulina blanca, un pliego de cartulina negra y otro de cartulina azul… y….

- ¿Y? dime.

- Es que…- Alma dudaba, - no sé, pero bueno…

- ¿Qué es?- A Jorge le empezaba a picar la curiosidad y se le aceleró el corazón.

- ¿Tú sabes algo de álgebra? - dijo al fin.

Él pensó que era algo más importante.

- Sí, era muy bueno para el álgebra en el bachillerato.- Dijo, no sin decepcionarse un poco

- Entonces me puedes explicar algo de factorización y trigonometría, es que no entiendo nada.

Jorge ordenaba los pliegos de cartulina, los enrollaba con mucho cuidado, pegados con cinta adhesiva lo más cuidadosamente posible, hasta ese entonces no se había fijado en cómo iba vestida, cómo toda ella irradiaba una luz intensa, cómo se sentía elevado sobre una minúscula nube y caminaba por los aires cada vez que veía su rostro y se perdía en sus ojos. Daba saltos en su nariz pequeñita y perfecta y aterrizaba en sus labios, los labios que lo hacían delirar. Alma se apoyaba en el mostrador y su cabello bailaba sobre el vidrio.

- Claro pero…

Acababa de entrar una vieja que a él le pareció de lo más inoportuna.

- ¡Buenas joven!- Gritó como si no hubiese nadie – Fíjese que quiero hacer mis propias tarjetas de presentación y quiero saber si tiene papel lino.

- Ehh sí tengo-, Jorge bajó de la estantería un paquete de papel tamaño carta de distintos colores, -Escoja el que más le guste.

Entró un par de niños con uniforme de algún colegio, y luego otra señora.

Alma se iba.

Jorge maldijo su suerte por no poder hablar con ella con la comodidad del caso, pero no había mucho que pudiera hacer.

- Este color me gusta -, dijo la señora sacando una hoja color salmón, -¿Tiene alguno más grueso?

- No señora.

- Mm lástima, este color me gustaba para hacer mis tarjetas, ¿qué otro tipo de papel tiene?

- Arco iris, arco iris perforado, ciento veinte gramos, construcción, cartulina…

La vieja empezó a decir algo pero Jorge no le prestó atención, alma entró corriendo y se apoyó sobre el mostrador

- ¿Puedes ir a mi casa cuando salgas de aquí a explicarme lo de álgebra?

- Claro-, la cara de Jorge se iluminó de nuevo.

- Bueno, vivo en la avenida de los túmulos, en el 11-25, chau.

Jorge se quedó atascado queriendo despedirse pero ya era tarde, Alma se fue otra vez.

martes, junio 6

ALMA

Alma es menuda, morena, tiene las mejillas rosadas, su cabello es abundante y cae como cascada sobre su espalda, su nariz es pequeña y fina, así como sus labios, perfectamente delineados.

Alma camina con pasos cortos y rápidos, mirando hacia el suelo, como buscando una traza de camino perdido que alguien antes caminó, como si buscara que sus pies la llevasen adonde ella nunca antes ha estado.

Alma camina con un libro bajo el brazo, se dirige a una de las librerías de la colonia, la librería de Jorge.

Jorge la ve entrar y contiene la respiración tratando de conservar la compostura, hace mucho tiempo que se le acelera el corazón cuando la mira acercarse, pero trata de ser siempre lo más profesional que puede.

- Buenas tardes – le dice con una leve sonrisa, acercándose al mostrador.
- Buenas, necesito que me saques unas fotocopias de este libro por favor, de la página treinta y dos a la treinta y… cinco, sí.- Habla distraída y con la mirada perdida en el libro, abriendo las hojas. A Jorge su voz le suena como una canción celestial.
- Con mucho gusto- contesta Jorge, tratando de contener sus nervios.

Hace tiempo que Alma es clienta de la librería y él se esfuerza por atenderla lo mejor que puede, aunque guardando toda la discreción del caso.

Mientras saca las fotocopias se toma todo el tiempo del mundo para acomodar el libro sobre el cristal, y contemplarla de reojo, Alma está de pie en la entrada del local y tiene la mirada perdida en el horizonte. Viéndola así, de perfil, a Jorge se le antojó imaginarse que su rostro bien podrían haberlo usado de modelo para las vírgenes que adornan los atrios de las iglesias, con una beatífica expresión.

Jorge contaba mentalmente las copias, una, dos, tres, cuatro. Alma calculó bien el tiempo que Jorge tomaría para sacar las copias y regresó al mostrador. Estaba serena.

- ¿Ya están las copias?
- Ya, aquí están tus copias.- Contestó Jorge
- ¿Cuánto te debo?
- Un quetzal.
- Bueno, ahorita te pago.

Alma se buscó en la bolsa del apretado pantalón una moneda para pagarle, fue entonces cuando Jorge se fijó en su cuerpo, sus caderas, su cintura, sus ojos recorrieron su cuerpo hasta su pecho, luego la cascada de su cabello y su rostro de virgen indiferente. En el camino, algo llamó su atención, tenía puesta una camiseta estampada de unos dibujos animados de moda en ese entonces. Esa era la oportunidad que buscaba, una ventana de esperanza.

- Que bonita camiseta, esas caricaturas son buenas- Dijo

Entonces Alma reaccionó como sorprendida, se vio los dibujos estampados en su camiseta, cambiaron sus facciones y cuando levantó el rostro tenía dibujada una sonrisa pícara y los ojos entrecerrados, desafiantes.

- Gracias, cuando quieras te la presto…

Jorge se quedó de una pieza, mudo, no supo qué decir, nunca se esperó una respuesta tan directa y solo pudo balbucir una tontería que ni él mismo entendió entre risas, mientras Alma salía del local riendo consigo misma de su travesura.

jueves, junio 1

LOS SAUCES

I


Los sauces llorones se veían a la distancia, cualquier otra noche hubiese pasado frente a ellos y los habría ignorado, pero no esa noche, esa noche ejercían una morbosa atracción sobre mí y mis pensamientos, esa noche me quería confundir con ellos, extender mis brazos y dejar caer mis hojas en eterno llanto silencioso, me parecía que los sauces lloraban su amargura a gritos silenciosos que se perdían en el monte, llorando hojas que caían estrepitosamente pero sin hacer ruido. Esa noche me pareció que los sauces alguna vez pasaron lo mismo que yo, era una noche fría y seca de noviembre y los sauces estaban en toda su gloria llorando amargamente su pena, ¿Algún enigma?, ¿alguna pena sin remedio? Ya se nos olvidó hablar con los sauces.


Es lo que me pasa en esta temporada del año, si todo el año fuera un mismo clima sería muy aburrido, y si todo el año nos la pasáramos con el mismo humor ¡Qué aburrido! En fin, la atmósfera es distinta, la presión atmosférica cambia un poco, solo un poco, sutilmente, y ejerce este efecto sobre los cerebros (unos más que otros), y el frío nos hace recogernos un poco más, ensimismarnos un poco más, y vuelven las tontas preguntas existenciales que atormentan a las cabezas inquisitivas. Probablemente en otro tiempo y en otras circunstancias hubiera sido solamente un noviembre deprimente como todos, pero ciertas circunstancias han hecho que este mes sea distinto.


Tal vez no sea el mes, tal vez sean cosas acumuladas año con año, en las que mi mente ha sido bombardeada, golpeada, reducida a piezas que parecen no juntarse, como cuando uno agarra una cáscara de huevo y la quiebra, cada vez más hasta hacerla polvo, eso era mi mente, un fino polvo de ideas, pensamientos y recuerdos sin aparente conexión pero que al final de cuentas han formado a esta mente y esta forma de pensar que soy yo.


Sin embargo, ha habido cosas muy agradables a lo largo de mi corta existencia, mucha gente busca la felicidad en la riqueza, en las cosas grandes, en el portento y la opulencia pero no se dan cuenta que si solo se detuvieran un instante cada día a ver a su alrededor hallarían suficiente belleza para deslumbrar sus sentidos. Aunque todo depende del cristal con que se mire, si se ven las cosas con el lente del optimismo vas a encontrar belleza en las cosas más extrañas, y con la lente del pesimismo le vas a encontrar cinco pies al gato, aunque a mí ya se me perdieron los lentes…


II


- Pues si mano, la vida como la conocemos es una cagada.

La voz de Miguel sonaba indiferente, vacía, con la monotonía de haber dicho lo mismo muchas veces antes

Estábamos tendidos boca arriba en un montecito sereno al pie de los sauces, de día son distintos, son centinelas del campo, serenos, atentos a todo, como si estuvieran en una meditación eterna.

Miguel fumaba su cigarro, el humo del tabaco subía y se confundía en el aire, los sauces recibían el humo entre sus ramas y fumaban también.

- Mano, ayer tuve una experiencia extrasensorial, salí de mi cuerpo y pude viajar, la cuarta dimensión es la cosa mas de a huevo que te podás imaginar-. Dijo.

Yo estaba un poco incrédulo, todavía no había conseguido nada en todas mis tentativas, tal vez me faltaba algo, tal vez la serenidad del caso, tal vez todavía no había vencido mi pereza, tal vez era un simple mortal como todos los demás sin mayores percepciones o tal vez mi amigo me estaba queriendo ver la cara de tonto.

- Pude ver a Marla, estuve en su casa, la vi durmiendo en su cama, fui hasta la cocina y abrí; pasé a través de la puerta del refrigerador, no tuve necesidad de abrirla, pude flotar y subir al techo de su casa, me detuve y miré a los sauces. No podía creerlo; me acerqué a ellos y pude ver sus elementales.

- ¿Cómo se ven los elementales de los sauces? - Pregunté algo inquieto.

- Son como unos señores de grandes barbas, su sangre verde se puede ver en el color de su aura, y sus grandes barbas caen igual que sus hojas lloronas.- Me contestó

- ¿Les hablaste?

- Si

- Mano, no me hagás cucharearte las respuestas, contá que te dijeron.

- No hablan, pero se comunican, te transmiten sus pensamientos, por supuesto que no te van a decir nada si no tenés un buen motivo para invocarlos. Me dijo, su voz seguía siendo monótona pero había cierta vibración en sus cuerdas vocales, como si quisiera contener una emoción.

- Seguro tenías un buen motivo

- Si.

- ¿Explicame lo de los elementales otra vez?

- Mirá pues, Los humanos tenemos un cuerpo físico y un espíritu, los animales también, las plantas también, la diferencia es que lo que para nosotros es el espíritu, para los animales y las plantas son los elementales, ellos también tienen su espíritu, los indígenas le llaman nahuales, viéndolo bien si hacés el juego de palabras nahual suena como a natal.

La tradición de los antepasados era que se hacía un círculo alrededor de la casa donde hubiera un recién nacido, se hacía en la noche, y a la mañana siguiente buscaban las huellas del primer animal que haya puesto sus pies dentro del círculo. Ese es el nahual. La otra tradición es sembrar el ombligo del recién nacido con una semilla de un árbol y ese árbol es el nahual del niño. El natal, el espíritu guardián o si querés ponerlo así, el ángel de la guarda.

Yo todavía no sabía si terminar de creerle o no, ¿había hecho todo lo que me había dicho o era otra de sus alucinaciones? Ya sé que el Miguel no era lo que se pudiera llamar el “típico vecino”, se vestía raro, siempre de negro, le gustaba la música rock aunque también de repente escuchaba la nueva trova, yo había aprendido sus gustos y aunque a veces chocábamos en algunos criterios, siempre terminábamos de cuates.

¿Y cómo era eso de que se comunicaban sin hablar? Bueno, eso se comprende, para algo existe la telepatía, la transmisión de ondas cerebrales o algo así, lo que más me intrigaba era que no hubo ninguna manera de sacarle de qué habían hablado, supongo que con su silencio me quería decir que tratara de averiguarlo por mi cuenta.

Ese día nos despedimos después de mucho pensar y poco hablar, había pasado algo extraño en el semblante del Miguel, estaba un poco más sereno que de costumbre, no habló tanto de sus problemas en su casa, una familia de clase media luchando por no caer a baja, todos trabajaban y eso realmente no era ningún problema, sin embargo las riñas eran algo constante y eran difíciles de soportar para él, viniendo de una familia desintegrada tuvo que soportar varios problemas desde su niñez, y eso ya lo estaba cansando.

Como todo típico adolescente de clase media a principios de los noventas se empezó a interesar por el rock pesado, iba a conciertos, conoció distintos tipos de gente y distintas ideologías que abrieron su mente y lo hicieron dudar de todos los valores que le habían inculcado, intuía que había algo más allá de todas las letanías del rezos y procesiones de Semana Santa de la rancia ciudad de Guatemala.

Sin embargo había algo en el incienso, en las letanías y en las viejas tradiciones que ejercía cierta atracción sobre su persona, si no hubiera seguido el camino que llevaba seguro se hubiera hecho sacerdote. Pero la vocación ya se trae y su vocación era otra.

Como dije, se interesó en la música, con muchos esfuerzos compró una guitarra y aprendió a tocarla de oído. No se podía decir que era un virtuoso, pero había que darle el crédito después de todo lo que había pasado por su vida, tenía un trabajo de noche en un banco de la ciudad y con eso sufragaba sus gastos, fue allí donde lo conocí.

En fin, esa noche estaba libre así que decidí probar nuestra teoría, por el mismo hecho de tener que acostumbrarme al cambio de horario se me hacía un poco difícil dormirme temprano, casi siempre me quedaba hasta la una o dos de la mañana viendo cualquier cosa en la televisión hasta que me daba sueño, pero esa noche decidí intentar nuevamente. Acostado en decúbito dorsal (de lado, del lado del corazón para ser mas específicos) esperé hasta encontrarme en ese estado entre lucidez y sueño llamado vigilia, entonces pronunciar las palabras adecuadas, es una letanía que hay que repetir muchas veces, un ensalmo que, dicho de la manera indicada podía ser muy poderoso, por algún presentimiento tenía la seguridad que esa noche sí funcionaría.

El truco estaba en no quedarse dormido, repites las palabras dichas como un mantram, un mantram es una palabra o una serie de palabras que repites muy despacio, hasta que sientes que estás a punto de dormirte, como en un trance psíquico, entonces, muy despacio, te levantas, muy muy despacio, con mucho cuidado para no despertarte completamente, con tus ojos cerrados y repitiendo el mantram, entonces, como una exhalación das un pequeño salto…

¡Y funcionó!, en ese momento ya no era necesario decir más, me encontraba flotando en una atmósfera etérea, mi primer impulso fue rotar lentamente hasta quedar de frente a mi cama y efectivamente, allí se encontraba mi cuerpo físico, me encontraba en los dominios oníricos, podía moverme a la velocidad del pensamiento.

Dicen que hay un hilo de plata que conecta tu alma a tu cuerpo, un hilo muy fino que hace que cuando duermes tu alma salga al exterior y pueda ir adonde desee, normalmente eso lo hacemos inconscientemente y lo llamamos sueños, ese hilo solamente lo puede cortar el ángel de la muerte, entonces nuestra alma queda libre de nuestro cuerpo. Lo que pocos saben es que podemos dominar nuestros sueños y convertirlos en lo que nosotros queramos. Pues bien, me acerqué lentamente a la puerta de mi cuarto y me moví hacia fuera, afortunadamente era una noche de luna y entraba suficiente claridad por las ventanas como para poder ver todo en la oscuridad, una noche mágica de noviembre, me moví hacia la sala, todo estaba en una calma absoluta, no había ningún ruido, solamente era mi espíritu y el universo, me acerqué a la puerta, la atravesé y pude ver la calle serena.

Fue entonces cuando me invadió el pánico.

No era que hubiera visto nada anormal, algún espíritu o algo así, fue simplemente miedo de perderme, ¿Qué pasaba si me perdía? ¿Si me iba a vagar sin límite, sin ninguna noción del tiempo y del espacio, simplemente porque en esta dimensión no existen tales conceptos? ¿Y si me perdía en la eternidad?, había cruzado la puerta, no solo de mi casa sino del universo como lo conocemos, ¿Y ahora que?

De un instante a otro, todo empezó a dar vueltas a mi alrededor, fue como una sacudida tremenda, no tenía poder sobre mi cuerpo (¿cuerpo o espíritu?), mi cabeza se sacudía violentamente y tenía la sensación que se inflaba y por un momento iba a explotar. Justamente cuando sentía que ya no podía soportarlo más, jadeante y sudoroso, desperté.





III

- ¿Jajajajaa Te ahuecaste?

- Si, mas o menos.

- ¡Jajajaja No puedo creer que te hayás ahuecado! – Miguel se reía aparatosamente y me miraba como con lástima, estábamos tomando un café y panes con frijoles en Las Cien Puertas, un café en la zona 1 de la ciudad de Guatemala, en el Portal del Comercio.

- Bueno, por lo menos logré salir

- Eso es cierto, ¡Ya hubiera querido verte la cara! ¡Jajajajaja!

- Tu madre

- Lo importante es que ya lograste algo maestro, yo anoche volví a salir.

- ¿Viste a tus nahuales?

- Si maestro, hay algo bueno en el futuro, puedo hablar con mis elementales, con mis nahuales, están ligados a mí, al nacer alguien enterró mi ombligo con un sauce, pudo haber sido la muchacha que trabajaba en mi casa, la indita sabía lo que hacía, me escogió un buen guardián.

- ¿Ahora si me vas a decir qué platicaron?


- No maestro, eso solo queda entre ellos y yo, solo te puedo decir que hay algo para mí en el futuro.

- ¿Te estás dejando la barba?

- Si, mis pelillos…

Ahora se veía más calmado, más en paz consigo mismo, ya estaba acostumbrado a no preguntarle cuando empezaba con sus respuestas evasivas, tenía que conformarme con saber que había algo para él en el futuro, y aunque no tuviera idea, tenía que hacer como si le entendiese.

Pero lo veía un poco más pálido, se estaba dejando crecer el pelo, con el paso de los días y las semanas empezaba a caerle a los hombros y a la cara en mechones, igual que su barba, la dejaba crecer sin ningún cuidado, que llenara su cara y que cayera sobre sus mejillas y cuello, su contextura delgada le hacía ver los ojos y pómulos más hundidos en su rostro.



Renunció al trabajo, según me dijo durante las pocas veces que hablábamos ya estaba aburrido también de tener que pasar de las seis de la tarde a las seis de la mañana digitando documentos para el banco, sentado enfrente de la computadora, tenía que hacerlo porque no había otra salida, tenía que hacerlo como medio de subsistencia, pero ya se hallaría, medio en broma me decía que por ser vegetariano no necesitaba de mucho para sobrevivir, pero en realidad y aunque casi ya no hablábamos del tema sabíamos que su futuro estaba por llegar.

Un día tocó la puerta de mi casa.

- Maestro, me vengo a despedir – Dijo.

- ¿Adónde vas?

- A enfrentar mi destino, estoy preparado, he hecho todo lo que tenía que hacer y estoy listo para ascender mi esfera superior.

No entendía muy bien de qué me estaba hablando pero presentía que no lo volvería a ver, no era necesario preguntárselo

Por un momento pensé que se iba a suicidar, después fui comprendiendo todo, al ver su semblante, el cabello le caía en mechones por su cabeza y hombros, su barba era rala y caía dispersa por sus mejillas, la paz de su mirada se veía a través de sus ojos, casi perdidos pero aun diáfanos y sinceros, irradiaba felicidad.

- Vos me has hecho huevos a todo lo que me ha pasado maestro, solo espero que podamos comunicarnos de vez en cuando, entonces ya no te vas a regresar tan rápido porque vas a tener un motivo para salir.

- Tus nahuales.

- ¡Si maestro!

- Te felicito

- Gracias

No se me ocurría que más decirle, es decir, hubiera querido preguntarle un montón de cosas, pero conociendo su habitual silencio creo que hasta ya sentía que me había dicho demasiado, tal vez no quería involucrarme mucho en algo que era solo suyo.

Esa noche hubo un poco más frío que de costumbre, la luna estaba en todo su esplendor e iluminaba el cielo igual que un año antes, el viento soplaba fuertemente y silbaba entre los árboles, los sauces silbaban en un tono grave, como cantando un solemne himno, como si hubieran aceptado a uno más entre sus miembros.


Es probable que nadie se haya dado cuenta pero a mí me parece que, al día siguiente, había un nuevo y majestuoso sauce llorón con sus ramas-brazos abiertos de par en par dominando el paisaje.

No esperen que les cuente los temas de nuestras conversaciones con los sauces, baste con decir que me siento mucho más pacífico y sereno que antes, he comprendido muchas cosas de la vida… y ya se empieza a notar un ligero crecimiento de mi cabello y barba.

miércoles, mayo 24

LA PIEDRA

¿Dónde la tengo? Estaba por aquí, la tenía en la bolsa de la camisa, eran dos, eran dos piedritas las que tenía, pero dónde las habré metido. ¿Debajo de la cama? Tiene que estar en algún lado; aquí hay una pequeñita, parece que sí es. La pruebo … mmm … no, esta es una piedra de las ordinarias. Tal vez esta otra… ¡Puta! Hasta qué extremo he caído que tengo que probar las piedras del suelo para saber si son o no son las mías, las que me gustan. Bueno, tranquilo, veamos, regreso sobre mis pasos. Vino el vendedor, salí a recibirlo, me dio las piedras, eran dos, le pagué y me vine para mi cuarto. Tal vez las puse en el marco de la ventana… ¡Sí! Aquí están. Lo que tiene que hacer uno por estas cosas, es increíble todo lo que se pierde: el dinero, la honradez, la dignidad, el amor. ¡Todo se pierde! ¿Y será que vale la pena? A saber, ya sólo me interesa esto, el acelerón, la subida, el camino al tope, al éxtasis; esta cosa es mejor que el sexo.

Ahora mi pipa, a ver donde está. ¡Ah Mierda! ¡Ya casi ni muebles tengo! Sólo la cama y la mesita de noche, y de ser posible vendo la mesa de noche y hasta la cama también. No las necesito, son cosas superficiales, triviales, puedo dormir en el piso, ni siquiera necesito sábanas. En el marco de la ventana puedo poner mi pipa y mis piedritas, la poca ropa que tengo la pongo en una esquinita del cuarto y ya. ¡Estoy hecho! No necesito nada. ¿Dónde estaba la pipa? ¿Bajo el colchón? Sí, aquí está. Si, claro. Bonita pipa, el tubo de la antena que le arranqué al primer carro mal estacionado que encontré, con un extremo doblado para arriba y listo, pero allí cabe la piedra de crack, exacta, precisa, prendo el fósforo, prendo la piedra, se enciende y se aviva, se disuelve, se pulveriza, se evapora, se hace ángel demoníaco, me mira a mí, la presa y rauda recorre el tubo.

Aspiro.

Treinta segundos de felicidad, treinta segundos de paraíso, el éxtasis sucio con todas sus condenas. No hay mañana, no hay futuro. Solo el hoy y el presente, el ahora, este… preciso… momento…

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¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Una hora, dos tal vez? No se, bien pueden haber pasado días o minutos pero ya siento la sequedad en la boca, mis labios se ponen blancos por el humo, toda mi boca siente la amargura del momento, el ansia del caído; la derrota. Mi cuerpo me pide y le tengo que dar. Soy esclavo de mi cuerpo; mi mente se aturde y se rebela contra esta insidiosa necesidad de más y más; necesito volver a subir, necesito estar en la cima de nuevo. No me importa lo que tenga que hacer, no me importa si tengo que vender hasta el último trapo que me cubre. No me importa si tengo que salir a robarle a quien sea; a mis amigos, a mi familia, y mucho menos me importa si le robo a un desconocido lo que tenga con tal de poder comprar una piedra más. Otro pasaje a la felicidad, otro cohete hacia las nubes. ¿Pero qué me pasa? ¿No me basta con haber perdido hasta la vergüenza? Sigo degradándome cada día más y más. A cada momento caigo más en el abismo y me cuesta más levantarme. ¿Pero todo tiene solución verdad? He ofendido a todo y a todos. Me pueden perdonar si cambio, si domino este vicio desgraciado y me demuestro a mí y a los demás que puedo ser útil. ¿Verdad? Con la suficiente fuerza de voluntad puedo cambiar, puedo ser diferente. Soy capaz de trabajar y ser alguien productivo y volver a ser alguien. Yo sé que puedo, solo necesito que me tengan un poquito de fe, un poco de confianza. ¿Acaso es mucho pedir? Pero no, me miran y salen asustados todos, como si estuviera loco, como si fuera a asaltarlos con cuchillo en mano. Bueno, lo he hecho… pero no importa. ¿Dónde estaba la piedrita? Yo recordaba que tenía otra, había comprado dos, pero no recuerdo si la tenía en la bolsa de la camisa… no. ¿Tal vez en el pantalón?... tampoco. Otra vez a buscar, tal vez se me cayó al piso. Hay un par de piedritas por acá, las voy a tener que probar. No, yo recuerdo que tenía otra por allí pero ¿Dónde la dejé?

Otra vez, vuelta a lo mismo; caer de nuevo pero ya volveré a subir, me levantaré y seré un hombre nuevo. Me verán como un hombre diferente y digno y todos los que me dieron la espalda hoy me van a respetar mañana, me levantaré de mis propias cenizas y me volveré a ganar el amor de los que me querían antes y ahora me desprecian.

¡Pero por hoy solo una piedra más, la última, mañana será diferente!

viernes, mayo 19

DEL AMOR Y EL ODIO

Un día el amor se le acercó al odio, abrió sus labios angelicales de los cuales emanaba la suave brisa refrescante y le dijo: “¡Te amo! ¡Eres tan grande y majestuoso, eres tan decidido, eres firme; cuando odias odias hasta la muerte, cuando odias lo haces de corazón y desinteresadamente. Cuando odias odias a todo y a todos. Tú, odio, rompes todas las barreras y eres insospechadamente ilimitado. Eres un derroche de hormonas, de furia animal; pura e irrefrenable. Una decisión tuya mueve montañas, moviliza ejércitos, destruye todo a su paso; tus gritos se escuchan como rugidos de león en celo, tus fuerzas son incomparables, tu magnificencia es increíble. Eres autosuficiente. Eres hermoso despliegue bajo horrendo rostro y por eso me encantas y cada día me enamoro más de ti.”

El odio, que había escuchado atentamente todas las palabras del amor habló despidiendo fuego y chispas; respondió: “¡Eres un tonto! ¿Crees que con adularme y decirme cosas bonitas voy a sentir algo de amor por ti? Sabes perfectamente que en el instante yo sienta el más mínimo atisbo de amor me disolveré y me convertiré en nada y tú dominarás todo el universo. Sin embargo lo que dices es cierto, somos los polos opuestos, los extremos sobre los que se balancea el universo; yo con mi odio, desenfreno, violencia y saña; y tú con tu amor, tu cursilería y tu compasión insoportables. Somos el equilibrio de absolutamente todo lo que está en medio de nosotros, pero yo soy mejor que tú, porque la gente necesita mucho de ti, en cambio necesitan muy poco de mí para odiar.

El amor comprendió que había sido atrapado en su trampa y emprendió la retirada pacíficamente, con la frente en alto. Tratando con todas sus fuerzas de suprimir el menor atisbo de odio contra el odio.

domingo, mayo 14

VIAJE

Una noche cerré los ojos y exploté hacia el cielo infinito. Infinitas partículas, infinitas gotas de yo luminoso se hundieron en el espacio cósmico. En cada gota todo mi ser. En cada átomo toda mi esencia viajando a cientos de miles de metros por segundo. Fui energía pura sin las ataduras corporales. Fui luz danzante y majestuosa, fui uno con el universo; fui todo y fui vacío. Viajé trillones de kilómetros hacia sitios insospechados de una hermosura incandescente y monumental, solo apreciable desde siglos luz de distancia.

Fui una gota de luz en el océano sin fin.

Después de una fracción de segundo que duró muchos siglos abrí los ojos sonriente; sabiendo que un día, como a todos, a mí también me llamará la inmensidad.

viernes, mayo 12

EL VASO

El vaso está allí, cerca, tan cerca, lleno de agua; esperándome nada más. Y yo que tengo que soportar este calor ardiente que me sube por la garganta, siento arena en la garganta, trago arena. Daría cualquier cosa por un sorbo, por remojar mis labios solamente por un instante y que la humedad llene las grietas resecas de mi alma.

Ya casi no me importa la sequedad, la irritación, la comezón en mis ojos entreabiertos. ¿Es cierto que veo el vaso o es simplemente la última imagen que quedó grabada en ellos? Supongo que está de más tratar de averiguarlo. El vaso está allí, cerca, tan cerca. ¿Es la última imagen grabada en mis ojos o es lo último que deseó mi corazón? Mi corazón está lejos pero aún lo recuerdo.

El vaso se hace grande, cada vez mayor, se hace lago, se inclina para hacer un microscópico río y luego una gigantesca catarata, quisiera nadar entre la espuma y que el torrente de agua saciara mi sed, pero es inútil. Ya sólo soy deseo.

Es difícil moverse, difícil respirar, es imposible tratar de alcanzar el vaso y mucho menos tomarlo cuando solo soy una cabeza cercenada sobre la arena.

lunes, mayo 8

EL LOCO

Corría la semana santa del noventa y dos. Jueves Santo para ser precisos. Como no teníamos mayor cosa que hacer en esos días dispusimos sacar la piscina armable para instalarla en el patio. No era grande pero servía de pretexto para andar en pantaloneta, asolearse, tomar unas cervezas y preparar boquitas con galletas saladas y atún de lata.

Generalmente para esas temporadas mucha gente acostumbra ir a la playa pero a mí eso no me gustaba. Primero por una mala experiencia anterior que tuve con un alfaque que me hizo pasar un muy mal rato hasta el punto que me tuvo que sacar un salvavidas. Segundo porque la aglomeración de personas es angustiante y siempre he creído tener una cierta agorafobia. Controlable pero latente.

Se habían acabado las galletas y me tocó salir a comprar un paquete. También tenía que comprar tortillas y gaseosas. La cerveza era sólo para entrar en ambiente, además había suficiente para todos.

Al abrir la puerta lo vi. Como a media cuadra, caminó dos o tres pasos y luego se detuvo, miraba hacia arriba, a los lados. Hablaba solo y sus ademanes eran muy acusados, con aspavientos como de asustado, luego caminó hacia atrás como si hubiese visto algo espantoso y volvía a dar unos cuantos pasos.

Fui a la tienda y compré lo que tenía que comprar. En las radios y en la tele todavía sonaba la publicidad del gobierno actual que se acababa de firmar la paz al fin después de tantos años de violencia y desacuerdos. “Y ahora juntos como un pueblo de hermanos vamos a salir adelante hacia un mejor futuro, VAMOS GUATEMALA” y demás propaganda, la misma politiquería trasnochada de siempre.

Cuando regresé a la casa el loco había adelantado ya un buen camino y estaba frente a la casa vecina. Estaba parado, firme, hablaba entre dientes. “¡Yo los vi, yo los vi! Allí estaban el montón. No mi teniente, nosotros ejecutamos la operación al pie de la letra, no quedó ni uno.” Miraba hacia el piso y señalaba algo, después agarrotaba las manos contrayéndolas hacia su pecho.

Hablaba como si hubiere estado bajo los efectos del licor, pero no tenía todos los síntomas, se veía más bien lúcido, se movía con buenos reflejos, no tenía el embotamiento típico de los borrachos, no arrastraba los pies, pero alucinaba.

Se detuvo y miró a todos lados, yo me había quedado con las llaves en la mano escuchando lo que decía y me tomó por sorpresa, me vio y me habló a mí.

- ¡Usted, usted le tiene que decir al teniente! ¡Yo los vi caer pero no me creen! Entramos bien, yo pensaba que solo íbamos a interrogarlos, pero el teniente nos dijo que ya no eran necesarios. ¡Hay que ir a traerlos! De repente están vivos todavía.

Se empezó a acercar un poco más y me dio miedo; giré la llave para abrir la puerta y entré.

En el patio continuaba el ruido y la música en nuestra improvisada fiesta, ya me esperaban hacía rato y echaron mano de lo que llevaba para seguir preparando bebidas y bocadillos.

Yo tenía curiosidad de ver qué pasaba con el loco de la calle así que dejé las cosas en una silla que nadie estaba utilizando y salí a ver por la ventanita de la puerta que da a la calle.

Cuando abrí la ventanita pude ver que el loco se había sentado en la banqueta, se agarraba la cabeza con las manos, se jalaba el pelo y luego se miraba las manos, estiraba los brazos; se podían adivinar los músculos tensos bajo la camisa de manga larga. Abría las manos y se veía las palmas, contemplando algo inexistente pero que para él podía significar cualquier cosa menos algo agradable. Estiraba el cuello y luego se volvía a jalar el pelo, como sacudiéndose las manos.

Ahora hablaba entre sollozos, como triste. “Yo estaba allí cuando lo capturaron, fue en la avenida petapa, enfrente cabal de la universidad. El esperaba la camioneta; ya nos habían dado la descripción del sujeto y lo fuimos a traer por comunista, por repartir panfletos, por dar propaganda guerrillera, lo tuvimos en el palacio de la policía por un tiempo y de allí lo pasamos a la escuela de prepa de…”

Una pareja iba pasando por ese momento frente a él, el loco que estaba sentado estiró los brazos y les gritó “¡Son orejas! ¡Todos los que van por la calle! ¡Los que andan comprando papel periódico, los que compran llantas usadas, los que pasan arreglando zapatos! ¡Todos son orejas! ¡Trabajan para el gobierno! ¡No compren nada! ¡No digan nada!” se acurrucó y se hizo ovillo en la grama de la acera, se ponía a señalar a todos los que pasaban a su alrededor y los insultaba.

Por un momento vinieron a mi mente las imágenes de los locos del cercano hospital de salud mental Federico Mora. Años antes íbamos allí para observar el comportamiento de los locos a través de la malla que los separaba del mundo exterior. Lo hacíamos más por diversión que por otra cosa. Algunos se comportaban de forma cómica, otros eran violentos y nos tiraban piedras, insultándonos; otros contaban tristes historias de abandono y otros simplemente repetían constantemente la misma cosa, la misma cosa, la misma cosa… en algún episodio de sus vidas demasiado traumático para olvidarlo y que ahora ocupa toda su existencia.

Después recordé lo que contaba la gente mayor, todas las persecuciones de las que habían sido víctimas muchas personas por sus creencias políticas, o por la simple sospecha de tener una creencia política. Cualquier comentario podía ser tomado como algo subversivo y por lo tanto uno se convertía automáticamente en enemigo del gobierno. Las consecuencias podían ser graves o fatales. Mucho miedo y mucha desconfianza entre todas las personas, incluso entre los amigos más cercanos, la paranoia en toda su plenitud.

Pero estos eran otros tiempos, ya había desaparecido la guerrilla urbana estaban desmovilizándose los guerrilleros de los departamentos; entonces ¿Sería cierto lo que decía este señor? ¿Habría visto algo tan chocante que no pudo reponerse de la impresión?

Pensé en llamar a los bomberos, ¿Pero qué les iba a decir? Los locos se salían a cada rato del manicomio y el manicomio estaba cerca, probablemente este era uno de los que había logrado salir. Sin embargo todavía tenía la duda, su ropa no era vieja, no estaba tan sucia, no estaba rota. La gente pasaba y lo veía; algunos con indiferencia, otros con curiosidad, otros trataban de pasar lo más lejos posible o cruzaban la calle pero todos veían el espectáculo del loco que ahora estaba acostado boca arriba, pataleaba y gritaba puras incoherencias. “A la orden… Me reporto… allí estaban… no señor… no señor… sí señor… me pela … hago fuego… yo no… no es justo… el no fue… si mi capitán…¿porqué yo?... yo cumplía órdenes nada más…

¿Le habrán dado algo? Es posible que existiera algún tipo de medicamento que en dosis suficiente pudiera causar ese tipo de efecto… ¿permanente?

Un automóvil se estacionó frente a la casa, pensé que alguien habría llamado a los bomberos explicando la penosa situación del individuo. Pero no eran los bomberos; dos tipos fornidos bajaron del vehículo y se aproximaron al loco. Lo tomaron uno de cada brazo. Él no opuso resistencia; dócilmente se dejó subir al auto, parecía incluso que les tenía confianza, que los conocía. Subieron al auto.

Nunca más lo volví a ver.